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Desde la orilla. “Lailas” de compras en la Ciudad santa

Permalink 19.04.09 @ 07:57:22. Archivado en Artículos

Por Carlos de Bustamante

(Almacén. Acuarela de Marc-Folly en marc-folly.com)

El mismo día de la boda, Chauen celebra el de fiesta propio del Islam. Al contrario que en la Península, los comercios están todos abiertos y se vende en ellos cantidad y variedad de mercancías con animación inusitada; ocasión que ni pintada para efectuar algunas compras. El primer comercio en el que entran está abarrotado de telas, alfombras y géneros primorosos de “nylon”, más atractivos por cuanto llegó, sí, su fama a la Península, pero aún no los artículos, o tan solo algunos a un coste muy elevado, introducidos de contrabando.

El dueño del establecimiento es un indio de color moreno cetrino, envuelto como el local en fragancias de sándalo que se quema sin llama en palos muy finos distribuidos con profusión en el interior. El tendero ofrece sus mercancías en un idioma tan curioso como es el español-indio (de la India) arabizado; prendas que las señoras miran recatadas y que el indio, sin pudor alguno, muestra tanto a las interesadas como a los curiosos y viandantes que circulan por delante. Nueva ocasión en la que fue preciso buscar precipitadamente un servicio para las dos rubias muertas de risa.

Aquel día el oriental hizo su agosto, pues alto él, moreno él -guapísimo dicen ellas-, les endosó cuanto precisan y mucho más que a buen seguro no usarán en la vida; luego visitaron otro comercio, éste más ordenado y con los artículos más avanzados de la industria alemana, americana, japonesa... , a muy buen precio; sin duda a menos de la mitad que los mismos en la Península. Compran la inevitable máquina fotográfica y salen de allí a toda prisa. El hebreo, vendedor nato, nariz aguileña, marcado de viruela y vestido a la europea, a poco que se descuiden no tardará en convencerles, para que carguen con mucho más que tampoco les hace falta en absoluto.

Después entran, por curiosidad, en un comercio muy distinto. Allí todo está embarullado: teteras, objetos de cobre y latón, pura filigrana en los cueros repujados en infinidad de cojines, bolsos, cinturones... ; todo cuanto puede tener cabida en un local diminuto con tal de que sea llamativo, “rechiscante”, esparcido sin orden ni concierto. Comercio moro, arca de Noé, donde la compra será buena, mala o regular, según la habilidad en el regateo.

-¿Cuánto flus uaje kas de té? -pregunta Drito cuánto dinero vale un vaso para tomar el té.

-A ispanioles de regemento Afríca 53, poco flus; casi rigalo, sólo cobra qui mi cuesta: cincuenta peseta -contesta el moro muy serio, aunque ni él mismo sabe el disparate de dinero que ha pedido.

-Ualo Ajmed -contesta enseguida Drito (de eso, nada).

-¿Le conoces? -pregunta Leticia sorprendida.

-¡Qué va!-; pero si no se llama así, su nombre será, más o menos, muy parecido.

-Atini yus peseta -y le ofrece dos pesetas por cada uno de los que Ajmed pide cincuenta. Se lleva media docena por doce pesetas, y además, una tetera por seis.

También al artillero se le antoja tomar en casa té moruno y le ofrece una peseta por cada vaso y la tetera de baraka, o sea, de balde, gratis. El moro se echa las manos a la cabeza, se mesa las barbas, hace mil y una comedias, pero, al fin, acepta encantado; tan encantado como furioso Drito, que recibe la puntilla con la despedida del comerciante:

-Tú saber suai (un poco) de l'arbía, pero amigo sabe mijor. Terente de distacamento sabe mocha manera, qui es poco güina para tienda de moro, qui sólo gana el flus con riclutas.

El té moruno, muy aromático con la esencia añadida de las hojas de hierbabuena y azúcar abundante, es motivo de nuevo y espectacular jolgorio tomado a sorbetón como mandan los cánones; porque ellas -cada día más atrevidas-, compiten ya con los maridos.

El matrimonio Agúndez invita hoy a cenar en su casa; aunque todavía ellos tienen en la boca el sabor del cuz-cuz y ellas el olor, el té hizo hueco para tomar al menos una buena ensalada: lechuga, escarola, granada en abundancia y trozos de queso cortados de la enorme bola; ingredientes muy apetecibles mezclados todos en ¡una palangana!; único utensilio grande que disponen para tales menesteres. Cena muy parca la de la palangana aun con el añadido de pan y vino; mas éste tan horrible, que deciden al fin sustituirlo por sendos vasos de whisky.

Como en los cajones que usan como asiento las posaderas no aguantan demasiado, prefieren salir a tomar una copa al casino español en la Plaza de España. Único bar europeo, si no demasiado elegante, al menos resulta cómodo (tiene butacas), con el aliciente de que en este lugar se reúnen los matrimonios españoles que, como los Agúndez, no disfrutan de una excesiva comodidad en sus casas. Cuatro copazos de "Chivas" son suficientes para que el cuarteto, en el que llueve sobre mojado, se anime y sea pronto el centro –lo son aunque no "llueva"- de las miradas. La numerosa clientela hace pronto causa común y la velada termina tan bien como de costumbre, o lo que es lo mismo, en camaradería fraternal.


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