Las turcas hacen turismo
25.09.09 @ 08:00:40. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

( Acuarela de J. Martinez Lozano en martinezlozano.cat)(*)
Playa Blanca (Lanzarote): oasis entre ríos de lava del Timanfaya. Petrificados hasta el mar. Vegetación tropical en lugares privilegiados, que alterna en amistad entrañable con cactus y plantas espinosas del vecino desierto: Sahara. Más de cien batallas en larga lucha diaria me hicieron acreedor, sin buscarlo, a la Cruz Roja del descanso. Islas Afortunadas. Lugar de un largo retiro veraniego en tiempo de descuento. Aquí, paz. Quietud. Silencio.
Las turcas son estrechas de caderas. Tienen hambre. Atravesaron la mar oceana transportadas en cayucos veleros. Vientos del desierto. Alisios en ayuda de navegantes y de inmigrantes. Las turcas son inmigrantes. Buscan mejores hábitat. Tienen hambre. Los alisios las empujaron a tierras afortunadas. Islas Afortunadas. Escala de más largo viaje. Respiro en tierras canarias.
Muchas se quedaron y, prolíficas, procrearon. Las turcas, buena raza, están en todas partes. Sobre el pantalán en el Marina Rubicón, que se sustenta sobre tierra firme robada al mar, hoteles, urbanizaciones, restaurantes…
Algo más que chiringuitos ofrecen al turista “guiri” o peninsular la sombra amable bajo toldos recios. Resistentes a todos los vientos.
Turistas guiris o peninsulares consumen excelentes viandas en los chiringuitos sobre el pantalán. Las turcas están allí. Siempre vigilantes. Desconfiadas.
Entre las hiendas de robustos tablones de pino canario, se pueden ver, abajo, multitud de peces: “ratas del puerto”, que esperan, voraces, la generosidad de los turistas guiris o peninsulares.
Las turcas, turistas inmigrantes, también tienen hambre.
Visten todas de gris sin brillo. No se cubren con burka, pues los ojos, negros como el azabache, miran avizores las viandas que pasean otros inmigrantes humanos hacia las mesas de turistas guiris o peninsulares. Con giros increíbles del cuello, encorbatado con velo negro y pequeña banda blanca, siguen el trajín de los que portan fragancias hacia las mesas junto a la mar con la que mezclan olores exquisitos. Miran, cambian de lugar, siguen, persiguen, el trayecto de los alimentos.
Las turcas, turistas, inmigrantes, también tienen hambre, como las ratas del puerto. Observan inquietas, atrevidas, desde las barandillas que cercan los chiringuitos sobre el pantalán; desde muros de piedra volcánica; desde minaretes en los que añoran sus lugares de procedencia.
Ojos negros, vivísimos, en absoluto glaucos, no pierden ripio de cuantas viandas aparecen y desaparecen de las inmediatas mesas. Observan incluso desde las ya vacías, contiguas a las ocupadas. Picotean restos de cualquier alimento. Paso a paso, despacio, con cautela, las tórtolas turcas se acercan a las fuentes rebosantes. Tienen hambre. Comen sobre la mesa sólo cuando se levantan los amos. Al menor movimiento sospechoso, levantan el vuelo. Tienen hambre y cambian solo de observatorio desde donde inician nueva aproximación. Son bonitas, pero no son bellas; como lo “eran” sus hermanas, salvajes, de tierra adentro.
Conocen todos los chiringuitos. Todos los hoteles y cuantas piscinas hay en ellos. Beben de la única agua dulce de estas tierras afortunadas. Conocen todos los comedores al aire libre. Sobrevuelan una vez tras otra las mesas de los ricos.
Surcan todos los cielos del color de la mar. Descansan sobre plataneras, pinos, abetos, ficus gigantes. En infinidad de árboles tropicales en este oasis, desconocidos para el castellano.
Están aquí. Provocativas las turcas. A nuestro lado. A las horas exactas en que se sirve el yantar. Con arrullos continuos, insistentes. Solo piden comida. Son bonitas, pero estrechas de caderas, sobre el suelo no son bellas. En el cielo sí se visten de gala: como “eran” las de tierra adentro, despliegan las plumas muy blancas del timón de cola.
Son aprendices de zuritas, pequeñas torcaces, también aprendices de los arrullos de sus hermanas palomas, que no son. Son tortolillas turcas. Turistas e inmigrantes en imparable expansión. Prolíficas, han sustituido a nuestras tortolillas de tierra adentro. Son turcas. Del Islam.
Las nuestras ¿dónde están? Eran salvajes, pero bonitas y bellas.
Dos se posaron en mi terraza.
-“La illaha il Allah, Muhamad u vatul il ullah” (no existe otro Dios sino Alá, y Mahoma es su mensajero) –les dije-.
Me entendieron. Ahora, cada mañana comen de mi mano. No he visto que lo hagan con nadie. Son turcas. Del Islam.
-Salam alicum-me despedí.
Alicum salam –se despidieron.
Regreso. Las turcas se quedan. Son turistas. Inmigrantes.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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