El viento y los molinos
01.11.09 @ 08:00:05. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Molinos de Campo de Criptana. Acuarela de Juan Gallego, en hispacuarela.com)(*)
Nada hay nuevo bajo el sol. Esta manida frase, expresión del “déjà vu”, bien pudiera aplicarse al descubrimiento de que el viento que azota las cumbres y barre las llanuras, ese intermitente compañero nuestro, contiene en sus entrañas un potencial aprovechable por el hombre. Viento amigo, y enemigo a veces, capaz de la acaricia y del abrazo, pero también de la agresión y la amenaza. Viento que me hizo un día describirlo en estos versos *:
Un viento que azota el árbol
rompiendo en flor su silencio.
Un viento que arranca sones
de los violines del tiempo.
El viento sobre la nieve
poniendo nombre al invierno,
y, en las cumbres ateridas,
todos los peines del viento.
El viento sobre la sierra.
El viento. Tan sólo el viento.
Un viento de nubes negras
y de pensamientos negros
pasa arrastrando peñascos
y desenterrando muertos.
En sus alforjas se lleva
palabras de amor que siento.
Un viento que empuja al aire
y deja al aire mis versos.
Ya sólo tengo en mis brazos
el viento.
Tan sólo el viento.
Para utilizarlo en beneficio del hombre, la primera idea fue dejarle obrar contra un ingenio. Éste orientaría su empuje de tal manera que acabaría por provocar el giro de una gran rueda de piedra. Así nacieron los molinos clásicos que hoy, como reliquias, salpican las moderadas alturas de La Mancha. Hace unos días los vi por Campo de Criptana - blancos de cal bajo un azul intenso - como recuerdo y tótem de las mismas tierras y de distintos tiempos.
Yo he visto molinos parecidos en las ilustraciones de algunos de mis cuentos preferidos. Los escribió Alphonse Daudet en su molino de Provenza, impregnado del intenso aroma del espliego. Fueron, y son aún, mis favoritos, aquellos cortos y emotivos relatos que me hicieron vivir el amor adolescente de un pastor con el primer ramalazo de frío de la noche en “Les étoiles”, o la emoción de los padres ancianos de un amigo cuando fui a visitarlos en su residencia de “Les vieux”, o la emoción patriótica de la última clase en francés en una antigua escuela de la Alsacia, o el encanto rural y un poco canalla de las viejas leyendas de la tierra en “L´´élixir du père Gaucher” y “La chèvre de monsieur Séguin”. Aún recuerdo de pe a pa cómo empiezan los “Cuentos de mi molino”, cuando el autor llega, con su cartera llena de papeles y su ilusión intacta, para ver su nueva casa invadida por los conejos: “Ce sont les lapins qui ont été étonnés. Depuis si longtemps qu´ils voyaient la porte du moulin fermée, les murs et la plateforme envahie par l´herbe, ils avaient fini par croire que la race des meuniers était éteinte, et, trouvant la place bonne, ils en avaient fait quelque chose comme un quartier général, le moulin de Jemappes des lapins”. Y sigo imaginando la estampida de los conejos invasores “la queue en l´air, dans la fourrée”. “J´espère bien qu´ils reviendront”..
También recuerdo los grandes molinos holandeses, alineados al borde de los diques como en una estampa de postal. Desde luego, estos molinos no tienen la sobriedad de los provenzales o manchegos, tan expuestos al sol del mediodía y tan austeros que no hacen otra cosa que el pan nuestro de cada día, Estos molinos holandeses nos parecen más sofisticados por el antinatural empeño en expulsar un agua que busca simplemente su camino, mas no dejan de ser amigos, asociados como están a la vida de unos pueblos que sobreviven amenazados por la marea.
Ahora, o más bien desde hace poco tiempo, nuestra geografía aparece ilustrada por una especie de festones blancos que coronan los cordales de las sierras. Son molinos también. Molinos minimalistas, como de diseño, esbeltos, con aspecto de largos pájaros blancos, que de vez en cuando giran pausadamente, como dando fe de que sirven para algo y que quizás un día pudieran también volar.
Con frecuencia veo por las carreteras sus troncos y sus brazos transportados en largos remolques imposibles, desproporcionados para nuestras carreteras, y me pregunto como accederán a las cimas. A mí no me molestan excesivamente estos molinos, siempre que no encuentre demasiados juntos. He visto, sin embargo, verdaderos bosques en zonas - imagino que de falso llano - cerca del Estrecho, y también una composición fotográfica que anticipa el aspecto que presentarían los alrededores de Santander si se pusiera en marcha un proyecto de todo punto desmesurado. En ambos casos he tenido la impresión de presenciar una extraña invasión de alienígenas.
Pero, para los españoles, los molinos son inevitablemente el símbolo de los sueños imposibles y de la utopía inalcanzable; del esfuerzo aparentemente inútil pero justificante de cualquier empeño. Por eso yo quisiera ver estos nuevos molinos - a los que algunos asignan el protagonismo del futuro - como la nueva imagen de aquéllos contra los que cargara el Caballero de la Triste Figura, que si tomó a aquéllos por gigantes, con mayor razón podría tomar a éstos por lo mismo. De aquí que mi descripción poética de la moderna figura de un parque eólico tome la forma más clásica, es decir, la del soneto**:
Dueños del aire de la cumbre altiva
que con orgullo ornáis la divisoria
oteando los vientos de la Historia
y escribiendo en el aire historia viva.
La sombra de Quijote rediviva
no os bastará para alcanzar la gloria,
ni la espada podrá cantar victoria
sobre el espectro de la suerte esquiva.
Que ni el brío del bravo Rocinante
galopando hacia el sol cuando alborea,
ni la adarga y la lanza, son bastante.
Sólo la fe de un caballero andante,
y el amor de una dulce Dulcinea,
colmarán vuestros sueños de gigante.
* De mi libro de poemas “Últimos compases”.
** De mi libro de poemas “Tiempo de descuento”.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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