G-20
17.04.09 @ 07:25:44. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Óleo de José Navarro Llorens (1867-1923) en youtube.com/watch?v=K9Wth0Lqs_o)
La cosa debe ser grave, porque se han reunido los líderes de las naciones más poderosas del mundo acompañados por los gobernantes de las potencias emergentes y de otros países destacados por su influencia o por su carácter representativo. El motivo de la reunión, que tuvo lugar en Londres, era que todos ellos se habían encontrado con la casa patas arriba y en un desorden casi caótico.
Esto sucedió, como quien dice, de un día para otro. ¡Vaya sorpresa! Y nosotros que creíamos que todo funcionaba tan bien… Vimos surgir rascacielos y grandes autopistas, cómo el hombre alcanzaba la Luna y enviaba sondas al planeta Marte, cómo se extendía una red universal de comunicación en tiempo real y cómo acertábamos a construir una sociedad que consideramos casi perfecta: la Sociedad del Bienestar Por eso, ¿quién diría que acabaríamos por descubrir, casi por sorpresa, que el sistema no funcionaba? Quizá lo estiramos demasiado: veíamos brillar los doblones en el saco repleto, y su resplandor nos fascinó. Quisimos más y más, y mucho más, y todavía más. Y claro, como vivíamos en un mundo virtual…
¿Qué fue entonces de todos aquellos señores tan listos que siempre nos hablaban ex-cátedra? Los recordarán: solían predicarnos desde sus sillones y nos miraban por encima del hombro; que hasta parecía que nos tomaran por tontos. Cuando descendían a la calle lo hacían para arrancarnos un puñado de votos y presumir de demócratas. Pero no se sabían el precio de un café.
Aquellos señores, que son los mismos de ahora, dominaban un mundo complicado que nosotros no llegábamos a entender, y sabían moverlo dando órdenes por teléfono. ¡Qué decepción nos llevamos! Resulta que, haciendo eso que tanto nos solía impresionar, fueron enmarañando la madeja, y al final hasta a ellos mismos se la dieron con queso. Algunos incluso cayeron como bobos con el truco del tocomocho financiero.
Entonces pensamos: bueno, como son tan listos encontrarán la fórmula mágica para salir del lío. Pero luego supimos que esa fórmula no existe; que unos decían unas cosas y otros otras… Al final todos acabaron por alcanzar un cierto acuerdo; pero uno no se queda tranquilo, porque ahora ya se les conoce y porque ya no se trata de política, sino de economía.
Como ciudadano que paga fielmente los impuestos que ellos manejan con tanto desparpajo, uno se pregunta si todo esto sólo acarreará una pobreza de fin de ciclo, porque uno, que se siente tratado como un estúpido por esa crema de la política y del dinero, querría encontrar al menos algo de alivio, algo de esperanza. Y al final descubre que todo este jaleo ha supuesto también, afortunadamente, un soberano palo a la soberbia.
Efectivamente, de la misma forma que la prepotencia de los científicos quedó desacreditada por la constatación de que la complejidad de la naturaleza y del hombre no quedaban enteramente reflejadas en la linealidad de sus fórmulas y en su obsesión simplificadora, la soberbia de los políticos y de los banqueros se ha visto impúdicamente sometida al ridículo de un fracaso sin paliativos.
Por eso espero que, avergonzados, unos y otros dejen de sacar pecho y se sometan, humillados y contritos, al duro veredicto de una sociedad ninguneada.
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