Los lunes, revista de prensa y red
12.10.09 @ 07:36:10. Archivado en Artículos
“¿Y los de Gabón?” de Ussía, y “Un cortinón de humo” de Juan Manuel de Prada.

(Acuarela de Rafael García Bonillo en su exposición de 2003)(*)
¿Y LOS DE GABÓN?
Artículo de Alfonso Ussía, divulgado por e-mail el pasado 17 de agosto.
Siento un gran respeto por los homosexuales de Zimbabue. Uno de los motivos de mayor preocupación entre los españoles, más que el paro, el terrorismo, la crisis económica, el embarazo de la nuera de la baronesa Thyssen y la libertad de elección en la educación de los niños, es sin duda la situación por la que atraviesan los maricas en Zimbabue. Y el Ministerio de Asuntos Exteriores, cristal y espejo de las angustias de nuestra sociedad, ha reaccionado de forma admirable, concediendo a los homosexuales de aquel atribulado país la ayuda más cuantiosa de cuantas reparte tanto por España como por el extranjero. A la Fundación Miguel Ángel Blanco, cuyo único objetivo es la defensa de los derechos humanos, la libertad y la convivencia pacífica de ideas y proyectos, Moratinos le ha donado veinte mil euros. Casi nueve mil más, en concreto, veintiocho mil ochocientos diez euros, a la asociación «Gays and Lesbians of Zimbabwe», gesto que nos ha tranquilizado a todos los españoles.
Pero no sería sincero si esa generosidad para con los truchones y tortis de Zimbabue pudiera interpretarse como un agravio comparativo –yo así lo interpreto, muy respetuosamente– con los homosexuales de Gabón, o de Sierra Leona, o de Swazilandia. Con lo que roba el actual presidente de Zimbabue, bien podría dedicar una mínima parte de lo que hurta a su pueblo para agasajar con treinta mil euros a sus perdedores de aceite, y dejar libres las manos a Moratinos para que ese dinero se posara en los maricas de Gabón, que no tienen quién les escriba. Porque la asociación «Gays and Lesbians of Gabon» no es menos que la «Gays and Lesbians of Zimbabwe», y ahí, permítanme el mal pensamiento, creo que ha intervenido Zerolo, que conoce mejor los tornatrás de Zimbabue que de Gabón, cuando en Gabón hay los mismos maricas de toda la vida que en Zimbabue, Noruega, Alaska o España, cada especie, eso sí, ajustada a sus costumbres, climas y folclores, porque un maricón de Alaska y otro de Zimbabue no se parecen en nada, ni en el rececho ni en la culminación.
Puestos a repartir dinero, y con mis renovados respetos por los maricas de Zimbabue, el señor Moratinos podía haber pensado que más merecen esos miles de euros los de Moratalaz, San Feliú de Guixols, Rentería o Mazarrón, sin olvidar a los que veranean en Benidorm, que son más que los de Zimbabue y no les vienen mal las ayuditas. Porque de subvencionar a los de Zimbabue, habría que hacerlo con todos, homosexuales y heterosexuales, que viven bajo la bota tirana de un cabrón con pintas que no se detiene a pensar si al zimbabués que asesina le gusta Motongo o Motonga, porque los mata de la misma manera, es decir, con entusiasmo. Si España, la de los brotes verdes que no aparecen por ninguna parte, se dedica a financiar los brotes rosas de naciones como Zimbabue, apaga y vámonos.
Vámonos todos a Zimbabue, digo, que algo podremos recuperar de lo que pagamos para que nuestros gobernantes hagan el gilipollas con nuestro dinero.Y de aceptar que lo hagan, que al menos nos consulten. Mi preferencia se inclina por Gabón, que está lleno de homosexuales tan dignos como los de Zimbabue, y con más sentido del humor y de la gratitud. Y a la Fundación Miguel Ángel Blanco que la zurzan. Al fin y al cabo, era un concejal del Partido Popular".
UN CORTINÓN DE HUMO
Artículo de de Juan Manuel de Prada publicado en abc.es el pasado 28 de Septiembre.
Hubo muchas almas cándidas que, cuando el Gobierno empezó a promover una reforma del aborto, repitieron con fervor de loritos: «¡Es una cortina de humo para distraernos de la crisis económica!». Y, ahora que el Consejo de Ministros presenta al alimón una subida de impuestos y un proyecto de ley que convierte el crimen del aborto en «derecho de la mujer», insisten hasta desgañitarse: «¡Ya lo decíamos nosotros! ¡Es una cortina de humo!». Si estas almas cándidas hubieran vivido en la época de las guerras púnicas, al comprobar que las matanzas de niños ante el altar de Moloch se incrementaban a medida que Cartago se derrumbaba, habrían gritado también: «¡Es una cortina de humo!».
Hay, desde luego, una cortina de humo que nubla la razón de las almas cándidas. Pues, para quien mantenga la razón medianamente clara, resulta notorio que la coincidencia de ambas calamidades demuestra que comparten una naturaleza común, como las matanzas de niños ante el altar de Moloch compartían una misma naturaleza con la suerte de Cartago.
Sólo que la naturaleza compartida de ambas calamidades es de índole sobrenatural: los dioses plutonianos siempre exigen a sus adeptos, a cambio de poder, que les entreguen su alma. Pero nuestra época ha excluido de sus razonamientos el orden sobrenatural; y, al excluirlo, sólo puede aspirar a juicios escindidos, fragmentarios, de tal modo que las calamidades que la afligen aparecen ante sus ojos desvinculadas entre sí, separadas por cortinas de humo que nublan su razón.
En su dilucidador ensayo “La abolición del hombre”, C. S. Lewis avizora el proceso que, nublando la razón, acabará por convertirnos en seres que ya ni siquiera merezcan el calificativo de humanos. Y que, expoliados de su condición humana, llegarán a aceptar como conquistas de la libertad o del progreso lo que no son sino disfraces sibilinos de su esclavitud. El aborto es un crimen que la razón repudia; y cuando el hombre se desprende de la razón es como cuando las ramas se desprenden del árbol, que no les aguarda otro destino sino amustiarse y fenecer. Cuando el aborto se acepta como una conquista de la libertad o del progreso, cuando se niega o restringe el derecho a la vida de las generaciones venideras, nuestra propia condición humana se debilita hasta perecer. «Los que moldeen al hombre en esta nueva era -vaticina Lewis- estarán armados con los poderes de un estado omnipotente y una irresistible tecnología científica: serán una raza de manipuladores que podrán, verdaderamente, moldear la posteridad a su antojo». Por supuesto, esa raza de manipuladores presentará sus manipulaciones como conquistas de la libertad humana; «sabrán -añade Lewis- cómo concienciar y qué tipo de conciencia suscitar». Y con la conciencia reformateada -con la razón nublada-, esos hombres que han dejado de serlo se guiarán por voliciones, por meros impulsos caprichosos, y dirán: «Yo quiero esto, o lo otro» (donde esto o lo otro pueden ser el aborto o cualquier otra petición irracional). ¿Y qué ofrece -e pregunta C. S. Lewis- el manipulador a los hombres que desea despojar de su condición humana?
Lo mismo que Mefistófeles a Fausto: «Entrega tu alma y recibirás poder a cambio». El manipulador nos da poder para abortar; y, a cambio, nos exige que entreguemos nuestra condición humana. Pero no podemos entregar nuestras prerrogativas humanas y, al mismo tiempo, retenerlas; o somos seres racionales, o nos convertimos en marionetas en manos de los manipuladores. Hoy nos quitan el dinero y nos expolian los ahorros; mañana nos chuparán hasta la última gota de sangre. Para no comprender algo tan evidente, hace falta, en efecto, tener la razón nublada por un cortinón de humo. Y, por cierto, el cortinón apesta a azufre.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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