Estas tribus urbanas
04.10.09 @ 18:40:34. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Soportales. Acuarela de J. Martinez Lozano en martinezlozano.cat)(*)
Una de las expresiones más curiosas y significativas del desconcierto en que se halla sumida nuestra sociedad es la inquietante proliferación de las llamadas “tribus urbanas”. Ya de entrada, lo de “tribus” parece retrotraernos a tiempos casi olvidados por el progreso, porque en un mundo global, cuando ya nos consideramos ciudadanos del mundo, el regreso a la tribu parece un paso atrás cuando menos en el ideal revolucionario de la fraternidad universal. Y luego viene la adjetivación de “urbanas”, que nos sumerge en un inclemente ambiente de tráfico, contaminación y anulación de la personalidad sólo iluminado por esas inevitables o inevitadas pintadas que nos ofrecen unos mensajes sin sentido.
Según parece, estas tribus urbanas son como un refugio para algunos seres desconcertados o tímidos que se sienten agredidos por la presión ambiental de la despersonalización; un rincón en el que se puede tener la sensación de pertenecer a algo, puesto que, según parece, ya ni se sabe lo que es una familia y se ha perdido la idea de que el mundo y la existencia humana pueden llegar a valer la pena.
De ahí que surjan personajes que intentan crear su propio ambiente en torno a un estilo de vida peculiar que se manifiesta, sobre todo, por la vía de la apariencia, expresada a su vez por algo tan superficial como el atuendo y, vaya usted a saber por qué, también por el peinado, o mejor, por el no-peinado. Éste puede tomar la apariencia de una cresta teñida de colores detonantes, de un cráneo rapado sólo en una de sus mitades, de una calva con coleta o de una lánguida melena, por no citar otras variantes. A tales signos distintivos se les añaden símbolos esotéricos en la ropa o en los tatuajes, o pequeñas piezas metálicas que se colocan o incrustan acá o allá, como aretes, pendientes o piercings situados en los lugares más estrambóticos, como la lengua, los labios o los ombligos.
Normalmente - si es que este adverbio tiene cabida aquí - el aspecto exterior concuerda casi al milímetro con el interior. Se trata, en efecto, de distinguirse de los demás hasta el límite de la ruptura con el entorno, en lo cual hallan orgullo y consuelo los miembros de estas tribus periféricas de nuestra sociedad.
Hace ya tiempo que en uno de mis viajes en autobús por Madrid coincidí con un grupo de los llamados góticos, o quizá con alguna variante de esta tribu urbana de aspecto especialmente siniestro y de afición obsesiva por todo cuanto se relacione con la muerte. Según me han dicho, uno de sus pasatiempos predilectos es visitar los cementerios del lugar donde viven o del que eventualmente visitan. El atuendo de los jóvenes de aquel grupo era negro de la cabeza a los pies, y sus uñas también, creo que de pintura aunque bien pudiera ser de mugre. Durante el trayecto en el que coincidí con ellos la muerte fue, en efecto, el leit-motiv de la conversación desde que subieron al autobús hasta que se apearon de él.
Les confesaré que este tipo de actitudes y prácticas tan raritas me pareció difícil de mantener en el tiempo; primero, porque debe imponer una tensión tan agobiante como para acabar por volverle a uno loco; y en segundo lugar, porque debe resultar difícil de compaginar con la profesión o el trabajo, a no ser que éste sea de enterrador o de empleado de una funeraria.
Yo tengo la intuición de que lo que hacen esos chicos y chicas siempre enlutados, con rostros de palidez cadavérica y esas melenas - ellos y ellas - tan lánguidas y desmadejadas que casi ocultan sus facciones, es abandonarse a la profunda desesperación que produce la existencia cuando se desprecia la perspectiva vital proporcionada por una creencia intelectualmente entendida y asumida. De esta forma se blindan a cualquier posibilidad de ser felices. Y a mi me parece que un pensamiento tan obsesivo y en el fondo tan superficial como el que describo, así como el que pudieran tener otras variedades de la fauna urbana que, como otras tribus y sectas, transitan por los rincones más oscuros de la gran ciudad, no es sino un subproducto del relativismo moral que a tanta gente deja inerme y del triste resultado de tanto juego de ingeniería social que desvincula al ser humano de sus orígenes, así como, sobre todo, del desplome de la alegría ante tanto abandono familiar, tanta dejación en la formación de los jóvenes y tanta ausencia de ejemplos vivificadores.
Me parece a mí que lo peor es que, bajo la presión de lo “políticamente correcto” y en aras de una mal entendida libertad personal, los padres de estos desdichados jóvenes - que intentan saber quiénes son - puedan sentirse fracasados en su obligación de educarlos y acaben por renunciar a recuperarlos. Y por allá andan ellos con ese aspecto de muertos en vida sin otra solución que la de seguir cerrándose sobre su pequeño grupo de “freaks”. No me extrañaría, por tanto, que, cuando alguien de fuera de la familia vea a estos muchachos y muchachas de tan chocante guisa - sea por pertenecer a tribu urbana o simplemente porque decidieron adoptar tan siniestro y antiestético aspecto -, los padres, aun haciendo de tripas corazón, no puedan evitar avergonzarse de la infame pinta de su prole.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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