Mis amores. Mayor pasión por la caza
31.10.09 @ 08:00:44. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Noche en Castilla. Acuarela de Aurora Charlo en la exposición “100 años, 100 artistas” actualmente en Caja Círculo, Burgos. 100x100)(*)
No rompieron la amistad con sus amigas y vecinas, pero Rodrigo y Ricardo volvieron a las andadas. Es decir, a enfrentarse con los problemas que la carestía de munición les planteaba para desarrollar su enorme pasión por la caza.
El señor Silviano era el único de los obreros que trabajaban en la Vega que no viniera de Carrapinares. Natural de Villabáñez, tenía una edad indefinida, fácil palabra, rubio, ojos claros, moteado el rostro de pecas y aspecto de extranjero. Persona de toda confianza, trabajaba normalmente dentro del caserío: “picaba” leña en la leñera, se afanaba a veces con el grano en la panera, o limpiaba legumbres en la era de las alubias; legumbres que desde la criba lanzaba al aire con rítmico movimiento de especial maestría. Realizaba, en fin, los más diversos trabajos que le permitían contar a los hermanos cazadores historias apasionantes relacionadas casi siempre con su afición y que por ello escuchaban ensimismados.
Abrigado con una manta muy sobada dentro del “cabañuelo” en las laderas, esperaba paciente a los conejos, que bien salían al alba para recibir los primeros rayos de sol, o regresaban al bardo tras pasar la noche comiendo entre las aulagas.
-¡ “A dos tenía encañonados para aprovechar bien el tiro! –comienza a relatar su aventura- y ya iba a darle al gatillo, cuando allí cerca, en lo alto de las peñas, apareció el raposo”.
-¡ “Cagüen hastáenla”! –añade en una expresión indefinida de estos pagos, al mismo tiempo que choca con fuerza las manos-; y continúa: ¡“a criar me se marcharon al barruntar el peligro! Esperé aún muy quieto por si se acercaba el muy tuno, y así lo hizo. Abrí la escopeta para cambiar de munición, porque el perdigón del ocho -continúa experimentado- sujeta mayormente al conejo, pero con él no arrebujas al raposo que, mayormente, necesita postas. Ya lo tenía a tiro, pero al cerrar la escopeta, ¡zás! -vuelve a chocar las manos-, también me se marchó. Allí quedé como un tonto, sin raposo y sin conejos; porque en esto de la espera, ¿sabéis?, no se pueden hacer ruidos o no llevas a casa almuerzo. No hice más que salir del cabañuelo –aún prosigue- y en cuantis que pisé unos tomillos, ¡saltó la liebre, grande como un perro”!
-Y se marchó a criar, claro –le dijo Ricardo inoportuno.
-¡ “ ´Quiahacer´...!, ¡´velaquiestá´! –contestó a escape en su particular lenguaje de castellano viejo, al tiempo que, sonriente, enseñando los dientes grandes y separados, sacaba la liebre de la alforja, ensangrentada, los ojos saltones, abiertos.
-¿Y la munición? -interrumpió Rodrigo, como siempre muy práctico-, ¿dónde la compra?
-¡ “Quihacer..., la voy a comprar!; no se `ande´ si no se halla! Me la preparo –dijo para asombro de los oyentes- divinamente en casa”.
-¿Y son buenos los cartuchos? –preguntó Ricardo desconfiado.
-¡ “Cuál, supe-rio-rones! A ´vei´ crees tu que, mayormente, esta rabona se ha muerto del susto –añadió con expresión y gesto de absoluta seguridad. Mis cartuchos –por último sentenció- como el vino que preparo en mi cacho lagar, mayormente ´pal´ gasto: sin químicas, polvos, ni envueltas ¡de toda confianza”!
Si escucharon ensimismados las historias de caza, pueden imaginarse la atención que pondrían –dadas las circunstancias- a las explicaciones del sencillo fabricante de la preciada munición. De los ingredientes que el señor Silviano mentaba, todavía quedaba en el comercio algún bote de pólvora negra, pistones en cajas de cien unidades, y también, aunque cada vez más escasos, saquitos de perdigones en envases completos, o en pequeñas cantidades, a granel.
Los superiores cartuchos reforzados, ahora vacíos, que compraron el verano anterior con los cuartos de los jornales, volvieron a utilizarlos recargados. Para ello, no hicieron más que seguir fielmente las instrucciones del señor Silviano: primero quitar el pistón gastado y poner en su lugar el nuevo. La medida luego de la pólvora, que es, justo, la de un cartucho seccionado a ras del refuerzo de latón; aunque aconseja más bien escasa (“pólvora poca y perdigón hasta la boca”). Vertida en el cartucho vacío, se ataca con dos tacos de cartón, ayudados para ello con un palo bien liso y de grosor aparente al “envás”, sin dar demasiada presión para no deformarlo. La misma medida para los perdigones –ésta ligeramente colmada- completa la carga. Sólo resta tapar el cartucho, que se hace con un taco más fino; en él se anota el número de perdigón empleado. Rebordeado luego el cartón sobrante con el mismo palo de atacar y rápidos movimientos giratorios, los cartuchos caseros, aseguran que quedaban como los nuevos; mejor que aquellos de antaño de Luis el Zazo, ¡dónde iba a dar!
Terminada la sapiente explicación, y tras preguntar varias veces si, “mayormente”, habían comprendido, Silviano se escupe las manos, coge de nuevo el hachón, y por hoy se acabaron las historias. Descarga con fuerza el golpe al tiempo que expulsa ruidoso el aire y da, exacto, en la beta del tronco que se arpa en dos mitades. Luego, recorre la ladera de un vistazo, ladera que es su afición y su despensa. Con la luz viva de la mañana, se producen en ella continuos guiños luminosos; proceden de los cristales de yeso, que afloran en cantidad sobre la arcilla.
Con una cantidad discreta del dinero ahorrado, compraron una buena porción de elementos: pólvora, pistones, tacos, perdigones..., con los que fabricaron cartuchos excelentes (¡su-pe-rio-rones...!). Con el continuo tejemaneje, se les olvidaron “las de Caín” y los amores de vecindad permitiéndoles seguir, al menos durante algún tiempo, las cazatas interrumpidas por falta de munición.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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