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Pozuelo

Permalink 19.09.09 @ 07:56:18. Archivado en Artículos

Por Javier Pardo de Santayana

(Acuarela de Antonio Agudo, en antonioagudoarte.com/es/)(*)

Hasta ahora Pozuelo era conocido como un pueblo de Madrid, pero desde hace unas semanas se ha convertido en un símbolo.

Lo de que el botellón es un desmadre lo sabemos todos desde el principio; y que puede acabar mal, también. Y, si no están seguros, pregúntenselo ustedes a los vecinos. Pero esta vez se produjo una batalla campal entre la autoridad y los jóvenes borrachos de botellón, e incluso - agárrense ustedes a lo que puedan - el ataque de éstos a la comisaría del distrito. ¿Les sorprende a ustedes? Pues a mí no.

Lo que ha llamado la atención en este caso es que los hechos se produjeron en un pueblo de los considerados “pijos”, o sea en un lugar en el que se supone que la gente debiera estar mejor educada que la de Vallecas, por ejemplo. O sea, que en Vallecas eso parecería normal, y en Pozuelo, no.

Ahora se ha abierto la caja de los truenos, y estamos descubriendo que escasea la autoridad paterna, y que sería mejor que esos niños y jóvenes que están en la cola de Europa - y que no saben ni siquiera de Geografía - no tutearan a sus profes, y menos, los insultaran. Iba a decir que tampoco deberían tutear a los sacerdotes, pero a esos ni los conocen. Lo de no tutear a los profesores lo dice ahora el Defensor del Pueblo, compañero de partido de aquel viejo profesor que animaba a sus alumnos a “colocarse”. Ahora, los periodistas comentan que estos audaces jóvenes le dan al tarro desde la más tierna infancia, y dicen que eso no está del todo bien, porque luego les anima, ya puestos, a fumar porros y a endilgarse unas rayas de cocaína.

Como era de esperar, porque eso lo hacen tanto los de Pozuelo como los de Vallecas, algunos padres se han sentido heridos por las críticas. Otros están francamente molestos porque un juez castigó a estos premios Nobel en ciernes de una forma excesivamente sádica, esto es, impidiendo que salgan por la noche un puñado de fines de semana. ¡Qué horror! ¿Pero cómo se puede ser tan cruel con estos angelitos? Bueno; esperemos que no les confisquen la superconsola ni les echen de Facebook, porque eso sería ya terrible. Oye, pero si no han violado a nadie todavía, o sea que no son como los otros… Éstos sólo tiran piedras a los policías y destrozan sus coches, y además se han animado viendo el “Cuéntame” de la tele, que ahí he visto yo lo malos que eran los grises, porque la serie está en línea con lo de la memoria histórica.

Lo que son esos chicos - y eso hay que reconocerlo - es unos desagradecidos. Resulta que nuestros actuales gobernantes tiraron abajo aquella Ley de la calidad de enseñanza que era tan incómoda, les hicieron la vida más fácil y llevadera, les promulgaron otra Ley con la que podrían pasar de curso hasta con cuatro suspensos, les permitieron agarrarse al botellón y no soltarlo en toda la noche, y encima, mira, ahora van y fastidian a la delegada del gobierno. Ya habrá quien esté pensando en cómo darles alguna otra cosilla para que estén contentos.

A mí, como viejo que seguramente no está donde debiera, me parece que una vez más se está situando el énfasis en un lugar equivocado. Digo esto porque, como tantas veces ocurre - y más en estos últimos tiempos - nadie se atreve a poner el dedo en la llaga, o sea, a coger el toro por los cuernos. La gente se asombra todavía de que ocurran estas cosas, aunque sabe que ni los padres ni los maestros osan reprender a sus hijos y alumnos porque les temen, y que no hay quien cambie las noches españolas. Esas noches de fin de semana que comienzan ya los jueves, cosa que los europeos no pueden entender por mucho que lo intenten.

Sí; la gente se asombra todavía a pesar de que ven a sus hijos tirados en la cama tal como llegaron y durmiendo la resaca hasta altas horas de la tarde de los domingos, o sea, de los días en que sus abuelos iban a oír misa cuando eran de su misma edad. Y saben que eso ocurre en todas las casas y no sólo en Vallecas o en Pozuelo de Alarcón.

Digo que me parece que seguimos sin poner el dedo en la llaga a pesar de que todo el mundo está al cabo de la calle, porque, aunque nadie se atreva a decirlo - sólo he leído un pequeño y tímido comentario en el mismo sentido en el que voy a apuntar – la madre del cordero está en la apostasía de la fe por parte de estas últimas generaciones. “A España no la va a conocer ni la madre que la parió” ¿recuerdan? Y lo cumplieron. Y todos tan contentos.

Pero claro, perder el concepto de pecado y del bien y del mal tiene sus pegas. Como perder la perspectiva y el sentido de lo que es la vida. O como oír que lo bueno es, simplemente lo que a uno le apetece. O como reírse de la virtud. O como presentar a los niños y a los jóvenes unos ejemplos indeseables. O como decir que toda da igual, o que conviene “menos religión y más gimnasia”, como oyeron los alumnos de un instituto público en una campaña electoral. O, como por ejemplo, aconsejar que “jueguen”, pero “seguro”, para así animar a los jóvenes al sexo precoz. U ofrecer píldoras para “el día después”. Porque, al final, la vida acaba por reducirse a apretar botoncitos y “practicar” el sexo - y vaya con el verbo, que se las trae -, lo que, claro está, crea un vacío que hay que rellenar de alguna forma. ¿Y qué mejor que metiéndose cosas en el cuerpo, tanto líquidas como sólidas, que ahí cabe hasta el polvo de ladrillo?

España tiene, sí, un problema. Iba a decir que éste son sus políticos, y por tanto, sus gobernantes, pero seré benévolo y me referiré a algo que es aparentemente más fácil de cambiar: el gran negocio de la noche. Si recuerdan uno de mis primeros artículos, titulado “Ha muerto un joven”, recordarán también mi comentario final, en el sentido de que, si con su reacción admirable, los chicos del colegio Monte Tabor llegaran a cambiar la noche madrileña, bien podrían cambiar el mundo.

Sí. Ahora que caigo, no sé que es más difícil, si cambiar a nuestros políticos o cambiar nuestras noches, aunque tengo la impresión de que lo que sucede con aquéllos y con éstas es cosa que tiene bastante que ver. Pero como es natural, aun sabiendo donde está la culpa, yo, poeta para aliviar mis penas, se la eché, claro, a la luna(**):

Flautista de Hammelin,
pretenciosa luna urbana,
luna maquillada, luna
del gran negocio comparsa;
tú que pierdes en la acera
todas las noches el alma
y te ocultas tras los ruidos
y las muecas de las máscaras;
pervertidora de jóvenes,
luna de las noches largas,
luna travestida, luna
de vómitos y navajas:

¿Qué ha sido de aquella luna
de silencios y añoranzas,
de aquella luna serena
de nuestras noches románticas?
¡Cuando la luna era luna
y eran de amor las palabras!

(**) De mi libro de poemas “Últimos compases” (“La luna sobre Madrid”)
---
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm4.static.flickr.com/3519/3929963736_ecc063f983_o.jpg


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