Viernes Santo
10.04.09 @ 07:55:32. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(La Quinta Angustia. Piedad de Gregorio Fernández en la iglesia de S. Martín; Cofradía de la Piedad. ww.diputaciondevalladolid.es/turismo)
El hombre que está clavado en la cruz tiene los brazos abiertos. Quizá no se hayan dado cuenta de ello sus verdugos, pero al clavarle en el leño le han brindado el gesto del abrazo. Sin embargo, en esta tarde de Jerusalén pocos pueden imaginar el incendio que se extenderá desde este símbolo de humillación, porque el hombre que en ella está clavado es un perdedor: las autoridades le han querido hacer morir como un vulgar bandido y los suyos le han abandonado a la soledad.
Pero se producirá el milagro y algunos serán sus testigos. Alguno tendrá, incluso, ocasión de meter los dedos en el costado de su cuerpo, y quienes le abandonaron en su muerte se extenderán por el orbe para dar testimonio de lo que vieron. Varios lo harán hasta el extremo del sacrificio de sus vidas, y quien le negó tres veces será la piedra angular de este grupo de hombres sencillos que se transformarán en titanes de la fe. Y el fuego que parecía consumirse en este monte del Gólgota recobrará su fuerza hasta incendiar el mundo.
Por el momento sólo vemos esta rústica cruz que se eleva hacia un cielo plomizo, y un hombre muriéndose, y una madre que llora serenamente. La voz del moribundo ha dicho: “Señor, perdónalos porque no saben lo que hacen”, y ahí, en ese gesto inmenso de misericordia, nos ha mencionado a todos. En esta cruz salpicada de sangre inocente está todo el amor del mundo.
Dentro de la oscuridad de la ignorancia, la fe de quienes creyeron en Él será una luminaria, y cada luminaria encenderá una esperanza, y eso que los suyos no le recibieron. Todas esas pequeñas luces reverberarán iluminando las conciencias y darán testimonio de que la Humanidad ya no se halla sumergida en las tinieblas, porque recibió la Buena Nueva y muchos hombres y mujeres la acogieron en sus corazones. Quienes se rindieron a la Verdad serán gente sencilla, y sin embargo más sabia que la gente más sabia y poderosa, porque conocen la razón de vivir y tendrán motivos para transformar el mundo.
Muchos siglos transcurrirán desde esta tarde de Jerusalén hasta que llegue el Viernes Santo del año 2009, cuando ante nuestros ojos se abrirá un paisaje de profunda desolación. Uno se dirá: ¡Dios mío! ¿Cómo podremos mantener la esperanza si se están apagando, una a una, todas las luces de la noche? ¿Cómo sobreviviremos a la oscuridad? Porque en este Viernes Santo de 2009 ya no vemos a los hombres mirando con asombro hacia la cruz plantada en la desnuda cima del Gólgota, sino entretenidos con los ídolos sin alma de la sociedad del bienestar.
La respuesta es que nunca nos resignaremos, porque el momento exigirá nuestro testimonio de creyentes. En este Viernes Santo de 2009 las autoridades reclamarán una vez más la muerte del Justo, pero no contarán con nuestro asentimiento. Caminaremos con nuestra cruz a cuestas y nos esforzaremos por ser la sal del mundo. Y guardaremos en nuestros corazones el rescoldo de esa fe que, revivida por la brisa del espíritu, encontrará de nuevo la ocasión para incendiar una sociedad desertizada.
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