Cuarto a espadas
02.04.09 @ 07:53:54. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(El silencio, puerta de esclavitud. Acuarela de Hildemary Vizcaya, Venezuela, en la exposición actual de la casa de la Moneda, Madrid)
Algunas reacciones a un artículo de otro foramontano especialmente crítico con la Constitución española me impulsan a echar mi cuarto a espadas sobre la polémica suscitada. Es mi experiencia que quienes discuten suelen estar bastante más de acuerdo en el fondo de lo que ellos mismos creen, y que las aristas se refuerzan y agudizan por el afán que cada uno tiene de hacer comprender a su interlocutor las razones que le asisten para la discrepancia. Además, la mayor parte de los asuntos tienden a ser abordados de distinta forma según se pongan de manifiesto unos u otros aspectos de la cuestión e incluso según sean los estados de ánimo del momento.
Evidentemente nuestra Constitución tiene a su favor algunos logros fundamentales, como el de integrar a todos los españoles y reconocerles la plenitud de sus derechos, o el de restaurar la monarquía como símbolo de la unidad de España y de la continuidad de nuestra Historia, o la descentralización de la organización territorial para favorecer una atención más cuidadosa y cercana a determinados problemas. Pero es igualmente cierto que la necesidad de consenso sometió a una presión excesiva a nuestros legisladores, y que éstos acabaron por ceder en determinadas cuestiones fundamentales. No hace mucho, uno de nuestros próceres de entonces confesaba que todavía se despertaba sudando al recordar como él mismo optó por aceptar que la educación pudiera caer en manos de los gobiernos autonómicos. La incorporación del ambiguo término de “nacionalidades” al texto constitucional fue también otro gran error. Y así sucesivamente.
Lejos de mí el presumir de clarividencia, entre otras razones porque supongo que muchos pensarían igual que yo, pero no mentiré si digo que desde el principio fue para mí evidente que aquellas debilidades de nuestros legisladores acarrearían graves problemas a la nación. Es lo mismo que se podría decir también - por ejemplo - de la instauración de las “ikastolas”, cuyos perniciosos efectos podían ya entonces augurarse sin necesidad de ser una lumbrera en prospectiva.
La verdad es que, con el apoyo de la Constitución, España avanzó decididamente en muchos y muy importantes aspectos - en gran parte por la capacidad intrínseca de la nación y también por nuestra entrada en las instituciones europeas y trasatlánticas – y que incluso llegó a producir cierta admiración por sus reflejos y por su rapidez a la hora de adaptarse a los complejos procesos de integración. Esto redundó en prestigio y consideración internacional, y también en bienestar y riqueza para la gente. Entonces el mayor problema fue, por una parte, la voracidad del nacionalismo vasco, engendrador y beneficiario del terrorismo etarra, y por otra, la debilidad de casi todos los gobiernos, temerosos y esclavos del pensamiento débil.
Por todo ello considero que, aun reconociendo los graves defectos constitucionales de origen, la lamentable deriva de la nación española debe achacarse más a la degeneración de nuestra clase política que a la propia Constitución. Es nuestra clase política, y no la Constitución, la que sido débil ante la presión de los nacionalismos y muchas veces también ante la amenaza terrorista. Es nuestra clase política la que ha cometido los excesos y la que ha derivado hacia el marketing y la imagen, convirtiendo el Parlamento en una institución con escaso contenido real. Es nuestra clase política la que se ha acomodado a la corrupción y ha puesto los intereses partidistas por encima de los intereses generales. Es nuestra clase política la que no se atreve a romper con la tiranía de las minorías y vende sus votos al mejor postor. Y es nuestra clase política la que directa o indirectamente permitió que en una parte de España la libertad brillase por su ausencia, ridiculizando la tópica afirmación de que vivimos en un país democrático. Porque de la misma forma que no se puede decir que una persona con cáncer de páncreas esté sana por mucho que sus brazos, sus piernas y su cabeza sigan funcionando más o menos bien, tampoco se puede decir que un país sea democrático si en una de sus regiones se carece de libertad.
¿Pero de dónde procede nuestra clase política? Pues del pueblo español. Por eso suele decirse que cada pueblo tiene los políticos que se merece. Sin embargo, en tal afirmación falta un matiz: determinadas políticas pueden producir cambios copernicanos en la opinión pública como el que tuvo lugar ante el referéndum sobre nuestra permanencia en la Alianza Atlántica, y la degeneración democrática permite manipulaciones de ingeniería social y política con el apoyo de los medios de comunicación afines. Esto es lo que hemos visto sobre todo en el País Vasco, donde muchos años de terror, de clientelismo y de manipulación educativa han fomentado el odio a España y la exclusión de quienes no piensan en clave nacionalista, convirtiendo las elecciones en un fraude. Algo de ello hemos visto también con ocasión de la catástrofe del “Prestige”, de la Guerra de Irak y de la tragedia del atentado de Madrid. Y lo seguimos viendo en sus efectos sobre la sociedad española, casi ya desconocida para la pobre madre que la parió ( y que tuvo, por lo menos, el gesto de no abortarla).
PD: Desgraciadamente, la denuncia de los males de una sociedad enferma arrastra a nuestros foramontanos a pisar de vez en cuando las embarradas aguas de la política, abandonando así otros paisajes más amenos y apacibles. Pero esto no debe extrañarnos, por cuanto en España la politización alcanza ya a todos los aspectos de la vida y la polémica ha sido incomprensiblemente elevada a la categoría de valor supremo. .
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