Desde la orilla. Ave María
25.06.09 @ 08:00:28. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Remanso, Almería. Acuarela de Vicenç B. Ballestar, en la XI Exposición Internacional de Acuarela, Segovia, Junio 2009. 50x70)
Perdone el lector si algunos, casi todos, los sucesos que van a continuación, el relator se los hizo llegar anteriormente. Sin duda fueron entresacados de cuanto –con la debida hilación- expongo hoy; continuación de cuanto antecede sobre Stito.
Aún el eco en el aire de la fórmula solemne del bautismo, se oye espontáneo el aplauso entusiasta de los asistentes. Luego, el saludo emocionado de don José; el del Coronel que se acerca hasta el altar, y el abrazo de Drito, "su terente", ahora tocayo del que es ya cristiano. Stito quiso llamarse como él, Pedro, sin perder los apellidos ni el apodo familiar con que se le conoce desde los lejanos tiempos de A'karrat. Fue tan grata la sorpresa, que bien mereció el sigilo hasta el gran momento. Continúa la Misa, y poco antes de la Comunión don José hace nueva pausa:
-"Por la gracia de Dios - también palabras textuales- un grupo de nuestros soldados recibirá por vez primera la Sagrada Comunión". Y el grupo numeroso, hombres hechos y derechos, aunque hoy niños más hombres que nunca, se acercan pausadamente al altar. Siguiendo la costumbre militar, don José les indica que comulguen de pie. Así lo hacen todos; todos, menos Stito que, extasiado por el Misterio, imposible comprenderlo plenamente, cae de rodillas y recibe la Comunión con un acto de adoración perfecto.
De nuevo se rompen todos los moldes y la acción de gracias brota espontánea en amigos, superiores y compañeros en forma de un atronador y nuevo aplauso. A continuación, comulgan cuantos se confesaron antes: cientos de soldados, y también los jefes, oficiales y suboficiales; tantos, que para pasar todos por el confesionario, apenas dejaron tiempo al Pater para comer y dormir.
Termina el acto. Los mandos comenzaban a deshacer la formación, cuando de improviso vibra el cornetín con llamada de atención y acto seguido, “¡firmes!”. El movimiento de salida se detiene y todos se cuadran, recios. Decididamente hoy es día de sorpresas. De nuevo Stito se adelanta y camina derecho hacia el altar; va sin duda un poco pálido por la emoción, pero decidido y sonriente. Suena muy suave la música, y de un Stito ahora inmóvil, con el orgullo del que se sabe nuevo hijo, brota con voz potente -timbre y modulación perfectos, desconocidos-, el más bello Ave María escuchado nunca en tierras africanas. El Coronel parece perplejo, pero la mirada de complicidad que cruza con el Pater, al fin le delata. Las señoras no pueden con tantas emociones y los pañuelos finos, de encajes primorosos comprados en la tienda del indio con olor aún a sándalo, aparecen con profusión, para ocultar la alegría emocionada, que si bien con señales externas similares a la tristeza, hoy tienen muy distinto significado.
El teniente Quivir recorre con el pensamiento infinidad de escenas, distantes en el tiempo, que contrastan de forma singular con cuanto hoy contempla: un muchacho que devolvía (vomitaba) el jalufo y que escupía con asco en el suelo a su solo nombre; el arrapiezo que rondaba las cocinas para matar el hambre; el "piquinio ricluta" acogido con simpatía en el campamento de A'karrat y más concretamente en su compañía de ametralladoras, es hoy un hombre de una pieza. Nuevo creyente, que en la solemnidad de su Patrona dice cantando un piropo, que llena con ecos inesperados la enorme nave. Oración de un recién bautizado, que alcanza perfecta su destino, donde sin duda se recibe con mayor satisfacción aún de la que es fiel reflejo la actitud de cuantos lo presencian atónitos.
A la salida se repiten las felicitaciones; a unos por el Sacramento recibido; a otros, por ser el día de la Patrona; y todos entre sí, porque es un día de verdad grande.
Hasta la hora de la comida se suceden juegos y concursos: competiciones de fútbol por compañías, baloncesto, campeonatos de tiro... cada cual, en fin, en lo que más le atrae, previa participación en las pruebas eliminatorias. En éste día cumbre, se disputan las finales en las instalaciones –precarias instalaciones- del acuartelamiento. En cada especialidad, son continuos los gritos entusiastas de ánimo por cuantos amigos y compañeros hubieron de quedarse como sólo espectadores. Alegría desbordante de juventud sana del reemplazo, con un compañerismo jamás experimentado igual hasta entonces y que recordarán e inculcarán a los suyos durante toda la vida.
Durante la comida, a la que asisten todos los mandos, queda patente que el capitán inspector de cocina y el brigada respectivo echaron el resto; si se empeñó en el presupuesto para lo que aún queda de mes, ya saldrá del atolladero. No le preocupa en absoluto con tal de que la tropa tenga lo que más le pudiera apetecer, sólo posible en día tan señalado. Aún conserva Drito la tarjeta del menú que se hizo en la imprenta del Regimiento, y que como en los grandes hoteles se especifica el banquete con todo detalle. Si aquello tuvo algún inconveniente, tal vez fuera que más de uno pasó parte del tiempo dedicado a la comida, buscando entre los platos lo que, enrevesado, dicen los "papeles" y que apenas si entiende: “delicias frías y calientes; suprema del Cantábrico a la romana; mariscos de Castilla estilo Peñafiel; sorbete de frutas a la frigidaire y café irlandés". Tampoco faltó el vino, al que por mucho disimulo que se le diera con el nombre, no dejaba de ser vino peleón, horrible; el único que hay en Marruecos traído Dios sabe de dónde. Como es debido, remató la comida la copa: Terry, anís del Mono, o lo que envuelto es “sol y sombra”. A pesar de que el tabaco que se vende allí procede de Cuba y es bueno y barato, la tropa agradeció infinito la faria gallega, ¡buenísima!, cuyas volutas de humo rubricaron la comida realmente extraordinaria.
El flamante cabo primero hizo los honores a todo como el mejor de los comensales; a todo, menos a la copa, claro. El otrora Hijo del Islam, lleva en los genes la aversión hacia lo que desde hace siglos prohibiera Mahoma, y no "cata" el alcohol, ni come otra carne que no sea cordero o funa; jamás jalufo.
Ausentes los Agúndez de Tetuán (marcharon destinados a la Península), la familia Aguirre también celebra con alegría su día de fiesta. El trío subió por la tarde a Laucién; allí se dieron cita todas las familias de los jefes, oficiales y suboficiales del Regimiento y algunos invitados; allí presenciaron un espectáculo tan entretenido, que no parecía lo hubiesen montado los propios soldados; revelación alguno como excelente artista.
Merece la pena escuchar la narración de Drito de lo que fue tarde inolvidable para todos y muy en especial para el cabo primero Stito: Con el ferviente deseo de conocer la Patria que eligió libremente, aquella tarde de un ocho de Diciembre desfilaron ante sus ojos cada una de la Regiones de España en canciones a cuál más hermosas. Fue un auténtico "viaje" que, iniciado en Galicia con su morriña y todo, siguió a través de la Región asturiana; pasó luego por las corias y cuezas de Cantabria con las canciones que le son propias y en las que los artistas ponen alma y vida. En tanto se pasa de una a otra, como el presentador conoce todas a la perfección, narra con acierto algunos de sus encantos más notables. Castellanos, asturianos, vascos, manchegos, huertanos, andaluces... , todos estuvieron presentes en el escenario improvisado.
Fue una tarde larga, intensa, en la que los espectadores viajaron a bordo de la añoranza; mas cuando asoma en alguno el peligro de la tristeza, la canción siguiente se encarga de retornar al auditorio la alegría con una jota castellana, extremeña o las palmas y el bullicio siempre animoso de la no muy lejana Andalucía, aquí muy propiamente Al’andalus. La exageración de el Quivir dice que las palmas echaban humo por los aplausos; y que al fin la ronquera se adueñó de las gargantas; más culpa tuvieron los continuos vivas a ¡todas! y cada una de las Regiones, que los propios cánticos coreados por los que pertenecen a la Región de turno. Como de muchas de ellas, por no decir todas, hay dignos representantes, el “Africa 53” es puro júbilo.
A punto estuvo el feliz cabo de lanzar el “viva” que le ronda por la mente desde que España entera le fuera presentada en bellas canciones, mas, por el momento, sonríe y calla. Caldeados los ánimos, estallan en voraz incendio y Stito recibe en el acto la adopción de cada Patria Chica, sólo conocida a través de la música y que ahora desea vivamente visitar, siendo tantos y tan bellos los lugares.
También el local donde los mandos tienen luego su fiesta, rebosa alborozo hasta altas horas de la madrugada.
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