Mis amores. A tiro fijo.
04.09.09 @ 07:37:35. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Horizonte. Acuarela de Frutos Casado en casadodelucas.blogspot.com)(*)
A partir de entonces y cada día de este verano, el recorrido comenzaba con las primeras claridades del alba por la ribera del Moral Pequeño, tras las casas. Los aprendices a cazadores ¡de escopeta!, se movían por ella con el más completo sigilo: despacio, ojo avizor, con sumo cuidado al andar para no partir ni una rama en el suelo que con su chasquido pudiera delatarlos. De esta suerte, escrutaban con detenimiento árboles y zarzales sin descuidar la vigilancia sobre los senderos marcados por el ganado vacuno al pasar diariamente y en los que se podía sorprender a algún conejo. También eran objeto de atención extrema los claros entre la maleza, conocidos uno por uno, en los que a veces enredaban los conejillos antes de decidirse a mordisquear la hierba abundante ribera adentro.
Tal era la precaución y cuidado de su caminar, que llegaron a no ser advertidos incluso por las esquivas tórtolas, previamente localizadas por los incesantes arrullos amorosos, con cuya orientación, y a pesar de ellos, se aproximaban como felinos hasta tenerlas a tiro. De la misma manera procedían con las torcaces, que a las horas de calor acudían a los bebederos habituales (conocidos por los dos tan bien o mejor que ellas mismas) o a protegerse del sol en la frescura de ciertos chopos cabe el gran río.
Sin arriesgarse a errar el tiro, pues era preciso tirar con cuentagotas –a tiro fijo-, cobraron las primeras y verdaderas piezas de caza. La base del éxito se fundamentaba en la astucia, vista penetrante y fino oído, cualidades muy desarrolladas ya por entonces, que suplían con creces la deficiente puntería.
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