Desde la orilla. El “chorreo” de Stito
28.02.09 @ 07:21:16. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Sight in the West. Acuarela de Guan Weixing en www.guanweixing.com)
Tras la subida por la cara norte, los brazos de los montañeros colgaban como los badajos de las campanas, consecuencia de escalar a pulso una y mil veces. Mas, durante la bajada, son las piernas las que, dobladas y tensas en movimiento continuo de ballesta, al contener el peso del cuerpo inclinado hacia adelante por la inercia, se "rilan" no ya como los grandes badajos, sino como las pequeñas “cencerras” que llevan al cuello las funas, que, con la mentada sorpresa de los escaladores, pastaban en lo más alto del Titshuka.
Los que permanecieron en el refugio hasta la recuperación total del accidentado, esperan junto al Raselmá; lugar al que llega la expedición, fantasmas en la noche que precisan iluminar el sendero con linternas. Tal es el desgaste sufrido, que a la vista del agua, como un solo hombre se arrojan de bruces, para beber del caudal que se abre camino entre las peñas, incontenible y purísimo.
“Nacimiento del Agua”, otra vez nieve en la espuma, que rompe y desaparece varias veces bajo la roca viva hasta el alumbramiento definitivo en los aledaños de Chauen. Cuando al fin atraviesan las calles de la ciudad, las sombras que pasan lentas a su lado, chilabas en silencioso movimiento, les acusan veladamente de hollar un terreno que sólo a ellos pertenece, y que Alá -Dios- el mismo día que lo creó, dijo de él que era bueno, muy bueno y bello.
Es la hora de la Ciudad Santa, la del silencio en las calles; del rumor continuo de rezos en las mezquitas; de animación en los "bakalitos" que, aún bulliciosos con cuantos allí toman el té, también están cargados de encanto, esencia de Chauen.
Impresionado el grupo, camina muy aprisa. Que es la hora de la Ciudad Santa y allí no tiene sitio quien no es hijo del Islam. Drito es consciente de que cuando menos hay desazón en las miradas al paso azaroso de los “ispanioles”. Que es la hora de la Ciudad Santa y con su sola presencia molestan los extranjeros...
-¡Alto, quien vive! -vocea enérgico el centinela al tiempo que se oye el ruido metálico del cerrojo que monta el arma dispuesta -¡ay!- para el disparo. El porqué, el teniente lo ha visto muy claro, aunque la luz fuera paradójicamente mortecina cuando atravesó muy deprisa Xauen con los suyos. Quiérase o no, por ispanioles, son diferentes a los nativos: “anacoretas” que a esas horas rezan o charlan en el zoco con la intimidad y el sosiego que transmite la noche africana. Musulmanes fieles, que recitan una y otra vez las oraciones que el Profeta dejó escritas en el Corán. "Santones" recogidos, solemnes, en el interior de las mezquitas al pie de la torre del morabo, o junto a las murallas coronadas de almenas en la Alcazaba.
-¡Teniente Pedro Aguirre con soldados del Regimiento! -contesta decidido antes de que, cumpliendo las órdenes con toda exactitud, el soldado se eche el arma a la cara.
-¡Cabo guardia! -llama el centinela sin fiarse en absoluto de quienes merodean el acuartelamiento a horas tan intempestivas.
-¡A la orden dasté‚ mi terente Quivir! -saluda, ¡cómo no!, sonriente Stito. Y a continuación, el Quivir recibe el primer y único "chorreo" que jamás le diera un cabo:
-No güino qui terente lleve riclutas a Chauen de noche; no güino y mocho piligroso mi terente. Stito ya dicir a terente de guardia qui Stito sale a buscar por Titshuka a terente Quivir pirdido. Saber terente Quivir -termina- qui moro no güino di noche. Tan sonriente al fin como acostumbra, Stito, satisfecho, se cuadra:
-¡A la orden dasté‚ mi terente Quivir, sin novedad en la guardia!
-Barakalofi, Stito, barakalofi –contesta Drito, al tiempo que, nuevamente agradecido, le responde al saludo.
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