Los lunes, revista de prensa y red
14.09.09 @ 07:31:05. Archivado en Artículos
“¿Misiones de paz?” de Juan Arencibia, y “Bajo el sol de agosto” de Federico García Fernández.

(Acuarela de Rafael García Bonillo en su exposición de 1977 en la Caja Provincial de Ahorros de Granada)(*)
¿MISIONES DE PAZ?
Artículo de Juan Arencibia, publicado en Diario de Avisos, Canarias, el pasado 6 de septiembre.
El Gobierno español que preside Rodríguez Zapatero siente pavor en pronunciar ciertas palabras. Don José Luis se pasó más de un año negando la crisis económica. El 15 de diciembre de 2007 aseguró solemnemente que la economía española crecería un 3%. Es más, negó que hubiera peligro de desempleo y vaticinó que crearía dos millones de puestos de trabajo. El 13 de enero de 2008 afirmó que la economía española estaba fuerte y sólida y que se ratificaba en lo de la creación de dos millones de empleos. Un mes después, en pleno delirio, dijo que se proponía llegar al pleno empleo. Y todo esto lo decía cuando la crisis había hecho ya su aparición en medio mundo.
Traigo esto a cuento porque don José Luis y sus ministros se han negado siempre a admitir que las tropas españolas están en Irán librando una guerra. Si los ataques que han sufrido los componentes de nuestro Ejército en Irán no son bélicos, ya me dirán que significa que últimamente en uno de esos encuentros con los talibanes matasen a trece de estos. Recordarán los lectores que un buen día, el inefable José Bono dijo que preferiría que le matasen a matar. Menos mal que los soldados españoles no hicieron caso a su ex ministro de Defensa y saldaron el encuentro bélico del paso de Sabzak como corresponde a los que están en misión de pacificación de una nación desgarrada y asolada por los señores de la guerra que buscan expulsar a los contingentes armados aliados y volver a instaurar el régimen talibán derrocado por el presidente Bush en otoño de 2001.
El llamado Grupo Táctico de Apoyo a las Elecciones (una majadería de denominación para seguir engañando a la ciudadanía) está en misión de guerra y se quedará en Afganistán hasta que Obama quiera. Los militares españoles que allí se están jugando la vida merecen un mayor respeto. No más mentiras respecto a la crisis ni a lo que hacen nuestros militares en Afganistán.
BAJO EL SOL DE AGOSTO
Artículo de Federico García Fernández, publicado en IDEAL de Granada, el pasado día 9 de agosto.
La felicidad es, con frecuencia, una colección de escenas aisladas en el tiempo, más que un estado permanente de bienestar.
En el álbum de la felicidad de cualquiera, casi nunca faltan esos veranos infinitos de la infancia cuando no había semanas ni meses sino un día muy largo de ociosidad que se prolongaba hasta las mismas puertas del otoño. Es una fotografía única e irrepetible. No podemos revivir las mismas emociones del pasado, tan solo sentir un poco de la dicha antigua mientras lo intentamos.
El verano es propicio a la nostalgia de un ayer que se nos aparece como Arcadia feliz. Probablemente, viéndolos de cerca, esos veranos no sean tan memorables como sospechamos. Probablemente, sólo encontremos en ellos el fulgor de lo que es joven y parece eterno, la pátina de belleza de las cosas muy nuevas. Con distancia, hasta el prisionero puede llegar a sentir añoranza de su celda.
La felicidad puede ser un día de triunfo o de suerte, un día en el que creímos tenerlo todo, o en el que todo lo bueno nos parecía alcanzable, siempre escenas breves en medio del drama perpetuo de la vida, como botellas de champán que se descorchan en una fiesta mientras al otro lado de los cristales arde un mundo en guerra.
En estos días de fuego, cuando la luz de agosto todavía hiere los ojos, sólo hay refugio en el agua y en la noche. En los pretiles del Darro y a la orilla del mar. En la umbría de los patios y en la penumbra de las alcobas. Sosegando la piel enfebrecida con besos al alba y un vuelo de abanicos.
Los constructores árabes conocían bien el bálsamo del agua en las ardientes ciudades de Asia. Surtidores y estanques, palmeras y arrayán creaban un oasis en medio del desierto. En esta ciudad, tan amargamente perdida, dejaron los seguidores de Alá algunas pruebas de su refinada belleza. En el mármol de las fuentes borbotea el agua, llenando nuestros sentidos, y mirarla alivia tanto como hundir las manos en una alberca, o los pies desnudos en el chorro de las acequias. En la asfixia de los veranos de Andalucía, adentrarse en el interior de un carmen o uno de los palacios nazaríes es una invitación a creer en los paraísos que están justo al otro lado de una puerta, al final de un zaguán o un jardín donde se escucha el rumor de una fuente.
En las tardes de murria, tumbados y desfallecidos, con las fuerzas justas para cerrar los ojos, con la conciencia de estar en una ciudad deshabitada o dormida, se hace muy poderoso el deseo de sumergirse en los mundos paralelos de los libros o de las imágenes de cine. Viajar, somnolientos y agotados, por las palabras que hacen respirar otras vidas, o por imágenes que nos muestran los rostros y el paisaje donde esas vidas son acosadas por el amor y la muerte.
Agosto ha sido, en la tradición veraniega, un mes de éxodos y de ausencias; las ciudades entran en cuarentena, comercios y oficinas son cerrados, se suspenden y postergan trabajos, se aplazan decisiones prácticas y la vida se ralentiza como si el país, cual oso pardo, hibernara en su cueva. Si estás en la costa, en el aire de la sobremesa solo vibra el batir de las olas, y en las cercanías del campo sólo se escucha el canto de las cigarras y el zumbar de las abejas. Todo se adormece, menos el odio y los que hacen de él su casa y su alimento.
Aunque este año Stieg Larsson lo haya puesto de moda con sus caudalosas novelas de corrupción y violencia, cada verano han sufrido nuestros montes y nuestro país a personajes que soñaban con una cerilla y un bidón de gasolina.
Hay, en esa pequeña maravilla que es la película Up, un aviso para los que alargan demasiado la siesta de sus vidas, los que postergan la búsqueda de la felicidad porque les duele abandonar sus costumbres más confortables -aunque estas consistan en poco más que estar hundidos en un sofá cuyo raído terciopelo cuelga hecho jirones-; un aviso a los que todo lo fían a un mañana que nunca llega, esos que, esperando tiempos mejores, se levantan un día a coger un cenicero y se desploman muertos.
Y el mensaje de Up es válido para agosto y para los otros once meses, una frase para despertar al “explorador intrépido” que llevamos dentro, y que nos hará capaces de ir al fin del mundo colgados de un puñado de globos. Da igual la edad, y la artrosis, y la dentadura postiza. “¡La aventura nos espera!”.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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