Mi amigo y la Milicia
07.04.09 @ 07:23:11. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Óleo de Joan Martí, “Petronio”)
Mi amigo se sienta ante la televisión. Sé que es poco aficionado a lo militar. Da la impresión de que, como otros muchos, se siente en la necesidad de expresar de alguna forma su antipatía hacia la Milicia. Yo tengo que confesar que nunca entendí ese tipo de actitud. Es como sentir la necesidad de decir si a uno le gustan o no los periodistas, o los arquitectos, o los ingenieros de caminos. Por eso pienso que algo especial tendrá el mundo militar para producir esa especie de radicalismo afectivo.
Mi amigo y yo estamos frente a la televisión, donde acaba de empezar un reportaje. En la pantalla se ven unos soldados españoles en Afganistán, o en Bosnia, o en Kosovo, o en el Líbano. Yo qué sé. De pronto me sorprende oír decir casi en un susurro: “¿Cómo se entenderán estos muchachos en esos países donde se hablan idiomas tan raros? ¿Y cómo sabrán quién es quién? Pero si aquello es un caos… ¿Y cómo conseguirán ser neutrales en un lugar donde todos andan a la greña?”
Ahora presentan una secuencia en la que se ven soldados repartiendo alimentos; luego atendiendo a unos enfermos, más tarde armados con sus metralletas. Mi amigo comenta: “Verdaderamente la cosa no deja de tener mérito, porque esos muchachos no están ahí haciendo turismo”. La expresión de mi amigo revela que está haciendo un esfuerzo por ponerse en la piel de estos hombres. Parece preguntarse: ¿Sería yo capaz de estar a la altura de las circunstancias? Y yo compruebo que no andaba descaminado en mi suposición, porque a renglón seguido, le oigo decir en voz alta: “Supongo que para sobrevivir en esas condiciones habrá que tener todo el aguante del mundo”.
Realmente mi amigo parece impresionado, pero es un hombre práctico y lo demuestra preguntándome a bocajarro: “¿Tú sabes cuánto les dan por hacer esto?” Yo le contesto: “Ricos no van a hacerse, desde luego. Y sé que a los mandos nunca les preocupó tal cosa. Mira: tú que diriges una compañía importante, párate a pensar si conoces alguna empresa que estuviera en condiciones de pagar un puesto de trabajo como este de soldado, en el que se está disponible las veinticuatro horas del día los trescientos sesenta y cinco días del año, se pasan muchas penalidades y uno se la juega diariamente”. Mi amigo me mira y sonríe como diciendo: “touché”. Y cuando el reportaje concluye con la imagen de los restos de un vehículo blindado que saltó por los aires, él mismo añade: “ … y encima están dispuestos a dar la vida en el cumplimiento de su misión”.
Entonces yo le digo que el soldado ha de ser un hombre de espíritu. Que la Milicia es vocación de servicio y que eso lo explica todo. También le digo que esa vocación se pone al servicio de la Patria, que es nuestro patrimonio, y por eso es más que un territorio, más que una nación, más que un estado, más que la propia cultura… Y que hoy eso se defiende en Afganistán, y en Bosnia, y en Kosovo, y en el Líbano, y que hay principios y valores que nos pertenecen a todos y que vale la pena defender… Le explico que quizá muchos de esos jóvenes entraron en el ejército como salida laboral, pero que para ser soldados tuvieron que abrazar generosamente un nuevo estilo de vida y aprender del ejemplo de sus mandos más que de los libros. Le digo que, en la Milicia, el espíritu de servicio, y el espíritu de sacrificio, y la abnegación, y el compañerismo, y la valentía, no son adornos que embellecen la profesión, sino una exigencia sin la cual sería imposible el cumplimiento del deber.
Le hago ver que la metedura de pata de un soldado puede ser titular de primera página al día siguiente, porque, como todos sus compañeros, está en la propia cresta de la ola. Le digo que por eso no podemos correr el riesgo y menos lamentarnos luego de algo a lo que nosotros mismos habremos contribuido si despreciamos o minamos la formación moral del soldado, que debe estar, como mínimo, a la altura del conocimiento que éste ha de adquirir sobre tantas cosas concretas de su oficio, como utilizar sus medios de observación, de vigilancia, de comunicación y de transporte. Y tantas cosas más, como conocer a fondo, sobre todo, sus armas, y trabajar en equipo y también combatir en solitario si llegara el caso. Pero eso no es todo, porque antes de cada misión tiene que prepararse, conocer el país y lo que allí está pasando; incluso saber algunas frases del idioma para poderse desenvolver. Y todo ello sin fallar en nada, porque la cosa es bien seria, y si hay tiros, él no los rehuirá, pero deberá ser de los que salgan vivos.
Luego mi amigo se interesa por saber cuánta gente ha ido ya a estas misiones en el extranjero. La verdad es que no sé hacia donde quiere ir, pero le informo de que los expedicionarios pasan ya de los cien mil, y le pregunto si se ha dado cuenta de que, siendo tantos, nunca dieron lugar a un mal titular. Él me contesta que no había reflexionado sobre eso, pero que ahora se da cuenta de que se trata de algo verdaderamente notable y de lo que los españoles debiéramos sentirnos orgullosos, porque en aquellas condiciones, lejos de la familia y del ambiente habitual, en un país extraño, dentro de una situación caótica y con el peligro rondando las espaldas, no siempre resulta fácil reaccionar de la forma más correcta.
Entonces mi amigo apaga la televisión y me mira arqueando las cejas. Su sonrisa está matizada por la decepción. “Pues aquí parece que nadie se ha enterado”, me dice. “No es que no se enteren. Es que vivimos en la Sociedad del Bienestar y no quieren enterarse”, contesto.
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