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La Semana de Pasión, en Zamora

Permalink 08.04.09 @ 07:48:22. Archivado en Artículos

Por José María Arévalo

(Zamora, desde la orilla izquierda, entre puentes. Acuarela de José María Arévalo. 34x46)

Tenía yo pendientes, en Zamora, dos asuntos que eran ya una verdadera necesidad: ir a pintar Zamora, y ver las dos procesiones nuevas, viernes y sábado de la semana de Pasión, como siempre hemos llamado allí, no sé si con mucha precisión, a la semana anterior a la Santa. Empecé a los quince años a pintar Zamora, mi tierra natal, en mis primeros óleos, muy expresionistas, de los que he conseguido hacer un álbum que llevo a mis exposiciones de ahora para que se vea la trayectoria. A los dieciocho ya casi perdí el contacto con mis raíces, cuando me fui a estudiar a Madrid y después a Barcelona, y no digamos más tardee, ya profesional. Reconozco que en mis visitas esporádicas posteriores tuve la impresión de que se me había quedado pequeña para pintarla, o quizá lejana, ya no era la mía. Así que tenía la necesidad de reencontrarme con mis raíces. Lo de conocer las procesiones nuevas –que llevan ya veinte años saliendo, pero para mí son nuevas-, casi ha sido el pretexto, porque en ninguno de mis compas zamoranos había percibido entusiasmo por ellas. ¡Que sorpresa me he llevado¡. Les cuento.

Zamora está espléndida. El casco antiguo bellísimo, muy cuidado, con nuevas construcciones que, en su simplicidad, no chocan demasiado con el entorno –con alguna excepción, como el monstruo que se está construyendo, creo que por la Junta, en la plaza de la Catedral-, como siempre extraordinario, ahora más limpio y aseado. Más problema para ponerse a pintarlo allí, porque no hay facilidades para aparcar, como es lógico. Así que lo pinté, los dos días, desde el nuevo parque que hay en la orilla izquierda del Duero, con muchísimo tema de aceñas, el Puente de Piedra, las murallas, etc. Una gozada. Y por la noche, las procesiones.

(Cristo gótico de la Iglesia del Espíritu Santo, de Zamora, en la procesión del Viernes de Dolores)
La procesión de la Hermandad Penitencial del Santísimo Cristo del Espíritu Santo, el viernes por la noche, para mí que es una de las grandes zamoranas. Acierto completo. En la línea de la famosa de las Capas pardas, con hábito ceñido que las recuerda por el tejido fuerte, de estameña blanca y con amplia capucha también muy trabajada, en grueso, con filigranas. Las capuchas son todas iguales, a diferencia de la variedad que tanto resalta en las capas de pastor alistano, el Miércoles Santo. Como ésta, transcurre por el Sillón de la Reina y las calles de la zona de la Catedral. Impresionante su paso por la calle del Troncoso, mí primer óleo de juventud, con la cabalcavía del convento que asoma a la Catedral.

Antes, en la Plaza Fray Diego de Deza, con el arco de San Ildefonso al fondo, bellísimo rincón que tengo que pintar, las luces de los faroles de mano que portan los cofrades reflejaban en los negrillos convirtiéndolos en almendros en plena floración. El campanón que portan en andas te llevaba a armonías medievales. Rompe el silencio –magnífico respeto del todo Zamora que se arremolina al paso del cortejo- primero la melodía fúnebre que interpreta, suave y cadenciosamente, el cuarteto de viento; y después, el coro de cofrades que entona un antiquísimo Cruz Fidelis, con plolifonía que te penetra en el alma. Y pasa el Cristo gótico, impresionante, talla del siglo XV, que fue hallada por casualidad, en Marzo de 1963, en la iglesia que da nombre a la cofradía, mutilada y sin cruz. Tampoco hay que perdérsela, la salida de la Iglesia del Espíritu Santo, en unas afueras que yo no conocía, románica sencilla, sin las bocinas adornadas, tan variadas en tantas otras joyas de los templos zamoranos, pero majestuosa en su simplicidad. La estampa se acerca también bastante a la salida de las Capas de San Claudio de Olivares, con el misterio en la dificultad para sacar la campana y sobre todo el Cristo.

El sábado, vuelta a pintar y a la otra procesión nueva, ésta la más nueva, del 88, la de Nuestro Señor Jesús, Luz y Vida. No es de las grandes, pero tiene su impacto. La esperé, comiendo pipas, como ya es tradicional para aliviar la larga espera a que obliga la multitudinaria expectación, en el final de la calle de San Pedro y comienzo de la Cuesta de Pizarro. Es una de las muchas que caen hasta el río, como cárcavas del cerro testigo –aprovecho la imagen vallisoletana tan frecuente en nuestras salidas a pintar al campo- en que se extiende la Zamora antigua. Bajo los arbotantes de San Ildefonso pasan de a dos los congregantes, con una túnica parecida a la de ayer pero sin la consistencia del tejido, muy vulgar, y entre sus brazos, más vulgar aún, un farol eléctrico –no ví el regreso por el Puente de Piedra, pero difícilmente se reflejarían en el Duero esas lucecillas, como en la estampa típica de la noche del Martes Santo-. De a dos y yo diría que en parejitas, de amigas o vecinas–multitud de mujeres parlanchinas, y no entro en la polémica sobre la admisión de mujeres en otras procesiones, como están haciendo, sabiamente, algunas cofradías, dando la callada por respuesta-, de novios o ya matrimonios, y hasta madres con el hijo de la mano, cruel penitencia para los críos en tan larga procesión, hasta el cementerio. En él se dará homenaje a todos los que hicieron posible la Semana Santa zamorana.

Pero sigamos en el magnífico espacio de los arbotantes de San Ildefonso. No hay, quizá porque aún no es de noche, tampoco entre el público, el silencio grandioso de las procesiones importantes de Zamora. Aunque lo que se permite aquí no sea más que un bisbiseo, ya digo que en cofrades –creía que alguna pareja iba a hacerse carantoñas- y público, es mucho para lo que se lleva. De pronto, un sonido de clarinete obliga al silencio absoluto. Ya está ahí la magia zamorana. Un cuarteto de viento, como el de anoche, pone tremenda profundidad en lo que parecía desfile banal. Ya parece que la procesión transcurre más en serio. Después, otro coro interpreta un De profundis. Voces de solo hombres –aunque me pareció ver una chica bajo la capucha, sería una ayudanta- que me llevan también a tiempos ancestrales de esta tierra, pero no tanto como en la noche del viernes, aun estábamos prácticamente en el mismo sitio, junto a San Ildefonso.

No tengo, en general, buena opinión de las bastantes tallas modernas de los pasos vallisoletanos, salmantinos y zamoranos. Sin embargo, la talla de Jesús de Luz y Vida, de Hipólito Pérez Clavo, me parece muy digna y adecuada. También me impresionó, aunque solo la he visto en vídeo, la salmantina de los Orejudo. Es una cuestión ciertamente polémica, sobre todo en semanas santas, como la de Valladolid, donde hay imágenes antiguas para dar y tomar. De la de Hipólito solo añadir que, sin cambiar de talla, puede mejorarse la procesión que la acompaña; este año ya se ha hecho con el recorrido.

En defnitiva, que vengo muy impresionado. He recuperado raíces. Así que tendré que pintar Zamora. Por cierto, me gusta la campaña a favor de los edificios modernistas, ya podemos aprender los vallisoletanos – después de cuarenta años aquí, ya lo soy también-. Zamora ha sido declarada ciudad modernista, además de románica. Con Segovia, creo que Zamora es la ciudad con más románico que tenemos en este país. A lo que ahora se añade esto de las ciudades europeas con más edificios modernistas. El centro zamorano está plagado de ellos, es un disfrute pasear por la plaza de Sagasta. Por Santa Clara, si no miras el desaguisado que se ha hecho con los antiguos edificios del Gobierno Civil y el Museo, tampoco está mal. Pero a mí me gusta más hacerlo por Ramos Carrión, la Costanilla, Balborraz, en fin, las calles antiguas, de más de dos siglos, del centro, y, claro, la salida hacia la Catedral, la Rúa de los Notarios y demás.

La casa donde yo nací, próxima al Palacio de los Momos, San Torcuato 4, ya está cerrada, deshabitada. Espero que la rehabiliten, no es modernista, pero casi, casi de la misma época, supongo que de eso que ahora llaman estilo ecléctico. Y, a su lado, ya no queda nada de la vida que viví, ni el Arco Iris, ni el Bazar Jota, ni los ultramarinos que había frente a éste, cuyo nombre ya ni recuerdo. Pero ahí siguen el Casino, la Cuesta del Riego, y la cochambrosa trasera de la iglesia de Santiago del Burgo, que están restaurando. Y la iglesia de los Padres, los claretianos, que tenían antes anexo el Colegio. Allí aprendí a ayudar a Misa. No quise entrar y verla convertida en museo. Da una bonita imagen desde San Torcuato, que yo no recuerdo, habrá que pintarla.

Bueno, un poco –o un mucho- distinta, pero todavía mi Zamora.


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