Derecho a la intimidad
17.10.09 @ 08:10:06. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(El Duero en los Pisones, Zamora. Acuarela de Manuel Prieto Hernández.. 32x44)(*)
Érase que se era, una jovencita muy guapa. Rubia como las mieses granadas con soles castellanos del mediodía. Paseaba un día cabe el padre Duero por el sendero marcado por las reses en busca de jugosas yerbas. Exuberantes junto a la aguas. Los ojos verdes de Zulema miraban extasiados cómo en lo más limpio del cielo describía amplios círculos el halcón en vuelo sosegado, sereno. Como el paisaje todo. Buscaba presa para sus polluelos.
Entre los zarzales que mostraban orgullosos el fruto protegido por espinas traidoras, un depredador humano, traidor, espiaba -Lucifer- los movimientos de Zulema. Reina de los castellanos lugares.
Como el halcón, pero a traición y por maldad, asaltó a la niña. En la soledad, gritó Zulema. Luchó Zulema. “Murió” la inocencia de Zulema. En la intimidad de lo más íntimo de su ser, entrañas que fueran virginales de Zulema, un nuevo ser comenzaba, humano, a recibir los cuidados amorosos de la reina: limpia Zulema castellana. No había pedido la vida. Tampoco Zulema madre. Pero el niño de Zulema, aun no deseado, vivía. Pulgarcito en las intimidades de Zulema, pero pulgarcito niño, humano, vivía.
Con amor aún inconsciente, pero verdadero y limpio amor humano, Zulema cuidaba con amor a su niño. En la intimidad.
Su Pulgarcito, como en la misma gloria –la intimidad de Zulema era pura gloria-, crecía y se desarrollaba, aun sin desear ser Pulgarcito. Los cuidados maternales, impresos en la intimidad de Zulema, daban a su niño, pequeño pero niño -no polluelo- lo mejor de sí misma: el hálito de su carne y su sangre. Y Pulgarcito les hizo suyos. Eran ya suyos, no de su madre. Pulgarcito los recibía llenos de amor de madre y con ellos vivía. Ése amor era Pulgarcito niño. Pero con cuerpo y…
Cuando recibió con el amor de su madre Zulema la fuerza para moverse, agradeció con caricias íntimas, la fuerza que para siempre sería suya. Recibida e independiente de la de su madre, que se la donó de sus entrañas para siempre. Sin esperar nada a cambio. Bondad de mujer madre. De Zulema niña, muy niña.
Reina, sentía el latir de su hijo en la intimidad purísima. Pensó con amor en su hijo. Amaba a su Pulgarcito niño. Aunque le seguía horrorizando su padre. ÉL era su niño. En lo más intimo de su ser, lo cuidaba y le amaba. Muchísimo. Al que no era ella. Pulgarcito niño.
Deseaba mecerle en su regazo, a la luz del mundo. Cuidarle, asearle, alimentarle, con tanto o más amor que en la intimidad de sus entrañas purísimas.
Un día, Pulgarcito dejó la intimidad de su madre. Con pena. Pero feliz, sin saber cómo, de contemplar el rostro entrañable de su madre. Zulema Reina.
Carcajadas diabólicas de otros mundos, le trajeron la noticia. Horrorizada, estrechó entre sus brazos a Pulgarcito niño. El que pronto sería hombre, escuchó también -porque aún sin comprender bien oía- palabras terribles. Más terribles aún que las del monstruo de la ribera, cabe el padre Duero. Oyó que el ser que clamaba por la intimidad de sus hijas menores, ordenaba matar, o dejaba libre el camino para que otros monstruos, más monstruos que el de la ribera, sacasen en pedazos a niños de las entrañas de sus madres, como las suyas, en las que vivió su Pulgarcito niño.
Junto a la cuna, en la penumbra del dormitorio, como los zarzales de la ribera, cabe el padre Duero, gritó horrorizada.
El monstruo, reía, siempre sonreía. El horror, incomprensible, la hizo estrechar con suavidad a su niño. Y le dio todo el amor de madre. Zulema Reina.
P.D.: Matar, mucho más que fotografiar, es atentar al mayor de los derechos: el derecho a la vida. ¡¡Todos a Madrid!!
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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