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Desde la orilla. Peregrinaje peninsular del “Africa 53”

Permalink 28.06.09 @ 08:00:55. Archivado en Artículos

Por Carlos de Bustamante

(Contraluz de Noya . Acuarela de Julio Quesada, en la XI Exposición Internacional de Acuarela, Segovia, Junio 2009. 31x46)

Si al comenzar un relato, cuento, novela, o repaso de lo que es historia, se alargan excesivamente los prolegómenos, suele ser a costa de los aconteceres posteriores, tal vez de mayor importancia. Es frecuente entonces que el escritor, en un espacio ya muy breve, termine con un final condensado.

Mucho me temo que recreado en tantos recuerdos como Pedro Aguirre hizo revivir, "Stito" al final se precipite. O mejor dicho que, aun sin quererlo, haya de precipitar el relato con que finaliza. Consciente del defecto apuntado, no me resisto sin embargo a dejar constancia de algún suceso, cuando menos curioso, de los muchos que el teniente Quivir hizo vida, y vida azarosa, durante la época en que estalló el conflicto (guerra) de Sidi-Ifni.

Cierto, que esta guerra –que aun casi desconocida, realmente lo fue- como todas, por desgracia, tuvo enorme importancia. Cierto, que tras la amenaza de las kavilas de el Fondak y Laucién, providencialmente detenidas en su marcha hacia Tetuán por el general Mizzian, la situación en Yebala es muy tensa. Y cierto, en fin, que caso de reanudarse las antiguas hostilidades, el peligro que se cierne sobre esta zona es sin duda –y la Superioridad lo sabe- más trascendente aún que la guerra abierta en las anteriormente referidas posesiones africanas.

Como la imprudencia puede venir provocada por algún recluta nervioso en período de instrucción y la mayoría de los terrenos militares se entregaron a Marruecos, el Coronel del Regimiento África 53 recibe la orden de instruir la totalidad del reemplazo (¡casi cuatro mil hombres!), en campamentos al sur de España.

Es forzoso que cuanto atañe a Pedro Ajmed ben Mojamed Stito, sufra un pequeño retraso, pues atraído por la importancia que intuye (aparte su vocación creciente hacia la milicia), marchó voluntario a la recién creada Unidad de Paracaidistas. Queda con ello patente que su espíritu militar le lleva hacia las situaciones y lugares de mayor riesgo y fatiga.

Instructor de reclutas, como siempre, otra vez Drito tendrá que “pasar el charco" para desempeñar este cometido; tanto más importante cuanto más probable sea, y lo es, la intervención del ejército.

Al África 53 le asignaron el campamento de Campo Soto, en San Fernando de Cádiz. Como Leticia está nuevamente embarazada -¡buena raza la de los militares... !- y no parece conveniente dar tumbos por esas tierras en las referidas condiciones, deciden que ella regrese a la Península en tanto la situación no sea más estable.

Los preparativos y embarque de la impedimenta que necesita el Regimiento para establecer un campamento son de tal envergadura, que sólo puede dar idea de ello si se piensa en el traslado de domicilio con una familia de cuatro mil hombres.

El trasbordador, visto por ojos profanos, no parece sino un transporte de tropas bohemias con intención de establecer sus reales (?) en la Península. No digamos con los ojos del teniente que son una pura nebulosa, pues tampoco tuvo mucha suerte en esta nueva travesía del Estrecho en la que el mar otra vez se puso de un humor de perros. Seguro -dice tirado el hombre en cubierta- que es por la dichosa bandera inglesa que ondea en el peñón y que hasta el mar se enfurece por tan continua presencia.

Llegados a Algeciras, descabalgan de la casa a flote y en el tren cabalgan... La costa, el sol y el aire de España, son una delicia para los del “53”. Como piano, piano, se llega “lontano”, al fin los africanos llegan a San Fernando. Por hacer bueno el dicho famoso, toman allí el "coche" y tras una marcha muy respetable, huestes e impedimenta hacen su entrada en Campo Soto. No les esperan a los ahora europeos las delicias de un hotel precisamente; ni siquiera las incómodas pero útiles tiendas de campaña, tan familiares a cuantos vivieron en A'karrat. Tendrán que acomodarse en la mole desvencijada de una antigua fábrica de conservas, abandonada desde tiempo atrás según el aspecto ruinoso que presenta. Les rodea casi por completo el agua: el mar en muy primera línea a la misma puerta de casa; y junto a montones enormes de sal, mucha sal, más agua a la espalda en infinidad de salinas. Casa al fin, y como allí no es preciso calor de hogar, que con el sol de Andalucía calor es lo que sobra, la habilidad proverbial del soldado español, transforma pronto las naves, muy frescas, en alojamientos casi confortables para la mínima exigencia de los militares africanos.

Al fin llegaron los reclutas; sin pérdida alguna de tiempo, comenzó la instrucción. Las enseñanzas teóricas se imparten sin problema bajo la sombra de las naves; tampoco los hay para las clases de gimnasia desarrolladas en la playa; como el remedio para el sofoco está bien próximo, es evidente que esta disciplina tiene marcado carácter acuático. Pero como el "53" no está allí de veraneo, se echa en falta el terreno apropiado para la instrucción fundamental, que por razones más que sabidas, es sin duda la de combate. Hasta que el Mando solucione este problema, en los ratos libres, que aun no siendo muchos alguno sí queda, Drito y algún que otro oficial inquieto, pescan, ¡furtivos!, las variedades más exquisitas de pescado que jamás probara; proceden de los criaderos excelentes que son las salinas: lubinas inmejorables, anguilas, que pese a lo escurridizas y asquerosito de su apariencia, el capitán de la "Tercera", gallego de pura cepa, las cocina superior al estilo de su tierra; pescan otras especies que el castellano viejo desconoce por el nombre, aunque por el paladar aprecie como el que más lo mucho que valen.

El aire gitano que flota en el ambiente y el vinillo fino (tan distinto al peleón de Marruecos), mantienen un tono elevado de alegría en el campamento. Pero como ésta dura poco en casa de los pobres, el Mando considera oportuno cambiar de residencia y trasladar el “África 53” a otro campamento donde tal vez sean menores las diversiones, pero mayores -y esto es lo que importa- las posibilidades de formación de unas tropas que, por estar destinadas en Marruecos, la necesitan con urgencia. Pues de sobra sabe la Superioridad, que de la noche a la mañana puede reventar el polvorín magrebí en el que viven, por el momento sólo hervidero de conflictos.

El ordeno y mando se traduce en obediencia inmediata. Y otra vez el “53” organiza el traslado urgente. Al igual que por suerte o desgracia les sucede a las familias “africanas”, cuando los barracones (tantas veces viviendas) ya están adaptados para la vida en ellos, nueva recogida de los bártulos y, peregrinos habituales, ¡a cambiar de cubil se ha dicho!

Es ahora tierra adentro, hacia la sartén de España. Menos mal que el campamento de Cerro Muriano se asienta sobre un monte elevado y aunque caliente de firme, por lo menos corre el aire.

El campo de instrucción, tanto para orden cerrado como para el de combate, es enorme, y la vegetación espesa de matorrales en este último, de alguna manera recuerda -el mando "a veces discurre"...- a la gabba de Marruecos. En una gran explanada, las tiendas cónicas brotan como los hongos tras la época de lluvias. Es un verdadero mundo "a caballo" del Cerro. Según Drito, a medida que este mundo se habita, adquiere proporciones gigantescas. Allí se alojan soldados de varios regimientos importantes, aunque la mayor atención se centre en la vida y milagros del africano "53". Verdad es que metidos de lleno en el trabajo, sin llegar a molestar esa observación continua, mantiene cuando menos inquietos a la totalidad de los mandos del Regimiento viajero.

Ruego al lector disculpe otra desviación de "Stito". Una irresistible fuerza oculta parece que me obliga a prolongarlo con el suceso intrascendente pero tal vez divertido, mediado el período de instrucción en Muriano.

La cantina de la Tía Bernarda, domina todo aquel mundo desde lo más alto del cerro, suave y ondulado. Terminada la jornada de trabajo, los mandos pasan allí ratos muy agradables de solaz; tanto contribuye a ello la brisa que corre por la mayor altura del "cotarro", como el buen vino de Montilla con alguna que otra añadidura, para que no se tome a “palo seco”: aceitunas aliñadas, queso, jamón serrano excelente, o sea, de jalufos del terreno, curados luego los perniles al frío seco de la sierra, boquerones fritos, y otras exquisiteces a las que nadie pone mala cara.


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