Desde la orilla. El rincón de la “tía Bernarda”.
02.07.09 @ 07:58:09. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Chivano. Acuarela de Mohamed Jaamati, en la XI Exposición Internacional de Acuarela, Segovia, Junio 2009. 70x50)
La tía Bernarda era una rolliza lugareña que dicen enviudó joven. Para sobrevivir, puso una pequeña tasca, próxima a lo que por entonces era sólo un destacamento militar que ocupaba aquellas alturas desde los tiempos de la guerra civil. En el momento que asentaron sus reales varios regimientos para la instrucción de los reclutas, la "industria" de la tía Bernarda subió como la espuma. Entendió la señora, que para la buena marcha del negocio, contando con la modesta economía del soldado, era preferible vender mucho y barato. Así, en cada uno de los campamentos, la tía Bernarda hacía su agosto. Bocadillos y bebidas para cerca de ocho mil hombres, es mies más que sobrada para segar donde la mujer no ha sembrado.
Aquella tarde fue tan calurosa, que el termómetro subió a más de cuarenta grados. Los reclutas esperan impacientes el toque de alto de instrucción, para lanzarse hacia los diversos tenderetes, en los que se apilan tentadores los refrescos en cubos enormes con hielo. Mitigada la sed, merendarán luego en grupos que se saltean animados por la explanada enorme.
Los del “53” y demás oficiales de otras unidades, allí todos amigos, tienen dispuesta una fritada suculenta de boquerones "recién pescados" y bebidas frescas en abundancia. Como el desgaste por la calor hizo mella en los mandos, más que comer y beber, la juventud ¡devora! Y porque según es el tamaño, así el "saque", Drito se aplica en dar buena cuenta de una gran fuente de boquerones, al tiempo que trasiega refrescos en abundancia. Se está allí tan a gusto, que ninguno de los presentes quiere atravesar el espacio considerable de la explanada para cenar en la Residencia de Oficiales; vulgar nave, mucho menos apetecible que el rincón de la tía Bernarda.
Fuera porque las bebidas estaban muy frías, fuera porque los peces estuvieran recién pescados, pero sin saber qué día, el caso es, que Drito se sintió indispuesto. Tremendos retortijones de tripa y síntomas, evidentes por lo ruidosos, de tener desatada por dentro una colitis descomunal.
¡Para qué se lo diría a los compañeros...! Desde que salió a toda prisa del rincón de la tía Bernarda derecho a la Residencia (en la cantina sólo había urinarios), no le quitan ojo; preocupados, seguro, por su salud, aunque con maliciosa cara de guasa. Sin pérdida de tiempo, el Quivir se lanza a la travesía, ¡peor con mucho que la del Estrecho! Tan malísimo se encuentra, que ni ve apenas a los reclutas con los que se cruza en tan horrible camino. Muy apurado, no sabe si lo debido es pescar a correr para llegar antes. Duda el hombre, porque no sabe si resistirá el esfuerzo que supone la carrera; lo que enseguida sabe, es que ha de tomar ¡ya! una determinación drástica. Aunque pasó algún tiempo desde que tocaron alto de instrucción y declina el día, todavía hay luz suficiente para ver sin dificultad a cuantos meriendan en infinidad de corros, o pasean por el trayecto en que el oficial se encuentra dudoso, encogido. Vuelve la vista atrás, y ve allá en el fondo a los oficiales puestos en pie sin dejar de mirarle; observa a su alrededor, y ve ¡cientos de pares de ojos! que contemplan con extrañeza la palidez del rostro desencajado y el cuerpo curiosamente quieto de el Quivir en medio de la explanada.
Un retortijón fortísimo precipita la determinación heroica: tieso como un palo, mira nuevamente hacia atrás, a un lado y a otro; y, desolado, no ve más solución que dar rienda suelta al cuerpo sobre el propio terreno. La "estampa" es indescriptible, aunque por lo insólita merece la pena intentarlo: botas altas, calzón impecable de canutillo, el gorro puesto y ladeado según el estilo africano; toda su humanidad, en fin, agachada, en cuclillas, rodeada por docenas de soldados que, aun sin querer, le miran de hito en hito. Metidos ya en harina, el lector me perdonará lo “marrón” del suceso. Transcribo lo que personalmente oí relatar al autor de los hechos. El hombre dice muy serio, que duda si la explosión vino del lugar desde el que estalló de golpe la risa de cuantos observan en "cá" la Bernarda, o de satisfacer la necesidad imperiosa para salvar una situación que sería aún más apurada si tuviese que pasar la vergüenza de ensuciar los pantalones en plena vía pública.
Avergonzados, pasan por delante del no muy bizarro oficial ocupado en tan bajos como inevitables menesteres, por lo general... satisfechos en privado. En tan poco gallarda postura, el teniente contesta -muy correcto- a los saludos de reclutas tan disciplinados.
-¡¡A sus órdenes mi teniente!! -saludan cuantos soldados, sonrientes, pasan junto a él.
-Adiós muchachos, adiós! -corresponde con la mano en el botón de la solapa del gorro como mandan los cánones. Una vez "despachado" lo que le llevaba con urgencia al barracón -y que no llegó- se incorpora lentamente tamaña humanidad al tiempo que por el rincón de la tía Bernarda andan varios por los suelos, malísimos de tanta risa.
-¡Pues no veo yo la gracia! -dijo luego en tono jovial e imposible otro-. ¿Es que nunca os dio a vosotros un retortijón? Y vaya si les dio, pero no uno, sino muchos; un retortijón general, verdadero ataque de risa colectivo.
-¡No si yo no me río de tu colitis! -logra decir uno, a duras penas, hecho un mar de lágrimas, me río ¡de que pidieras papel a los reclutas que merendaban casi a tu lado! Hasta la tía Bernarda se unió entonces al coro.
-Conque recién pescados los boquerones ¿eh? -le dice en tono que quiere ser serio. Pues ya que les he "tirado" –añade Drito- lo siento, señora, pero yo no le pago.
Desde que anochecido emprenden el regreso para dormir en el barracón, se repite el ataque colectivo cuando la juventud, alegre, pasa junto al cuerpo del delito. Todavía por la noche se repiten las risas; pero vueltas las tornas, es ahora y muy sonora la de Drito, a cada carrera que oye por el pasillo en una competición increíble. Tiene la particularidad, de que al llegar a la meta -lo que no todos consiguen- normalmente está ocupada. Y es que no fue sólo él quien sufrió tan desagradable percance, con la diferencia de que a los demás les sucedió, naturalmente, en privado.
Entre bromas y veras, muchas más éstas que aquéllas, el campamento toca a su fin. Pese a lo doloroso de la separación, el matrimonio decide que continúe en la Península la parte teóricamente más débil. No parece prudente dar tumbos de un lado para otro sin vivienda estable y una criatura, “más lo que venga”.
Comentarios:
Pero gracias a los "insectos " qui n'ont dans leurs commentaires que des insultes . je leurs dis franchement je n'ai pas le temps a leurs repondre.
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