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Permalink 23.06.09 @ 07:58:04. Archivado en Artículos

Por Javier Pardo de Santayana

(Jornaleros. Acuarela de José Galán Polaina, en la XI Exposición Internacional de Acuarela, Segovia, Junio 2009. 210x205)

¿Recuerdan ustedes La Quimera del Oro? En la marcha hacia el Oeste alguien corrió la voz de que se había encontrado el mineral en California y el Yukon, y una estampida de colonos norteamericanos se precipitó hacia allá a la búsqueda, sí, de una quimera. Fue una época dura, de sudor inclemente, de codicia exacerbada, de odios y peleas, de la ley del más fuerte.

Pues aquí, en España, sucedió algo parecido cuando alguien descubrió hace unas décadas una inopinada fuente de riqueza: la de la exaltación de la vanidad y la debilidad humana. En busca de ellas se lanzaron en cuadrilla todos los medios de comunicación.

Inicialmente trataron el tema con cierta finura. Se trataba de entrar en el ambiente de los grandes personajes: aquellos que habían triunfado en lo que solemos llamar el mundo. Así conocimos por dentro las grandes mansiones tapizadas de cuadros de firma, con sus grandes camas con dosel y sus inmensas mesas de comedor coronadas por candelabros de plata. Algunas pertenecían a nuevos ricos que exhibían su poderío económico, en cuyo caso predominaban los apliques dorados y las formas churriguerescas. Los temas preferidos eran las bodas - muchas de ellas de personajes de casa real, con su despliegue de elegancia y, en algunos casos, también de pretensiones - y los amores de las grandes actrices de piernas larguísimas y escotes abismales.

Pero la sociedad evolucionaba, y cada vez se necesitaban más contenidos para explotar el descubrimiento. La solución fue adentrarse en la vida de personajes famosos. Ahí empezaron a salir historias de amor y desamor, y apareció todo un elenco de pasiones más o menos inconfesables: los odios, las envidias, los orgullos, los desprecios, y, sobre todo, la codicia, retribuida generosamente por el papel couché y los programas de sobremesa. Pero aun esto resultaba insuficiente; había que sacar mayor partido del filón, y algún periodista perspicaz tuvo la genialidad de inventarse una nueva figura: la de los famosos fabricados a golpe de publicidad. Tomarían a un personaje cualquiera con cierta labia y capacidad para la polémica, y harían de él - o de ella - una inagotable fuente de contenidos fiscalizables.

La idea era, en realidad, interesante; porque ¿qué sentido tiene el inventarse personajes de ficción y novelar con ellos historias de encuentros y desencuentros, si basta con elegir a alguien más o menos idóneo y hacer que él mismo las genere? Así se implantó un sucio mercadeo de vicios y bajas pasiones; una especie de exhibición de almas doloridas y de malos ejemplos que se fue extendiendo hasta que éstos parecieron normales. Las revistas y los programas de televisión ya no nos mostrarían solamente el mundo; también nos enseñarían el demonio y la carne.

Asomados a tanta imperfección, los ciudadanos experimentarían la sensación de ser perfectos ellos mismos, aunque el mal, a base de verse repetido e introducido en un atractivo estuche, iba adquiriendo la apariencia de algo obligado y propio del tiempo en que vivimos: una especie de tasa inherente a la modernidad.

Una variante aderezaría el panorama al presentar en público, en una vergonzosa exhibición de impudicia, los dimes y diretes familiares - o personales - de simples individuos “de la calle” aparentemente normales. Amores imposibles, encontronazos entre padre e hijos, infidelidades, amistades rotas… todo era bueno para el convento, y por lo que se ve, para el bolsillo, y las tardes y muchas noches también, cuando no algunas mañanas, nuestras pantallas presentarían ante nuestros ojos toda la grotesca panoplia de la miseria humana. También se exhibirían ante el público algunos malhechores que harían exhibición de sus ardides echando la culpa a todo el mundo menos a sí mismos y alardeando de astucia como si fueran unos héroes. ¡Ay, esta pobre sociedad que tiene la culpa de todo…!

Si no viviéramos en un ambiente que no reconoce el pecado, todo el mundo me entendería si dijese que se ha llegado a hacer de éste un tema de permanente exhibición. Vemos a unos jóvenes meterse en la cama con toda naturalidad a las primeras de cambio, y los niños dicen: “Claro, como son novios…” Y al preguntarles qué quieren ser de mayores, muchos alumnos de primaria se pronunciarán por ser “famosos” y ganar dinero. ¿No es todo esto edificante?

Así que aquellos reportajes que nos enseñan los misterios de un mundo formidable lleno de sugerencias, aquellos temas que debieran preocuparnos o al menos interesarnos, aquellos programas que podrían entretenernos mostrando la fuerza y la belleza del arte, quedarán relegados a las horas de la vergüenza, y en el “prime time” toda España se convertirá en un gran patio de vecinos en el que una cohorte de cotillas buscará la parte oscura de las personas arañando la piel de los famosos, escudriñando sus basuras, desmontando su honra y peleándose por encontrar la calumnia más eficaz. Hasta la política se contagiará de esta pulsión enfebrecida, y se transformará en una zafia reyerta plagada de invectivas y descréditos.

Hoy, de la quimera del oro ya sólo quedan algunos pueblos fantasmas azotados por ese viento que hace rodar las tumbleweeds y crujir las puertas desvencijadas. Y yo me pregunto: ¿Qué quedará, dentro de algún tiempo, de este cotilleo inmisericorde que nos persigue todas las horas del día? ¿Y qué pensarán nuestros nietos de quienes convirtieron a España - este gran país nuestro - en una vulgar corrala de analfabetos y celestinas?


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