La pasarela y la calle
05.09.09 @ 07:58:11. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Marina. Acuarela de Sanchís Cortés en personal5.iddeo.es/ jfmartos/sanchis.htm)(*)
Desde hace unos - no muchos - años, es habitual ver en la televisión cómo se pasean por la pasarela unas señoras con muy buen tipo pero que andan de una forma rarísima. Van marcando el paso como si fueran soldados de la antigua Unión Soviética, pero lo que hacen es, por lo visto, exhibir las últimas “propuestas” de la alta costura. Yo pienso que lo de “propuestas” debe venir de que, como pocos compran lo exhibido, todo se queda en eso. Claro que lo normal para mí es no llevar ni un euro en el bolsillo, y tampoco mi economía me permite acudir a aquellos sitios tan sofisticados que podrían permitir el lucimiento.
Digo yo que me extrañaría que alguien comprase algo de lo que se nos muestra en las pasarelas, porque hacerlo en la vida real es cosa que requiere cierta osadía, sobre todo después de haber visto cómo los modistos hacen cosas tan absurdas como meter la cabeza de las modelos en una bolsa, pintarlas unas ojeras como de zombi que hasta da miedo verlas, o hacerlas desfilar luciendo un peinado parecido al de la señora Simpson. Todo lo cual me hace suponer que si venden cuatro trapos lo harán carísimo, y que ahora, habiendo menos dinero, andarán preocupados por la crisis.
Pero a lo que yo iba: lo más curioso de todo esto es que, después de ver tanta fantasía, la moda que siguen las españolas no tiene nada que ver con ésta de las pasarelas, porque lo que ahora se lleva entre las jóvenes y las no tan jóvenes es algo tan horroroso que parece destinado a cargarse cualquier vestigio de atractivo femenino. Me refiero concretamente a esos ombligos al aire cuya presencia se acentúa con un paisaje de gorduras y abultamientos carnosos. Yo no sé si nuestras jóvenes y no tan jóvenes se dan verdadera cuenta de lo que hacen, que es mostrar al público una especie de rollos, parecidos a los que venden en las carnicerías con el nombre de solomillos, rebosando por encima del pantalón como resultado natural de la ingesta diaria de una bollería surtida. Para mayor abundamiento se estilan las faldas y los vaqueros bajos de talle, que, nos mantienen informados de algo que nunca debiera habernos interesado, como la marca y el color de la ropa interior, cuando no el lugar exacto del que arrancan algunas profundidades aún más íntimas.
En cuanto a la ropa masculina, mejor es ni abordar el tema. En las pasarelas suele ponerse de manifiesto la naturaleza generalmente híbrida de los artistas, así que más vale no entrar en esto y así evitar cualquier innecesario sonrojo. Pero en realidad da igual, porque la influencia sobre nuestros jóvenes ha venido más bien del lado del rap, ese subproducto intragable de la cultura (¿) de nuestro tiempo. Quienes la experimentaron han adoptado un atuendo igualmente espantoso consistente en un enorme pantalón caído y de tiro corto que cuelga bajo la entrepierna como un antiestético bolsón. Yo, de verdad, me considero incapaz de imaginar cual es el objeto de este desafortunado invento, como no sea el de airear los bajos o escamotear las papelinas.
¿De que han valido entonces, me digo yo, tantas exquisiteces y tan refinada creatividad? Pues habría que preguntárselo a esos señores tan excéntricos que suelen vivir en pareja, y que aman tanto la estética femenina como se desinteresan por la propia, puesto que suelen llevar el cráneo rapado y andar por ahí a medio afeitar y en camiseta sin mangas de esas que parecen permanentemente sudadas aunque huelan a agua de Gio. O que se pasan de perifollos, como ese gibraltareño que se llama John Galiano y que va de pirata con bigotito.
Sólo de tarde en tarde alguien nos obsequia acercándose a la sencillez, y entonces aparece la elegancia en su más pura esencia. Pero, de todas formas, yo no creo que esto de la costura pueda dar, en el fondo, tanto juego, porque las “creaciones” siempre serán variaciones de unos mismos elementos tomados de dos en dos o de tres en tres. Efectivamente, ¿cuántos tipos de escote podemos imaginar por muchas vueltas que demos a la cabeza? ¿Y qué decir de las mangas o del largo de las faldas?
Quedan, sí, esas etiquetas que pueden dignificar a ciegas cualquier trapito, pero llegará un día en el que las consumidoras y los consumidores, como ahora se dice, exigirán a los fabricantes que, en vez de hacerles pagar por lucirlas, les paguen a ellos por la publicidad que les brindan gratis.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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