Santoña
14.04.09 @ 07:26:32. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Barcas muertas. Acuarela de Humberto Alonso, Grupo Niebla, Asturias, en la I Bienal Iberoamericana de Acuarela Madrid marzo 2009)
Vengo de pasar la Semana Santa en la marisma; en el encuentro del río con el mar. El mar es el Cantábrico, que aquí abandona su furia de galerna para tornarse familiar y amigo. Entró por la bocana, entre los dos peñones, y casi se da de bruces con la playa de Laredo, que avanza hacia Santoña partiendo la ría en dos con su larga espada de arena.
Uno de los peñones se llama Buciero, que es nombre como de caballo mítico, y en él está Santoña, bien arropada por su sombra, casi sin sitio para rebullir. De ella salen los marineros para pescar el bocarte, que luego se convertirá en anchoa con las antiguas técnicas.
Santoña, acogedora y casi siempre bulliciosa, se estira en el Pasaje: el interminable paseo que va desde las dársenas del puerto hasta el fuerte de San Martín. Desde él se nos ofrece uno de los más bellos paisajes que conozco, con la perspectiva en cinemascope de la ría y con los montes cántabros al fondo, aquellos por los que se precipita impetuoso el Asón con su carga plateada y su rumor de piedras.
Pero el corazón de Santoña está en la plaza de San Antonio, enmarcada por unos robustos plátanos que enlazan sus brazos como si jugasen al corro. Bajo su sombra, los bancos, y en los bancos, las madres y los ancianos. En el centro - o mejor, por todas partes - los niños.
Un ilustre almirante santoñés encontró el eslogan perfecto: “Santoña, la mar”. Luego, un desconocido, con indudable ingenio, acuñó este otro, exhibido en las camisetas serigrafiadas: “Santoña, la mar…de niños”.
Pues bien, todos esos niños de Santoña se reúnen por las tardes en la plaza de San Antonio. Algunos son todavía bebés, y llama la atención verlos en sus cochecitos pimpantes compitiendo en elegancia con los de Algorta y el Sardinero; otros algo mayores juegan a la pelota o montan en triciclos o en bicicletas; los hay también que suben y bajan continuamente del kiosco de la música. Nosotros les observamos desde una terraza tomando unas rabas o un pincho de tortilla.
¡Cuánta vida hay en esta plaza! A veces el sol nos ayuda a cerrar los ojos y sentir por dentro la sencillez de este ambiente, tan a propósito para dejar fluir el tiempo. O para describirlo con unos simples versos como éstos:
Santoña: el mar y la ría
justo donde Dios quería.
En la cumbre del Buciero
brillan la cruz y el lucero.
La novia del marinero
sueña un amor verdadero,
una cama, un heredero,
y un bonito en el caldero.
Desde el rincón que prefiero
de la plaza, todavía
se oyen los ecos del día.
¡Santo Dios, qué algarabía!*
* De mi libro de poesías “Últimos compases”
Comentarios:
Gracias
Nos vemos allí tomando un vino y unos muergos.
Besos de polita!!!
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