Adiós a Baraca
01.10.09 @ 07:31:47. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Mis perros. Acuarela de Cyrille Jubert en thedogmuseum.com)(*)
Si el lector ha seguido medianamente mis artículos, sabrá que yo tenía una perra que respondía al nombre de Baraca. Digo “tenía” porque se escapó.
Baraca es una teckle de un año y medio de edad. y pelo corto y colorado. Mi hijo la trajo, casi recién nacida, de Vallibona, allá por los profundos valles del Maestrazgo, donde vive la cabra montés.
Su padre se llamaba “Torero” y era un gran cazador. Cuando oí hablar de él imaginé un perrazo imponente; tales eran los elogios de su habilidad como pistero. Pero no; era, como su hija, pequeño, largo y un poco cómico, o sea como todos los perros salchicha.
Baraca tomó su nombre - en árabe, “suerte” o “bendición” - de una fox terrier que tuvimos de jóvenes en la casa de mis padres y cuyo recuerdo quiso perpetuar mi hijo en aquella pequeña cosa imparable y eléctrica. Yo diría que Baraca era poco menos que inaguantable dentro de una casa, porque no paraba un solo segundo. Cariñosa como un bebé, no cesaba de saltar y saltar dando besos con su hocico húmedo a troche y moche. Sólo paraba para echarse la siesta o dormir por la noche. Cuando se me ocurría hacerla parar, la echaba una manta encima y la tapaba por completo. Mano de santo. A veces, Baraca te miraba como de soslayo al estilo de Lady Di y entonces te inspiraba una profunda ternura.
Como el lector habrá podido imaginar, Baraca era un ser incompatible con una familia numerosa de tres niños en la que la hija mayor tenía apenas cuatro años y la menos no llegaba a uno, y esta circunstancia ya había sido constatada y no precisamente porque los pequeños no disfrutasen con ella, así que nosotros los abuelos decidimos llevarla a un lugar en el que pudiera estar a gusto y alejada del bullicio de unas vacaciones familiares.
Dejamos a Baraca en compañía de otros perros - grandes y pequeños - en un amplio espacio poblado de enebros de la provincia de Toledo que ella ya conocía, como conocía también a sus dueños. Según parece, Baraca congenió pronto con sus compañeros, pero desde el principio escarbó y escarbó junto a la alambrada con la indudable intención de escaparse por allí. Lo consiguió, y la acompañó en su aventura un pequeño perro de cara como aplastada y de mal café. Los dos se marcharon juntos aunque ella no atendía a los requerimientos de su compañero, y después ya nunca más se supo.
Sin embargo esto no debiera haber sucedido nunca. Baraca llevaba colgada al cuello una chapita con un teléfono que permitía localizar a sus dueños, y bajo su piel un chip que la permitía ser identificada sin temor a errar. Y lo mismo podría decirse, supongo, de su acompañante. Como se ve, todo muy bien organizado, porque España es un país moderno y avanzado en el que los animales se hallan controlados y todo está previsto para que una perrita no se pierda. Incluso existen asociaciones que se ocupan de facilitar la recuperación de las mascotas extraviadas.
Naturalmente, nosotros pulsamos todas las teclas. Una veterinaria que la había puesto sólo unos días antes las vacunas comentó las dificultades que presentaba la parcelación autonómica, porque Baraca se fugó en la conjunción de la provincia de Toledo con las de Ávila y Madrid. Luego nos advirtió: “Será difícil que la encuentren, porque esa es una zona en la que abundan los cazadores más o menos aficionados, y lo más probable es que alguien la encuentre y se quede con ella. La pondrá a criar y no la llevará nunca al veterinario para no delatarse. Después de todo, lo más probable es que no enferme nunca”.
Y así ha ocurrido, según parece.
O sea, que aquí en España cualquiera se queda con lo que encuentra aunque conozca el teléfono de los dueños. Ésta es la moral más generalizada. Muchas veces me he preguntado: ¿Cómo es posible que si uno se descuida un solo y breve instante en la calle o incluso en el garaje de su propio bloque, puede tener la casi seguridad de que desaparecerá como por arte de magia aquello cuya vigilancia abandonó? ¿Qué probabilidades hay de que quien pasó por allí en ese momento fuera un caco profesional?
La conclusión es que hay muy poca vergüenza. Desengañémonos, por tanto, de aquello tan simpático de que “tó el mundo es bueno”. La prueba es que si un taxista o un simple viandante encuentra una cartera y la devuelve, el hecho se convierte en noticia merecedora de “prime time” en los noticieros televisivos.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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