Clamores, murmullos, susurros y silencios.
28.10.09 @ 08:00:21. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Muchacha. Óleo de John Singer Sargent en jssgallery.org/Natasha Wallace)(*)
Cuando comienzo este escrito, acaba de transcurrir el mediodía. Con dos grados de temperatura en la calle, he salido de casa como media hora imprescindible. Poca gente. Poca y abrigada. “Nueve meses de invierno y tres de infierno”. Así reza la sabiduría popular del clima vallisoletano. Y no se equivoca.
Quiero decir con el inicio del preámbulo, que todavía Madrid no es un clamor. Sólo me lo he imaginado en esa media hora “imprescindible”. Van a ser multitud, seguro, los que clamarán a favor de la vida. Estoy seguro. Asistirán cuantos hombres, mujeres y niños, así se lo dicte la conciencia. Y puedan. Pero tendrán multitudinaria compañía: los que por circunstancias diversas no hemos podido desplazarnos, estaremos presentes con el deseo. Y se notará. En un alarde de imaginación, que a lo mejor no es tal, les acompañarán “de presente”, nuestros Custodios. Y los de todos los niños a los que se les ha matado, despedazado, antes de nacer en el silencio del seno materno. Y clamarán. Por su vocecita, puede que sea sólo un murmullo, que mezclado con el clamor, lo oirán incluso los que les aterrorizará escuchar.
Como nada tiene que ver con manifestación política, estará como un susurro impresionante el silencio de nuestro Dios. Dios está siempre presente en las causas justas. Y ésta es de clamorosa justicia. ¿A quién se manifiesta Dios como un susurro?, me preguntarán. El Dios único, Creador de toda belleza, está con los niños. Desde el seno de sus madres y sólo ellas escuchan con amor este susurro divino. Es el reproche misericordioso, para quienes no desean que el niño vea la luz. Es la voz, como susurro, enérgico, a los que favorecen el terrible asesinato. Es el clamor por boca de las multitudes endiosadas, no politizadas, que reprochan a quienes dicen tener derecho a matar seres humanos indefensos. Será el silencio acusador de los que, en susurro continuo, desgranaremos Avemarías, para que la Madre tenga piedad de los verdugos y su Hijo no les tenga en cuenta su monstruosa actuación con leyes o trituradoras. Si es que se diferencian en algo. Será el clamor silencioso de los Custodios presentes. Millones de todas las partes del mundo, para compensar y en cabeza, a los partidarios de nuestra España proabortista.
Son las cinco de la tarde, el murmullo que me viene de la pequeña pantalla es el de toda España presente en su capital. Es el murmullo rumoroso de la gran ciudad por una causa justa, clamorosamente justa. Es un río de vida, cuyo susurro silencioso llega –aunque no lo reconozcan aquellos que lo motivaron- a todos los hogares, a todas las conciencias vivas, a todas las familias. No es el de un caudal fragoroso y desatado. Es el de una multitud millonaria, que camina con el orden de gentes civilizadas, pero con la razón en pancartas, que lo dicen todo. No hablan de guerra, ni de muerte, ni de violencia. Son clamores, susurros por la vida; la preciosa vida de los niños, la maravilla de la vida en el seno materno a imagen y semejanza del Dueño y Señor de todo lo creado. El milagro portentoso de la vida humana encerrado en entrañas de mujer, capaz de engendrar -adolescente, jovencita o más mujer-, una nueva ¡criatura humana, viva, no ser inespecífico! Ser humano reconocido por la razón ¡y la ciencia!, sin dudas, sin ambages. Ser humano que ríe, sonríe o llora con independencia de la madre a la que le une en su vientre el alimento por el cordón umbilical, como, nacido, el amoroso pecho de quien le ha parido. Madre adolescente, jovencita o más mujer, pero con el don precioso, divino, de la maternidad.
El río humano, de vida, discurre rumoroso, clamoroso o con susurros en los que “pasa algún ángel”. Millonario de hombres mujeres y niños ¡muchos niños!, que no fueron víctimas de verdugos en quirófanos o despachos. Despachos en los que se intuye un silencio total. De asombro, de perplejidad ante un espectáculo jamás visto. Espectáculo que si no convence es por ceguera deseada, pero imposible de ocultar. España ha hablado y dijo sí a la vida, que cada vida importa. Y la respuesta es un silencio sepulcral en los despachos del legislador inhumano. Las palabras desde la tribuna, son inapelables, compendio de clamores, susurros, murmullos y silencios.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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