Mis amores. Cartuchos por bocadillos
22.09.09 @ 07:59:14. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Transparencia. Acuarela de Francisco Roldán)(*)
Dejado atrás el verano con el mal regusto de la carestía general, bueno será que tenga el lector la distracción de algún sucedido en la ciudad.
Como el protagonista a quien podría molestar la narración, por desgracia ha fallecido, creo oportuno dejar constancia de algunas de las trapisondas en las que, según me contaron, Ricardo fue autor principal. Conocidas éstas y otras años más tarde, le hizo exclamar a un buen amigo:
-“¡Jorobar...! , si de los dos hermanos éste es al que llaman “el bueno”, ¿cómo será “el malo”? ¡Bah!, dichos de Academia, porque ni Ricardo fue nunca lo uno, ni jamás Rodrigo lo otro.
Decía, que en las armerías ya no quedaba ni rastro de cartuchos. Temerosa su madre de que a falta de caza buscasen otra actividad en la que además de docenas de pares de alpargatas sus hijos pudieran gastar la salud, hasta el presente a prueba de bomba, no sin sacrificio, siguió con el programa de sobrealimentación, pese a que el dinero, ni los alimentos (más aquél que éstos), sobraran en su casa por aquellas calendas.
A la vez que Ricardo comía un buen bocadillo durante el tiempo de recreo en el colegio, contaba a un amigo y compañero de clase (q.e.p.d.) historias de caza y sus problemas; sin pestañear, la mirada del amigo estaba sin duda más atenta al bocadillo que a las historias.
-¿Quieres...? –le dijo, al tiempo que sin necesidad de contestación le entregaba la mitad; el hombre la cogió tímidamente comentándole luego:
“Mi padre también es cazador, aunque como somos doce hermanos, no tiene tiempo para salir de caza-; en casa está la escopeta colgada, y los cartuchos abandonados en el armario”.
Cuando mentó la palabra cartuchos, Ricardo puso las orejas como los conejos.
-¿Tiene muchos? –le preguntó.
-Vaya, no sé, creo que bastantes –le contestó.
Al día siguiente, repitió la acción del bocadillo. Es que ¡jó, doce hermanos...! Le entregó unos cartuchos envueltos en un paquetito. Tras muy poco y menos convincente forcejeo por parte de Ricardo, ambos quedaron complacidos; así que hablaron claro:
-Te cambio bocadillos por cartuchos ¿de acuerdo? –dijo Ricardo.
-De acuerdo –le contestó su amigo.
No duró mucho el intercambio con su “muy querido y nuevo amigo”, aunque sí lo bastante para llenar de nuevo y con creces la canana.
Trabajos, ayuno..., ¡todo por bien empleado! Al menos tendrían munición para unos días de caza.
Después de Semana Santa, Ricardo cayó en cama con calenturas muy fuertes.
–¡Bah, anginas! –se dijo-, que era el único mal que padecía de vez en cuando. Como las anginas tardaban en curar, el doctor Jolín (¡ay aquellos médicos de familia!) aconsejó se le hicieran algunos análisis.
-¿Ves Ricardo?, ¡de tanta cazata! –dijo preocupada su madre. Y él..., temeroso de que fuera por el ayuno. El resultado del análisis lo aclaró todo: fiebres tifoideas: enfermedad por entonces relativamente frecuente y también de importancia. Con cierta alarma por su debilidad y pérdida considerable de peso en edad tan crítica como es la adolescencia, don Víctor, el médico, indicó la necesidad de un medicamento extraordinario aunque costoso, existente sólo en el extranjero. Fue mano santa; mejoró a ojos vistas no sin haber tomado más de diez cajas de la famosa medicina (cloromicetina, todavía se acuerda), ¡de a mil pesetas cada una!
Convaleciente y con ganas de broma, aunque esto muy en serio, dijo:
-“!Mamá, me he comido una escopeta!” Pues aquel dineral era, más o menos, el precio de uno de sus grandes amores: una escopeta y de las buenas.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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