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Los lunes, revista de prensa y red

Permalink 21.09.09 @ 07:57:02. Archivado en Artículos

“Un eslabón en una estirpe de elegidos”, de Alberto González Lapuente, y “La Noche”, de Federico García Fernández.

(Acuarela de Jack Merriot en “Discovering watercolour” Ed. by Ernest Savage)(*)

UN ESLABÓN EN UNA ESTIRPE DE ELEGIDOS

Artículo de Alberto González Lapuente publicado en abc.es el pasado Jueves, 10 de Septiembre.

En los próximos días, los restos del cantante Alfredo Kraus y de su esposa reposarán en Las Palmas de Gran Canaria. El cabildo de la isla y el ayuntamiento colaborarán en el traslado al cementerio de su ciudad natal, en donde se erigirá un monumento copia de una escultura de Lourdes Umérez, erigida en Almería, y en la que Kraus representa al atribulado y joven Werther, papel emblemático en su carrera. Asimismo, se trabaja para trasladar la sede de la Fundación Alfredo Kraus, actualmente en Madrid, con lo que el legado del cantante se preservará en su ciudad natal a la que siempre estuvo muy unido y donde hizo su última actuación.

Hoy, precisamente, se cumplen diez años de la muerte de Alfredo Kraus. Poco antes había cancelado su primera ópera en el nuevo Teatro Real de Madrid. No llegó a tiempo. La capilla ardiente instalada en el vestíbulo del teatro, visitada por numerosos admiradores, estaba a escasos metros del lugar donde había muerto Julián Gayarre, a quien Kraus había encarnado en el cine, y de quien heredó un estilo avalado por la tradición belcantista a la que defendió con extrema pureza. Por esta razón, Kraus es considerado hoy en día uno de los más importantes cantantes del siglo XX y, al tiempo, uno de los más singulares. A alguno le gustaría señalar el puesto exacto en el escalafón, ahora que es moda, pero eso sería tanto como reducir al absurdo el título de «maestro» que nunca le fue negado y siempre lució con orgullo y un punto de autoridad.

No ha de olvidarse el ánimo polemista de algunas de sus declaraciones, especialmente en los últimos años, ya fuera por la organización de las actuaciones musicales en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona, por las opiniones poco elogiosas de algún crítico o sobre los macroconciertos de tenores que luego emuló a escala más doméstica. Quiere decir que Kraus fue purista en el escenario, alguien capaz de preservar una técnica impecable, tan fácil de explicar, y él lo hacía con profusión, como difícil de imitar. Con razón, convertido en profesor, Kraus era inflexible y hasta intransigente ante quienes resolvían el canto de modo distinto.

Cuando afirmaba que «el canto está lleno de contrasentidos» venía a decir que la técnica era el medio para obligar a la anatomía a colocarse en una posición favorable. Hablaba entonces de la columna de aire bien apoyada, de la emisión a partir de la posición de la «i», de los resonadores superiores. Sin duda, grandes dosis de estudio y una naturaleza favorable le permitieron desarrollar el método. Luego hablaba del interés de los papeles de lucimiento refiriéndose a aquellos con un momento culminante. Por esta razón afirmaba no tener interés por Mozart y preferir al variable Alfredo de «La Traviata», mejor aún que al cínico y más monótono duque de Mantua de «Rigoletto», al que, sin embargo, interpretó como pocos lo han hecho. El «repertorio más exitoso» frente a cualquier otro menos interesante donde «se canta muchísimo y no pasa nada». Gracias a ello dejó versiones únicas de «Pescadores de perlas», de «Puritanos», de «Werther»... porque jamás pretendió salir del espacio lírico-ligero, que era el más propicio y que él cantaba dosificando tiempos y actuaciones.

Estos días se recordará todo ello, la homogeneidad en la emisión, la singularidad del timbre, la facilidad para desenvolverse en el registro agudo sin falsete, del canto «legato», de la «messa di voce», de la elegancia y la sobriedad, del control... Y, a lo mejor, un poco sobre la zarzuela, a la que siempre atendió y grabó, y que de haber iniciado su carrera algún año antes habría podido quintaesenciar al lado del gran Argenta. Las grabaciones así explican. Es el legado definitivo de un intérprete que fue único, un eslabón en una estirpe de elegidos.

LA NOCHE

Artículo de Federico García Fernández, publicado en el Ideal de Granada el pasado martes 8 de Septiembre.

Se ha visto y se ha escrito casi todo sobre el dolor del Holocausto judío. La variedad y abundancia de historias y de imágenes, han terminado por no herirnos como debieran hacerlo, al reducir ese inmenso dolor a un solo episodio en el que perecieron millones de personas, a una sola tragedia global de exterminio perpetrada contra una masa uniforme de cuerpos famélicos y rostros asustados cuando, en verdad, son las historias separadas de esos destinos violentados las que hacen insoportable e inconcebible lo ocurrido; es al reconocer en cada uno de ellos a nuestros hijos, padres y hermanos cuando nos vemos obligados a apartar la vista de una de las páginas más infames de la Humanidad.

Un día antes de que todo estallara, Wladyslaw Szpilman se dirigía a la radio oficial polaca donde trabajaba de pianista. Por las calles principales de Varsovia, limpias y elegantes, los tranvías y coches circulaban con normalidad, una multitud gentil paseaba con la calma que concede un peligro aún lejano, deteniéndose a contemplar el juego de los niños en los parques, las lujosas mercancías exhibidas en los escaparates de las tiendas, o sentándose en las terrazas de los cafés a observar la plenitud y bienestar que los rodeaba, confiados en retrasar una guerra decidida desde hacía tiempo, y poder seguir un día más en aquella rutina serena y confortable. Szpilman cuenta cómo el orden y amabilidad que reinaba en esa primera tarde de septiembre, todavía templada, en la que ya se anuncia el otoño en los grandes árboles de las avenidas, quedó rota de la noche a la mañana con la invasión del ejército alemán. En pocos días, los bombardeos de la artillería fueron arruinando Varsovia, cubriendo las calles de escombros, de cadáveres de personas y caballerías destrozados por la metralla, con zonas enteras de la ciudad bajo las llamas, imposibles de apagar con un sistema de abastecimiento de agua destrozado por las bombas.

Szpilman tocó por última vez en la emisora el 23 de septiembre de 1939. Un recital de Chopin. Ese mismo día, una bomba destruyó la central eléctrica y Radio Varsovia desapareció de las ondas. Con impúdico cinismo, los alemanes incrementaron la presión sobre la población judía hasta confinarlos en un gueto: medio millón de personas enjauladas como parásitos indignos del nuevo orden de Europa trazado por el nazismo. Tras dos años de cautiverio, Szpilman salvó la vida cuando ya tenía un pie en el estribo del tren que habría de conducirlo junto a su familia hacia las cámaras de gas de Treblinka. Para él comenzaría un peregrinaje atroz hacia la supervivencia, una huida incesante de la muerte que lo acechaba en cada segundo y que lo llevaría durante los próximos dos años de un agujero a otro, acosado por el miedo, el hambre y la desesperación, ocultándose día y noche como una alimaña de los sangrientos alemanes y sus secuaces, en una ciudad de escombros, en permanente tensión, huidizo como una rata, siempre a un paso de ser cazado.

A veces las palabras ya no pueden decir más de lo que significan, a veces no es suficiente con escribir “dolor” para comprender todo el que sentían aquellos que fueron torturados a diario en unos cuerpos ya consumidos; a veces, es preciso que las palabras repitan los golpes sobre los huesos, cuenten uno a uno los bastonazos, las dentelladas de los perros, repitan muchas veces que se tiene hambre y sed para que los ojos que leen puedan acercarse a ese tormento. Eso es lo que hace Charlotte Delbo en su libro Auschwitz y después I: ninguno de nosotros volverá, escribir una larga y dolorosa letanía de la humillación y el tormento cuyas páginas se van pasando con un temblor en las manos y en los ojos, con una congoja que oprime el pecho. Es un testimonio desgarrador, por el que cuesta avanzar; leerlo es caminar descalzo por un suelo cubierto de heces y botellas rotas. Y, sin embargo, hay en lo contado la belleza de una salmodia bíblica, de canto universal que se recita en la noche a un Dios ausente.

Hay libros que nunca cesan de sangrar, ni de gritar ni de escupirnos a la cara. Como los escritos por las víctimas de la Shoah y todos los ciegos odios raciales y religiosos.

En las tardes de septiembre de 1939, muchos niños dejaron de jugar en los parques. Para siempre.

Muchos dejaron de ser niños.

Muchos dejaron de ser. Para siempre.

---
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm4.static.flickr.com/3460/3906735801_f3a5c17e11_o.jpg


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