Jóvenes espesos
08.10.09 @ 07:46:21. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Piel de mar. Acuarela de Pascual Berniz en la XI Exposición Internacional de Acuarela, Segovia, Junio 2009.50x70)(*)
Recuerdo aquellos tiempos en los que el modelo de joven que veíamos en las películas americanas era el de un muchacho rubio, atlético, y sobre todo limpio, vistiendo un jersey de pico y al volante de un deportivo de vértigo. Naturalmente, la protagonista caía rendida a sus pies. A veces, el chico era más bien pobre, y entonces a su buen aspecto añadía su bondad, y la combinación producía un efecto devastador. Aún había otro tipo bastante atractivo, y era el del jovenzuelo desorientado que inspiraba en las mujeres el natural instinto maternal. En este caso hay que reconocer que el muchacho exhibía un cierto desaliño indumentario, pero esto siempre dentro de un orden, o sea que no tenía pinta de que le pudieran oler los sobacos.
Luego surgieron los hippies, cuyo aspecto era, sencillamente, desastroso. Lo que pasa es que no duraron demasiado. En realidad se vinieron abajo al primer corte de pelo, como le ocurriera al bíblico Sansón. Se vestían como de floreros o de mendigos, a veces con un toque anacrónico, como por ejemplo una casaca o un sombrero de tres picos y, desde luego, puñetas en el buen sentido de la palabra. Los hippies no se lavaban nunca porque pensaban que así se integraban mejor en la naturaleza, a la que sólo el LSD superaba en prioridad dentro de su escala de valores.
Después vivimos una época a la que podríamos tachar de normal. Quiero decir con esto que la ropa era la de siempre, y que si, por ejemplo, uno se hacía un roto en un pantalón, luego no se atrevía a salir con él a la calle. Unos se peinaban con raya a la derecha y otros con raya a la izquierda, pero sin que ello se tomase como un guiño político. También había los que se peinaban hacia atrás, y algunos - no muchos- a cepillo.
Hace unos días publiqué en este mismo blog un artículo en el que me refería a la poca relación que veo entre lo que nos muestran las pasarelas y lo que “mola” a nuestros jóvenes de hoy. Pero no dije nada entonces sobre uno de los aspectos más interesantes del nuevo “look”, que es la sensación de desaliño, suciedad y torpeza que éste nos transmite.
Para mí resulta muy sintomático el modelo propuesto por las películas españolas. Dicen que el cine, como la novela, es semejante a un espejo colocado al borde del camino, es decir, que, más que inventar nada, refleja la realidad de los comportamientos humanos de la época. Pero he observado que lo que con frecuencia ocurre es que se nos presentan determinados modelos que son luego imitados por una buena parte de los jóvenes. O quizá la realidad vaya por una vía intermedia, como de mutua influencia. En todo caso el resultado es que lo que a veces tomamos por muestra de rebeldía es sólo fruto de la omnipotente publicidad.
Sea lo que fuere, el caso es que nuestro vituperado cine ha adoptado una “estética del joven” que nos presenta a éste como el más feroz enemigo del peine y del jabón - y no digamos de la maquinilla de afeitar - y que esto produce un efecto de imitación en el ámbito de los colegios y universidades. Se diría, en efecto, que nuestras jóvenes promesas salieran a la calle tal como saltaron de la cama, y que, abundando como abundan las escenas de sexo más o menos explícito, lo hacen tras una noche de duros esfuerzos atléticos. Naturalmente admito la variante de un ligero peinado con los dedos.
La escena del salto de cama, e incluso la del apresurado desayuno, incluyen la oportunidad de ver en calzoncillos al protagonista, lo que nos permite observar que estas prendas íntimas tienden a ser de un color gris indefinido que tanto pudiera ser de fábrica como de puro sucio.
En cuanto a la ropa de trabajo o paseo, tiene la peculiaridad de parecer caída del cielo de forma absolutamente aleatoria, con una acumulación de camisas - algunas ilustradas por calaveras o citas provocativas - que se apilan unas sobre otras desbordando el inevitable pantalón vaquero, tan baqueteado y sufrido que nos transmite la impresión de ser siempre el mismo, y que, cuando se supone que el protagonista dispone de cuenta corriente, estará descolorido y roto de forma que deja al aire el muslo, la rodilla e incluso el trasero, de por sí ya expuesto a la visión del público por la caída de la prenda por debajo de las caderas. Este atractivo conjunto suele completarse con un jersey de un par de tallas más de las debidas y por cuya bocamanga apenas asoman los dedos.
El efecto general, completado por unas deportivas con la pinta de haber hecho una docena de maratones, puede dar el tipo del “colgado”, del rapero, del muerto de hambre e incluso del recluso, puesto que, según me dicen, la estética del pantalón caído procede de la figura del presidiario al que se despoja del cinturón para evitar su huída. El efecto se acentúa con las clásicas ojeras producidas por la mala vida.
Éste es el aspecto propuesto por nuestros insignes cineastas y también el que buscan muchos de nuestros jóvenes, con la pretensión, como es de suponer, de ligarse el mayor número de “tías” posible, objetivo éste en el que no me extrañaría que se contabilice un considerable porcentaje de fracasos, sobre todo teniendo en cuenta que en las películas todavía no se percibe el olor del ambiente.
Dicen que la cara es el espejo del alma, y lo mismo podría decirse del atuendo. A mí se me antoja casi imposible que de gente con un aspecto como éste pueda salir nada que no sea una chapuza, y lo digo contrariado porque me preocupa el futuro, como supongo le ocurrirá a usted, mi improbable lector.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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