Los lunes, revista de prensa y red.
07.09.09 @ 07:32:24. Archivado en Artículos
“No me pise la conciencia, señor ministro”, de Francisco Rodríguez Barragán, e “Hijos de puta”, de Alfonso Ussía.

(Acuarela de Cao Bei-An en caobeian.com/aquarelle.php)(*)
NO ME PISE LA CONCIENCIA, SEÑOR MINISTRO
Artículo de Francisco Rodríguez Barragán publicado el pasado 18 de Julio en bitacoras.rebeliondigital.es/ Bitacora_de_FRB
El artículo primero de la Declaración Universal de Derechos Humanos reconoce que todos estamos dotados de razón y conciencia. Ambos atributos son lo que nos distingue de los animales. Quien hizo todas las cosas nos elevó por encima de toda la creación al darnos la razón capaz de llegar a conocer y la conciencia capaz de distinguir el bien del mal. Pero además nos dotó de libertad para que podamos elegir y asumir las consecuencias de nuestras decisiones.
Me alarma leer que nuestro Ministro de Justicia quiere evitar que la conciencia sea una excusa para no cumplir las leyes, para ejercitar la objeción de conciencia. Es decir, quiere que el Estado pueda forzar nuestra conciencia e imponernos las leyes que obtengan la mayoría parlamentaria, elevando al Congreso de los Diputados a la única instancia infalible para determinar el bien y el mal, lo justo de lo injusto.
Pues no, señor Ministro. El Estado podrá disponer de nuestros bienes pero no tiene ningún derecho a disponer de nuestras conciencias. Si esto se le hubiera ocurrido a otros miembros del coro que rodea al Señor Rodríguez Zapatero no me hubiera extrañado, pero que lo diga usted que se le supone una amplia capacidad académica, me alarma y me preocupa.
La deriva hacia el totalitarismo comenzó con el entierro de Montesquieu y el asalto al poder judicial, continuó con la imposición de la asignatura llamada de Educación para la ciudadanía, intento doctrinario de la ideología de género, la promulgación de leyes antifamiliares, la incitación a la promiscuidad sexual sin responsabilidad con resultado de decenas de miles de abortos, que se verá ampliado y “legalizado” con la ley que se proyecta. El único y precario valladar que podíamos utilizar los ciudadanos frente a tanta imposición era la objeción de conciencia.
Pero llega usted, encargado de dinamitar dicha objeción y trata de hacerlo al mismo tiempo que quiere regular la libertad religiosa que nuestra Constitución garantiza en su artículo 16. Mucho me temo que quiera matar dos pájaros de un tiro y la regulación que trate de imponernos sea en realidad un recorte más de libertades.
Los ciudadanos tendríamos que esperar del Ministro Señor Caamaño, que tratara de dotar a la administración de Justicia de los medios materiales y humanos necesarios e imprescindibles para evitar el caos judicial y la duración interminable de los procesos y que velara por su independencia. Pero no es así, las instrucciones que parece haber recibido en donde sea, es que ponga freno a la excusa de la objeción de conciencia y regule, es decir someta, al arbitrio del Gobierno la libertad religiosa.
Todo esto, que quizás le parecerá a usted muy progresista, es bastante viejo. Recuerde lo de dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. El César no es Dios y por negarse a adorarlo muchos dieron su vida. Nuestra conciencia no es del César, ni del Gobierno, ni del Congreso de los Diputados, así que algunos, muchos o pocos, no vamos a admitir como justo, bueno y verdadero, aquello que para nuestra razón y nuestra conciencia no lo sea.
Podrán castigarnos, ya lo hacen y lo seguirán haciendo, pero ello no es señal de fuerza sino de debilidad. El esfuerzo por adoctrinar y manipular a los ciudadanos pone de manifiesto que lo que más temen es que haya gente libre, dispuesta a luchar y a padecer por conservar su libertad y su conciencia.
La gran estafa es que en lugar de servir a los ciudadanos, buscar el bien común y administrar decentemente nuestros dineros, quieran imponernos sus formas de pensar, sus ideologías, sus resentimientos históricos, sus mentiras y además su incompetencia para superar la crisis.
HIJOS DE PUTA
Artículo de Alfonso Ussía publicado en La Razón el pasado 1 de Agosto.
Anteayer, después de escribir del atentado de Burgos, me escapé al monte. Odio la playa en verano, el cielo estaba cubierto, y refugié mi indignación en el hayedo del Jilguero, en el valle de Cabuérniga. Sube una senda entre hayas erguidas hasta donde se abren los altos prados, después de atravesar el pequeño dominio de los abedules. No hay cobertura telefónica por aquellos caminos, que son del lobo y del corzo, en pleno corazón del Saja. En un tiempo, no lejano pero irrecuperable, el hayedo sentía el canto de amor del urogallo, el más presumido, asombroso y escaso señor de nuestros bosques norteños. Concluido el largo paseo, ya de vuelta por la carretera, oí en la radio lo de Mallorca. El crimen de Mallorca. El asesinato de dos hombres buenos en Mallorca. Un crimen asqueroso y cobarde del terrorismo vasco, que es un terrorismo más infame que otros, porque es de maricones a la antigua usanza, de muerte abandonada en una bomba-lapa y explosionada en la lejanía, o calculada par a destrozar cuando los criminales pueden estar disfrutando de su perversidad en una cala azul, la piscina de un club o tirándose a sus madres en la «suite» del mejor hotel de la isla.
Hijos de puta. Los que matan y los que ordenan las muertes. Hijos de puta los que celebran y los que cobijan las culminaciones sangrientas del terrorismo vasco, y escribo vasco porque así es, aunque a muchos, a mi principalmente, me hiera en el alma hacerlo. Hijos de puta los que piensan que los muertos y sus familias son equiparables a los asesinos y las suyas. Hijos de puta los que enaltecen a quienes han hecho de la vieja Euskalerría, la Euskal-Herría con «h» inventada de hoy.
Hijos de puta los que, sabiendo dónde estaban y en qué lugares del País Vasco vivían tranquilos y sonrientes, nada hicieron para perseguir o detener a los asesinos. Al fin y al cabo, «no está bien luchar contra los nuestros». Hijos de puta los que usan de la Santa Cruz para establecer comparaciones y distribuir las culpas y los motivos equitativamente. Por supuesto que la Iglesia vasca está compuesta por centenares de sacerdotes ejemplares, pero también del mismo número de prelados, arciprestes, párrocos y fieles a los que llamar «hijos de puta» en su acepción de maldad no traspasa la frontera de la definición.
Hijos de puta los que mantienen voluntariamente con su dinero a los asesinos, que no son otra cosa que trabajadores de una industria vasca dedicada al crimen, y muy rentable, por cierto. Hijos de puta los que se ofrecen a mediar en negociaciones insoportables para la dignidad de un Estado de Derecho. El cura irlandés ese, y el mamaraché argentino con su Premio Nobel, y la gorda asquerosa del pañuelo anudado a la cabeza que viaja en primera clase por todo el mundo sembrando el odio.
Hijos de puta los gobernantes que toleran la presencia de los terroristas en sus países. Hijo de puta, con carácter retroactivo, pero siempre presente para los que tenemos memoria, Su Majestad Imperial Valerý Giscard D’Estaign, que abrió los brazos generosos de Francia a todos los criminales de la ETA, y a sus cómplices, y a sus instructores de destrucción y muerte. Y honor, inmenso honor, proclamado entre lágrimas, a don Carlos Sáenz de Tejada y don Diego Salva, guardias civiles al servicio del orden y de la paz, de la justicia y de la concordia, muertos traidoramente por los hijos de puta cobardes que mantienen el negocio del terrorismo vasco.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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