¿Semana Santa recaudatoria?
22.04.09 @ 07:44:51. Archivado en Artículos
Por José María Arévalo

(Zamora, desde las aceñas de Cabañales. Acuarela de Manuel Prieto Hernández. 32x44)
Cedo hoy mi turno a una colaboración de mi amigo Manuel Prieto Hernández, con el que había programado el viaje a Zamora del fin de Semana de Pasión sobre el que escribí el Miércoles Santo, pero por razones familiares él hubo de posponerlo dos días. Lo que cuenta, o muy parecido, también me ocurrió a mí el Sábado de Pasión, 90 euros de multa por aparcar cerca del paso de la procesión, con todos los accesos bloqueados, sin posibilidad de circulación. Me adhiero a cuanto dice, incluidas comas. Yo espero no tener que hacer descargo, una vez reciba la regidora zamorana el de Manolo.
Te cuento, caro José María, sobre estos días semanasanteros. Acabo de volver de Zamora a mi domicilio de Valladolid después disfrutar, un año más, de su hermosa Semana Santa, es decir, de mí Semana Santa y de mi amada tierra, de mis raíces y de todo lo que más profundamente llevo en mi corazón. He pasado ocho días paseándola, pintándola, viviéndola, disfrutándola y percibiendo cada segundo el lujo espiritual enorme de tenerla y sentirla tan cerca. Tan cerca, que aún siento que no he vuelto del todo y que otro poco de mí se ha quedado enraizado allí profundamente. Así sucederá, hasta que ya no quede nada por incorporar, porque mi sede final será su tierra. Salvo mi familia, creo que nada hay para mí tan caro ni tan añorado cada día. Ahí, en Zamora, se encuentran todos los elementos que han hecho de mí lo que soy, y, si soy como soy, lo es, en grandísima parte, gracias a ella. Resultaría indigno, sin más, no estarle debidamente agradecido. Por eso quiero para mi Zamora todo lo mejor, entre lo cual se encuentra conservar y cultivar su manera de ser amable –amable del verbo amar, claro, que es tanto como decir la siempre amorosa Occellum Durii- y acogedora, que es condición tan rara que no debe perderse. Y he comprobado, José María, que existe cierto riesgo de ello, aunque se podría evitar mediando la intervención de la Regidora Municipal de tan noble pueblo como lo es el zamorano. Pero vaya por delante mi agradecimiento hacia aquella por cuidar de Zamora para todos nosotros. De verdad, señora Alcaldesa: muchas gracias.
Esta confesión ditirámbica e íntima no es una justificación de lo que pudiera ser una crítica. Es la verdad más pura, ya que, sí, hay una mácula que, a mi juicio, no debe prevalecer. Verás, José María. La semana ha discurrido como acostumbra, es decir, con brillantez, luz, fervor, aglomeración, devoción, lluvia, emociones intensas…. Y la mácula de una noche. El Martes Santo, cuando llegaban ya Cristo y su Madre a sus templos de invierno, cabe el puente de piedra, la calle Entrepuentes se encontraba inimaginablemente abarrotada de coches aparcados. Sólo un zamorano sabe lo que se cuece ahí ese día del calendario y a esa hora de la noche. Ya puedes figurarte que se deja el automóvil donde se puede y no pasa absolutamente nada, como ahora se dice, puesto que el tráfico está cortado para que desfile la procesión del Vía Crucis y -no lo omitamos- pueda ser vista tranquilamente por los miles de espectadores que abarrotan el extremo Este del puente de piedra. Podrían contarse allí por docenas los automóviles mal aparcados en los lugares más increíbles.
Exagerando un poquito, podríamos decir que los había hasta en las tapias. Y los había también en un tramo de carril urbano que la Policía Municipal, con buen criterio, había inhabilitado para el tráfico mediante los muebles de plástico que usa a tal fin. Algo así como media docena de coches, entre los cuales se situó el que conducía mi hermano Javier, que, como yo, acude muchos días del año a Zamora desde Alicante. Bien las cosas hasta aquí, ciertamente. Lo malo empezó a partir de este instante, ya iniciando camino hacia el puente de piedra, en que hizo aparición un agente de la Policía Municipal en su moto, quien –como comprobamos poco después- multó a la media docena de vehículos antes mencionada “por estacionar en un carril de circulación”. Lo correcto, sin embargo, es que hubiese indicado, además, que dicho carril se encontraba sustraído a la circulación y que el mal era general en todo su derredor. Pero no fue así, faltándose a la verdad toda, a la hospitalidad, a la buena fe, a la interpretación que estas normas exigen cuando la ciudad alberga muchísimos más vehículos de los que está preparada para recibir (con gran tormento para sus huéspedes) y, en fin, a los modales de los que Zamora siempre pudo presumir y que no debe perder. En una palabra: un hecho indigno. Estos días de la Semana Santa, y no exagero, la población zamorana se triplica o cuadruplica, por lo que el ejercicio de hallar una plaza de aparcamiento se eleva a un vía crucis complementario a este del Martes Santo, si bien extendido a cualquier otro día de esta Semana. Es horrible, en una palabra. Tanto, que recuerdo los muchos años pasados, en los que, por estar aparcado inadecuadamente, alguien te colocaba sobre el parabrisas un “papelito” de mera advertencia, pero nunca de sanción. Pues ahora no, porque ahora se recauda.
Esta noche del Martes Santo, después de contemplar y disfrutar la arribada de Jesús Nazareno y de la Virgen de la Esperanza a San Frontis y a las Dueñas de Cabañales, cumplida la reverencia, volviendo sobre nuestros pasos hacía nuestro vehículo aparcado, se nos cruzó el mencionado agente municipal, quien había dejado su recadito sobre los respectivos parabrisas, a razón de 90 euros por barba, lo que suponía por encima de las 100.000 antiguas pesetas. ¡Y sólo de una tacada! En aquellos automóviles, por cierto, pude ver que se incorporaron hasta ocho congregantes, esto es, nazarenos, que habían finalizado su feliz acompañamiento a las imágenes de su corazón y de su cofradía. Hermoso colofón, sin duda, para una noche semanasantera como la zamorana del Martes Santo. ¡¡Cómo no indignarme ante esta conducta tan carente de amabilidad y de comprensión, que casi se diría alevosa!! Nunca, en mi ya larga vida, se me había venido a las mientes la idea de que estaba cometiéndose un acto de antizamoranismo; pero lo cierto es que así lo sentí y así te lo cuento. Y así se lo he contado también a la señora alcaldesa zamorana, que es quien tiene que resolver cómo se ha de tratar a las gentes que vamos allí, a la otrora Zamora amable y amorosa, a gastarnos los cuartos.
Ante estos hechos se me viene a la memoria lo que, a propósito de los forasteros que acudían a nuestra Semana Santa, dejó dicho uno de sus zamoranos ilustres, Luís Hernández González, en su librito de poesías “Zamora de mi amor” (Ediciones Españolas, SA, Madrid. 1941, 1ª edición):
”… las gentes forasteras
por prestigio atraídas tan notorio
pernoctaron al raso en las aceras,
Las Panaderas y en el Consistorio,
y sus voces de pueblo gratas suenan
porque todo lo animan y lo llenan,
y tras la procesión, en comitiva,
la Plaza invaden, Balborraz arriba.…”.
¡La de cosas que dejó dichas sobre Zamora Luís Hernández, zamorano de pro y para zamoranos de pro! Sí, Zamora de mi amor….¡menudo título para cualquier zamorano que ejerce tal privilegio! Pero está claro que hay que saber cómo ejercerlo.
¿Qué haría con estos versos el agente municipal del Martes Santo ante estas actitudes “invasoras” del espacio público por las gentes forasteras? Dejaremos que lo resuelva la Ilustrísima Alcaldesa de la sin par Zamora, la Occellum Durii, la bien cercada, la ciudad de doña Urraca….Por títulos, que no quede.
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