Se necesitan poetas
15.10.09 @ 07:33:52. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Pinarillo junto al arroyo. Boecillo. Acuarela de Manuel Prieto Hernández.32x52)(*)
Cuando oímos hablar a nuestros políticos, que se pasan media vida ante los micrófonos, no podemos evitar una sensación de hastío. Y eso que suelen salpicar su oratoria con una abundante ración de esdrújulos innecesarios cuyo único objeto es hacer convincentes los lugares comunes, cuando no las mentiras. Saturados como estamos de publicidad, no podemos evitar ver en sus palabras una prolongación molesta de esos ininteligibles anuncios que nos intercalan en la televisión, y casi todo lo que dicen nos suena a frases hechas que ellos sacan de un papel. Así que su discurso suena a ficción y a expresiones manidas.
Piensa el ciudadano que le tienen por pieza que hay que cobrar, o por partícula administrativa contribuidora de las estadísticas. Todo este entorno, este caldo insulso en el que nos sumergen, es materia inane y lejana en la que se presumen intereses personales y corporativos que poco tienen que ver con el pálpito de la vida.
El ciudadano percibe que nuestros dirigentes, es decir, quienes debieran abrirnos y despejarnos los caminos para dejarnos vivir en plenitud, estrechan, sin embargo, nuestros pasos, convencidos de que su misión es hacernos ir por donde ellos quieren, y de que no hay nada más allá del boletín oficial. Tenemos la impresión de que, en efecto, la verdadera libertad se nos escapa, y hemos de refugiarnos en nosotros mismos y en los nuestros. Necesitamos, sí, encontrar a la vida un sentido más profundo que el que intenta imponernos el “establishment” y, sobre todo, quienes pretenden una sociedad a la que no llegue a conocer “ni la madre que la parió”.
Poesía, y una visión trascendente, es lo que, por lo que se ve, necesitamos para salir de ahí. Y las dos resultan ser lo mismo. Ésta nos explica de qué vamos, para qué es esto; nos dice, sobre todo, que fuimos creados para amar. Y la poesía es una excelente forma de hacerlo. Hablo de la poesía que se vive, no de la que se elabora como un producto de prestigio. De la poesía que se acerca al alma escondida de las cosas; aquélla que se fija en lo aparente para descubrir lo oculto. Aquélla que ni es preciso concretar en rimas. Hablo de la poesía que nos transporta día a día a un mundo más hermoso y probablemente más real que el que creemos ver; infinitamente más hermoso que el que intentan artificiosamente urdirnos.
En el atril donde los grandes personajes se exhiben para hablarnos ex cátedra como si todos fuésemos tontos; en esa especie de trono democrático desde el que se imparten las consignas, un dispositivo mágico del “teleprompter” está en trance de sustituir definitivamente al pequeño pupitre sobre el que una chuleta de papel suplía las carencias oratorias. Se trata de una discreta placa de metacrilato en cuya transparencia sólo el conferenciante, arengador o aprendiz de sacamuelas, puede leer el guión de sus intervenciones.
Yo imagino una situación curiosa, provocadora, y me atrevo a decir que maravillosa también. Imagino que por arte de birlibirloque, por una intromisión osada, o simplemente por un insuperable acto de magia, en el texto del etéreo artilugio se colasen unas “morcillas” poéticas que pusieran patas arriba los textos donde deberían encontrarse los eslóganes oficiales, de forma que los insoportables discursos redactados por los muñidores de la opinión pública resultasen transformados de arriba abajo por el vuelo de la inspiración. E imagino también la sorprendida reacción de los oyentes, asomados a una realidad distinta y encandilados por la provocadora manifestación de la belleza.
Yo imagino, por ejemplo, la invasión de unos espíritus burlones transformados en guionistas interfiriendo las aburridas creaciones de los redactores del boletín del estado. Unos seres que entrarían a saco, como los “hackers” de Internet, para revolucionar los papeles, discursos, encuestas y estadísticas del “teleprompter” mediante la introducción en él de unos cuantos soplos de brisa, del frío de la noche, del olor de la lluvia, del resplandor de la luna o del latido de un corazón. O, simplemente, de la compasión de un hombre por su prójimo.
Mientras esto no ocurra, propongo, por si acaso, ir haciendo “castings” de poetas sencillos y, a ser posible, pobres, pero de raza, capaces de cambiar a largo plazo el ambiente de mediocridad que nos invade. No será fácil encontrarlos, sobre todo entre los jóvenes, que, educados en la LOE y la ESO, andan todavía pensando en otras cosas y entretenidos con una serie inacabable de pequeños artilugios. Tened paciencia, porque los mejores suelen ser retraídos y no resultan fáciles de identificar por su aspecto físico, aunque quizá sí por su mirada.
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