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Mis amores. Bautismo de fuego.

Permalink 01.09.09 @ 07:40:07. Archivado en Artículos

Por Carlos de Bustamante

(En Cuellar. Acuarela de Frutos Casado en casadodelucas.blogspot.com)(*)

Sí, ya sé que “in illo témpore” escribí un relato con similar título. Pero, como ahora viene al caso de “amores”, no creo tengan inconveniente en repasar lo que ya no es inédito, salvo que con muy diferente perspectiva. Cuento, pues, con su beneplácito y prosigo…

Quedaban aún bastantes días de vacaciones, mas la escopeta del doce que el padre de ambos apenas si usó, seguía en el sobrado donde más que limpiar, dicho con propiedad, acariciaban con verdadero (¿) amor todos los días, en espera del permiso imprescindible para estrenarla. Allí colgados, también esperaban la percha y la canana (regalo de Reyes) con los preciosos cartuchos, comprados a costa de grandes sacrificios.

Tanto insistieron y tan ilusionados debió verlos su madre, que muy a su pesar porque los consideraba muy jóvenes para una afición tan peligrosa –doce años recién cumplidos tenía Ricardo, año y medio más Rodrigo aunque nadie lo hubiera creído viendo su corpulencia-, accedió al fin, no sin repetir una y mil veces los riesgos y peligros que, muy serios, dijeron conocer, pero en los que en honor a la verdad, no pensaban en absoluto.

Fue un acontecimiento inolvidable. Aquella noche en sueños, si es que durmieron algo, emularon hasta dejar cortas las hazañas de sus ídolos: Salcedo, Luis el Zazo, Miguel “el Montañés”..., que fueron amigos y compañeros “de mano” por el monte donde, dejado el oficio de morraleros, prepararon una verdadera “cerrajina”.
Ya en la realidad venturosa y muy de madrugada, aún entre dos luces, salieron, ¡al fin!, con la escopeta, la percha, la canana y dos cartuchos por toda munición dentro; abrochada, eso sí, como Salcedo, floja en la cintura donde les daba casi dos vueltas.
Al principio, al “pequeño” le tocó llevar el morral y la percha, mientras Rodrigo, que por algo era el mayor, llevaba el arma y la canana. Nervioso, aquél esperaba su turno.

Después de asentir a las “experimentadas” recomendaciones de su hermano Rodrigo, introdujo ceremoniosamente el cartucho como bien sabía; cerró la escopeta, y tras el característico sonido metálico de piezas bien ajustadas, reanudaron la marcha, separados a prudente distancia, en cuidadísimo rastreo. Del mismo modo escrutaba con mirada penetrante, y por supuesto emocionado, entre las hojas temblorosas de los álamos movidas por tan matutina brisa, como en lo más recóndito de la ribera, junto al cacho del Moral (el de la primitiva cacería) en busca de la pieza codiciada. De pronto, a menos de veinte metros, un pico-carpintero precioso, conocido segundos antes aun sin verlo por el vuelo sonoro y pendular, se posó en la corteza de un álamo, más blanco por el contraste con los vivos colores del pájaro.

-¡Quieto! –dijo Ricardo, al tiempo que se paró “en seco”. Quitó nervioso el seguro, se echó el arma a la cara en movimiento ensayado tantas veces y apuntó cuidadosamente. Dice que sentía latir el corazón tan fuerte, que pese a los esfuerzos de contener la respiración para mayor quietud, le resultaba imposible evitar el movimiento rítmico del cañón cuyo cabeceo era ostensible. Apretó con suavidad el gatillo, y... el estampido tremendo, nunca escuchado tan cerca, retumbó como trueno horrísono repetido, como siempre, por el eco en las Derroñadas inmediatas. Poco faltó para caer al suelo por culpa del no por esperado menos sorprendente culatazo; sin saber por qué, también lo recibió en la cara en la que acto seguido de los labios se le hicieron morros, por lo abultados. Como herido por el rayo, o sea, perdigones “del ocho”, el pájaro cayó dando “pingoletas” ante sus ojos atónitos.

¡Corriendo salió a cobrar la primera pieza!

-¡Buen tiro Ricardo! –dijo Rodrigo con entusiasmo.

-¡Mira Rodrigo, “en tó la cabeza”! –señaló el punto en que un perdigón despistado había acabado con la vida del pobre animal en el acto.

Por no llevar más munición, se volvieron tan contentos a casa despertando a todos, pues aún era muy temprano, para contar atropelladamente cada cual su aventura, que la santa madre escuchó en apariencia complacida.

Al igual que tantos otros detalles de este lance singular, dice Ricardo que recuerda muy bien que, naturalmente, usó enseguida la percha; encantado con el rítmico bamboleo de la pieza al andar, que le ponía el pantalón perdido de sangre como los de sus amigos los cazadores veteranos.
Parte de la mañana la emplearon luego en limpiar la escopeta, supuestamente sucia después del “tiroteo”. Con una vara hicieron a escape una baqueta de circunstancias. De la primera pasada, el trapo metido a presión por cada uno de los cañones, salió ligeramente renegrido; a la segunda, quedaron tan limpios, que brillaban por dentro como un espejo. De paso, también la engrasaron: aceite puro de oliva untado con pluma de ave.

Rodrigo estuvo a punto de armarla; pues como nada más salir al corral no dieron con ninguna pluma a mano, preparó el porro a escape, para sacudir un garrotazo al primer gallo o gallina que se le pusiera por delante. Como parece que Ricardo le miraba con cierta extrañeza, comentó seguro:

-“¡Qué bobada Ricardo, así tendremos plumas de repuesto para engrasar bien la escopeta!”. Aunque de acuerdo con su argumento, le entregó una cuando ya giraba el arma –ésta arrojadiza- en torno a la cabeza, con la vista puesta en un gallo hermoso que daba vueltas estúpidas, con movimientos muy raros de una de las patas y ala, alrededor de una gallina; modo, al parecer, de comenzar el cortejo entre los de su especie, que ni aún entre ellos, si lo sabrá este relator…, se llama la bobada ésa (¡mentira, mentira!) de “hacer el amor”. No sabe bien el pollo presumido lo cerca que estuvo de ir a rondar gallinas a otros mundos, previo paso, claro, por el puchero.

Al día siguiente de recibir el bautismo de fuego, pidieron un anticipo de la propina para invertirlo en cartuchos; pocos aunque baratos, los compraron enseguida en la carnicería de Carrapinares, propiedad de Luis el Zazo, el viejo amigo y compañero de caza; tienda, como tantas otras de los pueblos castellanos, en la que se vendían los géneros más diversos. Esta munición era de lo más vulgar y cargada por él mismo, de lo que tomaron buena nota para posibles necesidades posteriores. Pero cartuchos al fin, también pasaron a la canana, en la que junto a los más vistosos adquiridos en la capital, constituían su más preciado tesoro.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm4.static.flickr.com/3627/3837283904_a697269706_o.jpg


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