Mi huerta
21.04.09 @ 07:47:04. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Acuarela de Pedro Cano en la exposición de la Galería Forni, Milán, “De Abril, a septiembre”)
Esta Semana Santa volví a plantar mi huerta. Hay quien dice que plantar una huerta es lo mejor que se puede hacer para ser feliz. Llevaba yo unos pocos años sin ella porque el momento debido me cogía siempre con el pie cambiado, y las buenas hierbas - porque no creo que las haya propiamente malas - crecieron dentro de ella hasta igualarla con el resto del terreno.
En otro tiempo puse mi ilusión en conseguir cierta variedad, y esto me aconsejó anotar concienzudamente todos y cada uno de los datos pertinentes en una especie de cuaderno de bitácora. Solía entonces traer semillas y plantones de Rada, o sea de un poco más allá de Colindres, donde hay una instalación de categoría industrial a gran escala. Así fui experimentando con toda clase de hortalizas, desde el humilde rábano hasta las refinadas coles de Bruselas. Sin embargo, esta vez compré los plantones en Santoña, junto al Mercado. Allí se instala una especie de sucursal del gran mercadillo local de los sábados que atrae a la gente de la comarca, incluidos Bilbao y alrededores, y me limité a productos bien sencillos, como berzas, pimientos, cebollas, puerros, acelgas, calabacines y patatas. Sólo un poco de cada cosa, porque ya hace casi un año decidí reducir el tamaño de mi huerta.
En efecto, disminuí sus dimensiones hasta dejarla en un mero tercio de su tamaño habitual, y sobre ella extendí un amplio hule negro para ahogar las hierbas y sus raíces. El truco dio resultado. Mi vecino Germán me echó una mano removiendo la superficie con su rotonosequé, y la tierra quedó tan limpia y esponjosa que daba gloria verla. Luego esparcí herbicida alrededor del rectángulo arado para dificultar el avance de los caracoles y las babosas, que, encaprichados sobre todo por las berzas que ilustran el rico cocido montañés, se acercan a los surcos con la aviesa intención de zampárselas. Luego, un atractivo y granulado veneno anti-limacos me sirvió como línea defensiva de última instancia. Ya no queda más que mantener el terreno limpio de hierbas y regarlo si viene el tiempo seco, porque allí el problema suele ser más de excesos que de carencias hídricas.
Mientras tanto será preciso alimentar el fecundo diálogo que se establece entre la huerta y su hortelano, porque debe saberse que cuando éste pisa la tierra o mete en ella sus manos de oficiante, ahí está el universo entero. Ya no hay nada más importante que esa tierra que hay abajo, y ese sol arriba, y esa vida que se abre paso en medio, y el misterio que allí se hace presente. Más tarde llegará el momento en que los humildes plantones de la plaza del Mercado se hagan alimento y acción de gracias para el hombre.
Ya insinué mi intención de volver cuanto antes a la azada y expliqué por qué me demoré en hacerlo, pero la verdad es que mi regreso a tan noble oficio toma ahora su causa del interés concreto de mis nietos, a cuyos padres ilusiona que éstos descubran cuanto antes los alicientes de la naturaleza y de la vida sencilla. Yo creo que, efectivamente, es bueno que los niños sepan que los alimentos no crecen en los supermercados ni nacen con el código de barras, sino que son fruto del amor de Dios y del trabajo del hombre. Así que enseñaré a los pequeños cómo se llama cada cosa y lo que hay que hacer para que todo crezca bien, aunque aquí en La Montaña esto no requiera demasiado esfuerzo. Porque, como dije antes, el problema es más bien de excesos, y con poco basta para asegurar en el plato una porción de providencia. .
Comentarios:
Ahora sólo te falta tener una vacuca, para que tus nietos sepan de donde sale la leche, y no de un tetra brick. Aunque estoy segura que esa experiencia ya la han vivido.
Besos y gracias por visitar mi blog, me hizo mucha ilusión
Paula
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