Desde la orilla. “Mujeras” con valor acreditado
26.04.09 @ 08:00:12. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Marokko. Acuarela de Hans Ulrich Kekow, en google.mini20)
Llegó preocupante el comienzo de la instrucción de reclutas en el campamento de A'karrat; con él, la consabida estación de las lluvias. También llegaron a la hasta entonces tranquila Ciudad Santa los primeros brotes de violencia. La garita del centinela en la puerta Sur del Regimiento, voló una noche en mil pedazos tras el lanzamiento de un potente explosivo. No hubo que lamentar ninguna desgracia personal, pues advertido con antelación el mando -¿por Stito?- se dio orden de vigilar a cubierto, pero desde fuera de las garitas. También la primera casa, como ya dije adosada al Regimiento, fue asaltada y destruida, sin que por tan sólo unos días sufriera ningún daño el matrimonio. La vivienda de tan buenos recuerdos, no será la nueva dote o precio de compra para ninguna otra “álmara”, mujer del moro.
Poco antes de partir hacia A'karrat, la galería de tiro en el “53” tuvo una clientela insólita: las mujeres de los oficiales, que sin escatimar valor y como medio de defensa personal, aprenden el manejo del arma reglamentaria; allí hacen las prácticas de tiro que cada marido estima convenientes.
Drito y su amigo artillero, al fin marcharon a sus respectivos campamentos. Las mujeres de ambos, con miedo pero a la vez animosas, pasaron a vivir juntas a la casa nueva. Tienen la pistola en la mesilla de noche y aunque el saberse defender les da cierta confianza, despiertan sobresaltadas cada vez que pasa la ronda o se oye con claridad la voz:
-¡Centineelaa aaleertaaa... !, ¡Aleertaaa el unooo... ! Así cuentan ellas también el siete, el ocho, el nueve... , hasta que finaliza: ¡Aaleerta estaá... !, del que saben es el último. Una tregua para descabezar un sueñecillo y enseguida, con el consiguiente sobresalto, vuelta a empezar:
-¡Centineelaa aaleertaa... !
Cada fin de semana, la alegría es indescriptible. Vienen los maridos y hay fiesta grande. Ellos se cuidan muy mucho de no contar las situaciones que, por desgracia, se suceden con peligro en los respectivos campamentos; y ellas cuentan, atropelladas pero con detalle, las peripecias que en presencia de quien es fortaleza en la casa resultan entretenidas, o al menos acaban en el habitual ataque de risa al que también acompañan los maridos; risa que, tal vez para ellos, es producto de los nervios y pareja preocupación.
Llueve desesperadamente... Avanzada la noche, los Agúndez (artilleros) dejan la casa nueva y salen a la calle con la gabardina echada por la cabeza. Cruzan corriendo la carretera solitaria, para dormir en su pabellón situado en el interior del Destacamento.
-¡Alto quién vive! -vocea enérgico el centinela.
-¡Teniente Agúndez del Destacamento! -contesta rápido y claro el oficial artillero.
-¡Cuerpo a tierra! -es otra vez la voz, aún más decidida, del mismo centinela.
-¡Que soy el teniente Agúndez, coño, jefe de la primera batería del Destacamento! -insiste enérgico el oficial aún en pie y con más detalle. Su esposa, aterrada, se agarra fuerte al brazo, ahora no tan fuerte, que se mueve sacudido por el temblor de la rubia asustada.
-¡He dicho que cuerpo a tierra o disparo! -no deja lugar a dudas la intención decidida del centinela, que al montar el arma, la noche deja oír con claridad el sonido metálico característico del cerrojo al montar el arma. Entonces el matrimonio obedeció en el acto y con tan mala fortuna, que fueron a caer en un charco enorme a un lado de la carretera…
-¡Cabo guardia, cabo guardia! -llama con apremio el centinela, exacto cumplidor de su deber.
-¡A la orden mi cabo! -se cuadra y explica la situación antes de que se lo pregunten.
-Un gru-po de mo-ros, mi cabo, que tra-ta-ban de en-trar en el Des-tacamen-to y les tengo cuer-po a tierra ahí a-de-lan-te, -da la novedad, entrecortado por la emoción de ser éste su primer contacto con “el enemigo”; convencido de que cuanto dice es la pura verdad, pues bien que les vio él moverse ligeros y ocultos bajo las chilabas...
El cabo y los de la patrulla acudieron rápidamente hacia donde les indica el de guardia; cuando enfocaron las luces de las linternas en dirección al “enemigo”, el barrizal y quien lo ocupa quedaron completamente iluminados. El matrimonio, al fin se incorpora chorreando agua; muy serio él, callada, muy callada y sin poder articular palabra ella.
-¡A la orden de usted mi teniente, sin novedad en el Destacamento! -saluda el cabo de guardia, mucho más asustado que si hubiera sufrido un verdadero ataque de los moros.
-¿Está bien la señora, mi teniente? -pregunta enseguida muy correcto, pese al aturdimiento por la sorpresa.
-Sí, sí, cabo, muchas gracias -contesta Agúndez desarmado por la pregunta inesperada.
-Muy bien, sólo que empapada -dice ella con voz del todo natural; tanto, que en honor a la verdad y pasado ya el primer susto, incluso se esfuerza para no soltar la carcajada que le viene, como de costumbre, en cuanto se fija en el aspecto lamentable que presentan, ante la expresión atónita de los soldados de la propia Unidad.
-¡Usted perdone mi teniente! -es ahora el centinela artillero quien se disculpa tembloroso y tan pálido el rostro, que casi destaca en la negrura de la noche.
-No te preocupes muchacho, mala justificación tendrías si en vez de actuar así, se te hubieran colado los moros –contesta el oficial muy sereno, con lo que logra calmar los nervios desatados del centinela artillero por el error que acaba de cometer. Como a Dios gracias no ha pasado nada, la mujer da, al fin, rienda suelta a la risa a duras penas contenida, que enseguida contagia a todos; con ella pone fin a lo que solamente fue un mal trago.
Al día siguiente (los tenientes se marcharon al campamento), no menos de ocho mujeres reunidas en la casa, que también es ya famosa, comentan con las dos amigas el incidente. Tan animosas están, que del susto tremendo sacaron partido suficiente, para que en la velada, y pese a la ausencia de maridos, reinase excelente humor, cascabeles de plata en la boca del grupo de valientes.
Mas no quedó la ayuda con sólo hacer compañía a la que, aun con tan buen talante, se llevó el horrible susto. Con protección oficial, trasladaron a la casa tantos colchones como personas se reunieron para comentar el suceso. Y es que las mujeres, decidieron sobre la marcha vivir en comunidad en tanto no vinieran los maridos o cambiaran las circunstancias.
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