Los abuelos
09.09.09 @ 07:58:07. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Jornalero Tzotzill. Reproducción parcial de la acuarela de Enrique Sierra, en la I Bienal Iberoamericana de Acuarela, Madrid marzo 2009)(*)
Oigo en la radio que piensan implantar el Día del Abuelo, así con mayúsculas y todo, siguiendo una propuesta presentada, según creo, por la organización conocida como “Mensajeros de la Paz”.
En su origen, eso del día de tal y cual, fue, según dicen, una idea publicitaria de El Corte Inglés. Muchos lo aceptaron de mala gana argumentando que hay cosas, como los padres y las madres, que debieran ser festejadas todo el año y no sólo un día determinado. Este comentario incluía, naturalmente, al Día de San Valentín, por donde, si mal no recuerdo, empezó la idea. Ahora lo de enamorarse de verdad se ha devaluado tanto, que los trescientos sesenta y cinco días del año pueden llegar a ser excesivos para dar motivo a una celebración.
Cualquiera que sea el caso, lo de festejar a los abuelos, que parece cosa siempre justa y merecida, lo es aún más en nuestro tiempo, cuando éstos se han erigido en un auténtico bastión para nuestra maltratada sociedad y son ya uno de los más eficaces recursos para sobrellevar la crisis que nos aflige. Fíjese usted, querido lector, que me estoy refiriendo nada menos que a quienes no ha mucho fueron relegados poco menos que a la condición de viejos trastos por las nuevas generaciones, tan ayunas a veces de perspectiva y, sobre todo, de sentido de lo que es - o debe ser -la vida.
Hoy algunos se preguntan qué sería de la sociedad española sin estos hombres y mujeres mayores e incluso ancianos que llevan a sus nietos al colegio todos los días y vuelven luego para traerlos a casa, y les compran ropa, y se ocupan de ellos cuando los padres se van de viaje. Gracias a ellos la casa sigue funcionando más o menos y no se transforma en un total desbarajuste.
Ahora que todo se valora desde el punto de vista económico, cuando todas esas cosas que antes hacíamos con la mayor naturalidad han pasado a considerarse “prestaciones”, el abnegado trabajo de los abuelos no sólo permite encajar esos horarios imposibles que vuelven locas a las familias más jóvenes, sino que también suponen para ellas un ahorro considerable que permitirá alargar el presupuesto y hacer que éste pueda llegar hasta el final del mes.
Hace unos días leía yo en un periódico que sin la aportación de los abuelos la economía española iría aún bastante peor de lo que va, que ya es decir, y hasta tal punto es esto cierto que no estaba claro que el sistema pudiera funcionar sin ella. Lo decían los expertos, que suelen saber del tema, y, aun en el caso de que tal cosa no pasara de una exageración, serviría para demostrar el peso económico y social adquirido por esta figura venerable y antiguamente venerada, que ahora se compara con la influencia que también pudieran tener, por ejemplo, el mercado negro o la economía sumergida.
El fenómeno todavía ha cobrado mayor importancia y presencia con el desencadenamiento de la crisis que venimos sufriendo. Si antes el apoyo de los abuelos era un paliativo para el difícil encaje que tenían entre sí las complicadas piezas de la Sociedad del Bienestar, ahora se ha convertido en uno de los recursos clave para salir del pozo en que nos han metido. Y es que, triste es decirlo, la realidad se impone, y ante las estrecheces que trae consigo el paro, la casa de los abuelos se convierte en un refugio de salvación incorporando de nuevo a su antiguo hogar a los hijos solteros y a los casados con sus familias, echando a unos y otros una mano para cerrar las cuentas, y recomponiendo, en fin, de esta manera, el agobiante caos al que se ve sometida esa admirable institución que algunos pretenden destruir para sustituirla luego por una inquietante utopía. Como a la Iglesia, que ahora viste y da de comer a los parados.
¿Imagina usted, querido lector, la cantidad de millones de euros que costaría al Estado tomar a su cargo tan inmensa avalancha de servicios sociales? Por eso yo espero que alguien se de cuenta de esto: se querían cargar a la familia “clásica” y a la Iglesia de siempre, y ahora son ellas las que les sacan las castañas del fuego.
De todas formas la aportación más importante de los abuelos españoles, o por lo menos la de más alcance y mayor calidad, es, en mi opinión, el ejemplo de generosidad que éstos ofrecen a una sociedad que, subyugada por el Bienestar, andaba ya por mal camino: una sociedad en la que la familia se ha visto ninguneada e incluso atacada en sus fundamentos, y en la que se estaba perdiendo el sentido de la verdadera caridad, o sea aquella que entraña el sacrificio personal, que a la de escaparate todo el mundo se apunta.
En fin; no seguiré extendiéndome en alabanzas a nuestros abuelos porque al fin y al cabo yo mismo entro del grupo de los futuros homenajeados, así que acabo ya. Pero antes de hacerlo, permítame el lector que dé mi más entusiasta bienvenida a este tardío reconocimiento de una entrañable figura familiar que representa ese amor sin límites que no exige ni agradecimientos ni contraprestaciones a su inquebrantable generosidad.
---
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm4.static.flickr.com/3499/3807680393_9384f6083d_o.jpg
Comentarios:
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
Los comentarios para este post están cerrados.
autor
Contacto


