Mis amores. Riski y Nadia
28.07.09 @ 08:08:12. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Nina. Acuarela de Agustín Serrate, en Hispacuarela.com)(*)
Soy consciente de que ya les hablé de estos dos “personajes”, pero tratándose de amores, creo imprescindible actualizar lo que, no por repetido, adquiera pleno sentido en la serie que comenzamos. Si es la primera vez que salen a colación en el nuevo título de lo que espero sea algún año de éstos una novela, no será, si Dios es servido, la última. Así pues, saben ya el porqué de esta reiteración.
“Buscando mis amores, iré por esos montes y riberas”…porque lo de Ricardo –niñas aparte a las que, la verdad, comenzó a no hacerlas ningún asco-, no era el cine o el “paseo” por la calle san Nicolás o Acera de los Nogales, sino los grandes espacios y la vida al aire libre en pleno contacto con la naturaleza. En cuanto daban comienzo las muy largas vacaciones de verano e incluso más de una vez las de Navidad, la madre de Ricardo llevaba a todos sus hijos a la Vega: explotación agrícola familiar cuyo nombre completo era Vega de Rocalba “la Verde”.
Con la ayuda y experiencia de la madre, también campera de nacimiento, crió con biberón dos cachorros de perro lobo que le regaló un compañero del colegio que vivía en una finca próxima a la capital. Una perra loba suya había parido ocho o diez perrillos y, al no poder criara todos, pensaba tirarlos al río. Aceptó encantado el ofrecimiento de una parejita. Los metió en una caja de zapatos y ese mismo día viajaron con toda la “familia” hacia la Vega en el tren de Ariza.
Era el primer día de vacaciones en Navidad y nadie en el mundo iba más feliz que Ricardo por tantos y diferentes motivos: vacaciones, un mes precioso de invierno, y en la Vega. Por si esto no fuera bastante, había que añadir el enorme aliciente de aquellos dos lobillos.
El viaje en el tren fue espectacular. Seguro que de hambre o frío, los cachorros no hicieron otra cosa más que quejarse durante todo el trayecto, que pese a ser corto, dice Ricardo que no duró menos de tres horas. En el vagón atestado de gente, había expectación por ver a los causantes de quejidos tan lastimeros procedentes del interior de la caja de zapatos. No necesitaba el dueño otra excusa para sacarlos del encierro. Arrebujados en su regazo, se los enseñó sonriente a los curiosos. Les explicó luego, que eran lobos de pura raza y que los iba a criar a biberón. El hambre no pudieron saciarla, pues allí no tenían los ingredientes; pero el frío puede que se les pasase con el calorcillo que desprendía el cuerpo de Ricardo en total contacto con ellos. Lo cierto es, que con tan fácil y para él agradable remedio, callaron hasta llegar al caserío de la Vega.
La madre de Ricardo les dio el primer biberón, sin que él perdiera ripio de cuanto hizo para, en lo sucesivo y porque a él se los habían regalado, convertirse en su humano cuidador. Hubo discusiones más tarde sobre quién debía darles el alimento, pero haciendo valer los derechos de propiedad y repitiendo la operación igual, igual, que había visto hacer a su madre, al fin fue Ricardo, su dueño, el que dio allí el biberón siguiente a los perrines. Con la barriguilla llena y el calor que despedían varias estufas, además de la cocina “bilbaína” en las que ardía fuerte la leña, los lobillos, sin nombre, dormían sosegadamente sin enterarse de la ternura –amor- con que su amo vigilaba tan plácido sueño.
A la pregunta de Rodrigo, el hermano inmediatamente mayor a Ricardo, de cómo les llamarían, barajaron todos los nombres de los muchos animales (caballerías y ganado vacuno) que por entonces había en la enorme cuadra. Importante, Ricardo rechazaba las propuestas, acaloradas, que se proponían. Mientras tanto, la santa madre leía un libro en cuyas pastas se veía un trineo deslizándose por la nieve seguido de una jauría de lobos, con peligro inminente para los ocupantes: Riski... y Nadia..., o así. Un matrimonio ruso, que no parecía pasar por un buen momento. Cuando el dueño de los perrines propuso a la concurrencia que así podrían llamarse, hubo exclamación de sorpresa:
-¿Riski y Nadia...? –dijeron a coro todos los hermanos. Como a su madre tampoco le pareció mal, desde entonces así se llamaron los que hasta el momento decían simplemente lobillos o perrines.
Tanto cariño ponía el amo en su cuidado, que sin apenas darse cuenta del tiempo, se le pasaban las horas mirándoles fuera de la caja y colocados sobre la mesa al agrego del calor de la cocina. Con los ojos aún sin abrir, Riski y Nadia dormían horas y horas siempre vigilados. Hasta que un día, arrastrando la barriguilla por la mesa, se acercaron al humano cuidador. Tenían una casi imperceptible línea negra en el lugar de los ojos; con ellos sólo un poquito abiertos, fue a su amo Ricardo lo primero que vieron de un mundo nuevo en el que hasta entonces sin enterarse habían comenzado a vivir. Nada, de particular, pues, que desde entonces y mientras Riski y Nadia vivieron, el cariño fuese mutuo en cantidad y calidad entre los animales y Ricardo.
Entre los cuidados y la enseñanza de cuanto un buen perro lobo debe saber y la actividad intensa con las más diversas ocupaciones en un campo nevado durante casi todas las Navidades, cuando a Ricardo le parecía que acababan de comenzar, terminaron las vacaciones.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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