Mis amores. La pesadilla de los azulones
18.09.09 @ 08:00:14. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Anita y patos en el Campo Grande. Acuarela de José María Arévalo.62x40)(*)
Con el oído siempre atento a murmullos y cuchicheos familiares, cuando Rodrigo marchaba por la linde de la ribera con las tierras de labor, Ricardo lo hacía por los senderos ya mentados, entre la espesura intrincada de los zarzales y muy cerca de la orilla del agua por los que la vacada buscaba la hierba que allí crecía más jugosa. Si los cazadores avanzaban con extremado sigilo y por supuesto sin cruzar palabra, no ocurría lo mismo con la fauna abundante concentrada a lo largo de la ribera que recorrían durante muchas horas cada día.
Las maricas siempre les precedían con ¿cánticos? destemplados que acababan por ponerles nerviosos. Por si fuera poca “música” ésta tan desagradable, bandadas de grajuelas se lanzaban estridentes desde lo alto de las peñas desnudas, en la otra margen del río, hacia chopos y álamos que, apretados en la umbría frondosa y cuasi negra –como las moras-, hacían más propio el nombre del cacho del Moral inmediato a la ribera.
Resultaría muy bello el espectáculo de tan singular paraje y la música de tal sinfonía, si no fuera porque, al estrépito de los pajarracos escandalosos, las verdaderas piezas de caza levantaban el vuelo, alertadas de la presencia peligrosa de los cazadores.
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