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Bustamante, Arévalo y Pardo de S.Bustamante, Arévalo y Pardo de S.

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Desde la orilla. Montañeros africanos

Permalink 21.02.09 @ 08:05:10. Archivado en Artículos

Por Carlos de Bustamante

(El Llobregat por Olesa. Acuarela de Manel Plana, de la Agrupació d´Acuarelistes de Cataluya, en la exposición del Symposio Internacional de Acuarelistas de Bilbao 2006. 50x70)

En la ascensión, cada vez más dura, la nieve sobrepasa la altura de las rodillas; y como fruto de la inexperiencia, a punto estuvo de ocurrir la tragedia. El mocetón vasco, se queda poco a poco rezagado sin que el oficial y demás compañeros le presten en principio mayor atención; pero la distancia aumenta y el vasco pide auxilio. Desandar lo subido en esta zona, es relativamente fácil; resbalando sobre las culeras, no tardan en llegar hasta el compañero en apuros. Cuando comenzó a pisar nieve, tuvo la peregrina ocurrencia de cambiar de calzado: las botas fuertes de cuero, tal vez ya mojadas, por otras de goma. Mas el hielo que se introduce queda allí aprisionado, y tanto enfría los pies del mozo, que los tiene casi congelados.

Aprendido el compañerismo día a día en la escuela incomparable que fue A'karrat, aquí tienen ocasión de ponerlo por obra. Después de friccionar fuerte con nieve los miembros ateridos, parece que éstos vuelven a su ser; no obstante como aún no está en condiciones para caminar, cargan con él por turno hasta llegar al refugio, providencialmente cercano. Bien acomodado, dos de la expedición se quedan con él aunque hayan de renunciar a la emocionante subida. Pesarosos como deportistas, mas encantados como compañeros de ayudar a quien lo necesita, toman asiento junto a la enorme chimenea; no tarda en arder un brazado de leña con fuego suave, para que la reacción de los miembros helados sea continua, pero lo más lenta posible. Los demás, después de tomar algún alimento y breve reposo, continúan la ascensión, impacientes por vencer cuanto antes a la montaña. Drito, no obstante, pide el parecer a los componentes de la escalada que, como un solo hombre, le piden continuar.

Aunque les cueste un pequeño rodeo y con él un esfuerzo adicional, se dirigen en busca de la cara sur del Titshuka; ésta, más soleada, no tendrá la dificultad añadida de la nieve que les ocasionó el percance, para lo que es evidente no vienen preparados.

Cuando llevan cerca de una hora de camino cada vez más duro, aparece ante ellos, cortándoles el paso, un verdadero farallón que haría encoger el ánimo incluso a personal experimentado; sacan de las mochilas cuerdas y picos (todo el material, el mejor y el peor que tienen) y con el teniente en cabeza, atacan sin arredrarse la cortadura impresionante que les separa de la cara soleada del monte. EL oficial trepa por una pared cuya roca forma diferentes estratos a modo de escalones que facilitan la ascensión. Lleva una maroma atada a la cintura como posible asidero para los que le siguen. Pese a la gran dificultad, sólo le quedan unos metros para alcanzar la divisoria de ambas vertientes de la montaña. Sin embargo tiene ante sí un talud del todo liso, y a tal punto llegó en su esfuerzo, que no encuentra la forma de continuar, ni tampoco de volver atrás en busca de mejor subida. Es un momento angustioso en el que con el tremendo precipicio bajo sus pies, apenas asentados en el saliente, sólo tiene por encima una pequeña planta que crece con apariencia endeble y espinosa en la poca tierra, polvo casi solamente, acumulado en una hienda de la roca. La mira fijamente con ojos que quieren saber su resistencia; y como es su única posibilidad, comprendida en momentos en los que es preciso decidir, alarga el brazo cuanto puede en un intento desesperado e inútil de alcanzar tan débil como único asidero. Percatados los soldados de la situación comprometida de su teniente, guardan un silencio de lo más significativo, pues ven el peligro evidente en que se encuentra. Dos de ellos se separan del grupo y toman una senda (ellos pueden moverse) para buscar otro camino que les lleve a rodear la crestería y tal vez les permita echar una cuerda con la que izar al oficial. El "guía" mira una vez más hacia el matojo, sólo alcanzable con un pequeño impulso. Tiene la duda terrible, sin posible enmienda, de si una mata tan débil podrá sostener tanto peso.

Si bajar ya lo intentó y no puede, y para subir no hay más que esa alternativa, toma al fin la decisión: sin remedio arriba. Pide ayuda a quien sólo se la puede dar, flexiona las piernas -lo poco que es posible- y más que saltar, se estira aún más en un esfuerzo supremo. Cómo, dice que nunca lo supo; lo cierto es, que alcanzó el asidero al que se agarra con firmeza y suavidad -la poca que le permiten las espinas- a la vez, para no arrancarlo.

El aprendiz de montañero, suda como jamás lo hizo; sacando fuerzas de flaqueza, muy despacio, a pulso, sube el cuerpazo pegado a la roca como una lapa. Sin mirar en ningún momento hacia abajo, consigue poco a poco lo que parecía imposible. La mata aguanta, sube un poco más, y sujeto a ella con la mano derecha, se agarra con la izquierda a la misma grieta en la que brotó providencialmente. Pasado el peligro inminente, las manos como garfios en el borde superior de la roca, balancea el cuerpo en el vacío y con el impulso y torsión simultáneos, logra colocar un pie en el hueco donde antes estaban las manos; luego, sube el otro por encima de la cresta. En este momento aparecen los dos soldados que encontraron un paso menos peligroso; lanzan una cuerda a la que se coge enseguida el teniente, y no sin emplearse a fondo, le suben hasta donde se encuentran ellos, fuera ya de todo peligro.

Aún tembloroso por el esfuerzo y tal vez –por qué no- del miedo, agradece a sus muchachos la inestimable ayuda prestada. Sin concederlo mayor importancia, le indican que también es difícil el paso que ellos atravesaron, y que en su opinión deberían izar por el mismo sistema a todo el grupo que espera abajo indeciso.

Así se lo comunica a voces, para que elijan una de las dos alternativas posibles; y también a voces, recibe la respuesta de correr el mismo riesgo.

Después de lanzar la maroma, que previamente ataron a un gran peñasco, en pocos minutos y sin apenas peligro, el grupo se reúne en la cima. Desde allí, al fin contemplan la meta -sol y nieve- deslumbrante, que es la cumbre del Titshuka. Con la vista fija en ella, y aún más animosos, prosiguen la ascensión, cada vez más dura, aunque por más soleada, apenas si hay allí nieve.

Pasado el mediodía, deciden no concederse ningún descanso hasta colocar la bandera en lo más alto. A partir de entonces, para ascender usan los picos y las maromas en sucesivas cordadas. Vencida la última dificultad de una pared tremenda cortada a tajo, Drito sonríe al asentar la huella donde antes no lo hiciera nadie...

La pequeña meseta que tienen ante sí, es realmente hermosa; mas poco le falta al grupo de montañeros para que sufrieran un síncope colectivo ante lo que contemplan atónitos:

-¡Ah funa! , ¡ayi funa... ! -llama un arrapiezo moro a las ¡vacas! que pastan apacibles la hierba del paraje recién "descubierto". El vaquero de las alturas que creyeron inexploradas, es muy parecido a Stito cuando drito le vio por primera vez de "mozo" en la estación de las valencianas en Chauen, con la diferencia que éste es del todo negro, bien porque le viene de raza, o por efecto del sol que abrasa en la cumbre.

El vaquero, los ojos como platos, negros, claro, vocea tan sorprendido como los montañeros perplejos:

-¡Ah Jamed!, ¡ayi bélleri! (¡ven corriendo!).

Al poco tiempo entran en escena, o sea en la meseta, varios muchachos muy tímidos, digo mejor, asustados. Cuidan algunas vacas delgadas y nerviosas en extremo; suben por senderos increíbles que para ellos son un libro abierto, cuyas páginas explican con claridad por qué la dureza de los muy pocos filetes que pueden salir de animales tan montaraces; dura pesadilla de cuantos “europeos” habitan estas duras tierras.

A pesar del gran chasco, colocaron la bandera. Aunque no constituya el símbolo de alturas conquistadas por primera vez, será, al menos, la señal del esfuerzo tremendo de más de doce horas de ascensión ininterrumpida. Compartieron luego la comida con los nativos que, más tranquilos, la devoran hambrientos. Sin apenas tiempo para descansar pues el sol se apaga, emprenden el camino de regreso.

Utilizan una serie de sendas y vericuetos facilones que les enseñaron los vaqueros. Pero es un camino más largo y que al doblar una de las mil curvas del sendero, otra vez vuelve la nieve con un espesor considerable; a cambio y con gran satisfacción, no tuvieron que trepar, sino deslizarse por enormes toboganes ladera abajo. Cansados, pero en verdad satisfechos, llegaron ya anochecido al Raselmá . Nacimiento del Agua que, en murmullo continuo, bien les da la bienvenida, o se lamenta con insistente rumor de protesta por la nieve nunca hollada antes de hacerse allí río.


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