Desde la orilla. La gran familia.
30.04.09 @ 07:31:18. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Nordafrika. Acuarela de Hans Ulrich Kekow,en hu-kekow.de/impressum.php)
La reunión de mujeres en diferentes grupos, fue norma habitual desde el incidente con el centinela del Destacamento de Artillería. Sin ordenar nada la Superioridad al respecto, pues no se inmiscuye en la vida privada de la guarnición, sí favoreció tal iniciativa; pues nada más cierto que una mujer sola en casa podría encontrarse en peligro, aunque no fuera más que por el frecuente afán cuando menos de robo, que llevaban a cabo bandas sin control. Para muestra de lo dicho, bien vale el atentado sobre la casa en que vivieron los Aguirre, providencialmente desalojada -sabido o no por los atacantes- pocos días antes de que resultase del todo destruida.
La situación es, pues, que bien por la instrucción de reclutas u otros servicios que los oficiales y suboficiales prestan con frecuencia, en cuanto una mujer queda sola, de inmediato recibe la compañía de otras en similares circunstancias. Como A'karrat se llevó un grupo numeroso de maridos, no menos de doce “mujeras” tratan de animarse mutuamente y de presentar un frente disuasorio que, casualidad o no, surtió efecto.
Así como fueron frecuentes los atentados en lugares por así decir masculinos, jamás hubo hecho armado alguno contra los grupos femeninos. Cierto que cada una siente miedo y más que añoranza por la ausencia; cierto también, que acusan las privaciones e incomodidades de una situación que hoy se llamaría de máxima alerta. Mas en grupo reina la alegría, incluso bulliciosa, en amables tertulias que tienen por centro las cocinas donde cada una aporta su saber.
Puede que sin proponérselo usaran la estrategia de un noble castellano, famoso durante la Reconquista: sitiada su fortaleza por los Hijos del Islam durante meses, y no teniendo ya más víveres que media docena de panes, se los arrojó, magnánimo, al sitiador. Convencido éste de que los cristianos nadaban en la abundancia, puesto que se permitían obsequiarles con aquellas hogazas, levantó acto seguido el asedio.
No digo yo que las mujeres españolas de Chauen repitieran, con su alegría, similar proeza capaz de ahuyentar al moro, mas sí digo que el tal bullicio, o parte al menos, procede de la reciedumbre natural de la mujer en la Gran Familia.
Hubo, sí, momentos de muy grave tensión- aunque no demasiados- y pese a tantas dificultades, crecidas ante los obstáculos, pudo en ellas más la voluntad que los nervios.
Sea como fuere, de Chauen surgieron amistades profundas; y fue la Ciudad Santa escenario hermoso de un compañerismo espontáneo y noble, en el que cada cual con sus peculiaridades, forma tal unión ante la adversidad, que no es exagerado el símbolo de la piña que sin duda le cuadra. Sin necesidad de referir con más detalle la unión vivida durante años tan duros en tierras africanas, el atributo que lo dice todo al nombrar los sucesos y aconteceres propios de una verdadera familia, es, sin duda, la Gran Familia Militar. Tampoco pretendo hacer de menos los lazos que de forma espontánea se establecieron y se siguen estableciendo en la Península. Sí digo, que con toda justicia corresponde el nombre y apellidos completos a la "gran familia militar unida como una piña" en las plazas y provincias del Protectorado.
No por ya referido dejaré de insistir en que empleada la semana con trabajos intensos, sólo tras finalizar la tarde del sábado, se producen en Chauen verdaderas explosiones de júbilo, que tienen manifestación pública en las fiestas del casino español. Alegría sana a raudales, merecida tras la brega e incidentes vividos por ellos; necesaria por el feliz regreso siempre esperado con impaciencia y la alegría angustiosa vivida por ellas durante una semana muy larga de convivencia en el "imperio" insólito.
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