Mis amores. Amor importante y otros …(con minúscula)
31.07.09 @ 08:07:56. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Panorámica de Valladolid. Acuarela de Maite Redondo, en hispacuarela.es)(*)
Además de los juegos a los que Ricardo niño se entregaba con gran ardor en cuerpo y alma, comenzaban a tener importancia los estudios; los que dicho sea de paso y con toda verdad, no le hacían excesiva gracia. Menos mal, que intercalados entre unos y otros tenía otra actividad, que esa sí, comenzó por entonces a calarle hondo: se trataba de las clases de canto a las que en el colegio se daba extraordinaria importancia. Por ser un colegio de frailes (Hermanos de las Escuelas Cristianas), eran muy numerosos los ensayos de cánticos en la capilla, destacando entre todos los que se referían a la Virgen, virgen de Lourdes, cuya imagen en el retablo del altar mayor hacía que todos los alumnos –en mi opinión más y mejor Ricardo- se esmerasen en infinidad de oraciones cantadas. Desde más arriba, a buen seguro que la Virgen se sentía complacida.
Tanto mientras fueron niños, como a lo largo de los años hasta la mayoría de edad colegial, Ella fue un gran Amor que, en parte al calor que ponía en los cánticos, las cuerdas en el diapasón del alma de Ricardo niño vibraron cantidad de veces. Las mismas que tal vez lo hagan ahora con sólo los gratos recuerdos de los que, gracias a Dios, soy relator.
En las aulas o en el salón de actos, los alumnos del colegio, también aprendieron a cantar a todas las regiones de España; y por si ello fuera necesario, cantando a Asturias, Galicia, Castilla... fueron todos más amantes de su patria, que encerraba tanta belleza como se decía a coro. Mentada la palabra, cómo no recordar, con emoción incluso, numerosas actuaciones del orfeón del colegio los días de fiestas solemnes en la capilla, en el salón de actos el día de santa Cecilia, en el teatro Calderón...
Sensible a tanta belleza, en los afectos más íntimos de Ricardo quedaron gravados para siempre los inolvidables “amores”. Mas no suponía en absoluto que pasados los momentos concretos del canto viviera el resto del día como en otro mundo, pues, desmelenado en los juegos, bien sabían los amigos y compañeros de clase lo que era el escozor del tremendo pelotazo no parado con el escudo, o el impacto con el balón que salían de sus manos. Al temperamento fogoso de Ricardo, le iban más estos recios desahogos que, encerrado en el aula, la complicación de los enrevesados quebrados cuando resultaban mucho más sencillos los números “lisos” y en su debido orden.
En el diario trayecto de casa al colegio y del colegio a casa, Ricardo y sus hermanos coincidían con las mismas salidas y entradas de las niñas del colegio de las carmelitas del Parque Grande. Rodrigo (recuerden, el hermano inmediatamente mayor a Ricardo) se fijó en dos hermanas que, como ellos, hacían y deshacían parecido trayecto. Más decidido, no tardó en entablar conversación con la mayor; a Mª Asunción, la pequeña, Ricardo sólo la miraba. Pero por motivos que entonces casi ignoraba, se le ocurrió a la criatura decir a su confesor que pidiera informes de los dos hermanos a los frailes del colegio de los que a su vez era confesor y amigo.
¡Madre mía la que se armó!: el día en que el hermano director iba clase por clase repartiendo los boletines con las notas, comunicó a todo el alumnado que Ricardo Aguirre salía con chicas de las carmelitas. Además, le llamó luego a su despacho donde le echó una bronca descomunal, pensando que así se daría cuenta del enorme delito cometido.
No tengo ni idea qué le diría Ricardo, pero sí, que el hermano director, tan grave siempre él, estalló en un fenomenal ataque de risa.
No es que Mª Asunción le “gustase” demasiado a Ricardo, que algo desde luego, pero fue otra primera experiencia de la que el adolescente se sintió ciertamente halagado. Cuando hoy, ambos ya maduros, se cruzan por la calle, todavía colorea las mejillas de Mª Asunción un ligero rubor que le hacen, si cabe, más interesante.
Como habrá observado el lector, que pese a haber dejado constancia de ser seis el número de hermanos, parece como si algunos para Ricardo no existieran. Por supuesto que no era así. Sencillamente, que al ser Rodrigo el que le precedía en edad y dada su personalidad y carácter, tuvo con él más trato que con los otros. Hermanos y muy entrañables todos, pero Rodrigo, además, amigo; amigo como jamás tuvo ninguno. Los casi dos años de diferencia, eran más que suficientes para que, en casi todo, fuera Rodrigo el espejo donde Ricardo se miraba.
Llegado a este punto, es obligado hacer un paréntesis en la narración de éstos primeros y casi cronológicos amores y proseguirla con otros nuevos, que aun compartidos con Rodrigo, dejaron en Ricardo profunda huella. Son principalmente los referidos al campo, la caza, la pesca y otras actividades, que sin desmerecer las primeras, “imprimieron carácter”.
No creo que le importe demasiado a Ricardo perder protagonismo, pues si Rodrigo era en casi todo el espejo donde se miraba, en él se reflejaba su imagen. Con íntima satisfacción de que así fuera, me permitiré dar al relato la extensión que a mi entender merece, para el lector tal vez excesiva. Le pido un poco de paciencia hasta que volviendo sobre mis pasos, retome el hilo conductor que nos llevará a esos otros amores que a edad muy temprana, mejor diría precoz, vivió Ricardo con enorme intensidad.
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