El color del agua
20.02.09 @ 07:55:07. Archivado en Artículos
Por José María Arévalo

(La Catedral, en la lejanía. Acuarela de Luis Labrador en la exposición del Torreón de Lozoya, Segovia).
Nuestro compañero (y sin embargo amigo, como suele decirse) Luís Labrador inaugura hoy una extraordinaria exposición de acuarelas, en el Torreón de Lozoya, la mejor sala de Segovia, que se mantendrá algo más de un mes. Con el patrocinio de Caja Segovia ha editado un programa de dieciséis páginas, con 21 fotos de las acuarelas expuestas, casi un catálogo. Y en la página cuatro figura, como prólogo, un comentario mío sobre su obra. Me pidió unas líneas, y creo que me he alargado un poco, pero tanto el autor como la exposición se lo merecían, y además ha sido un honor para mí, con lo que no podía despacharme con cuatro líneas. No he querido decir en él que Luís Labrador es uno de los grandes de la acuarela en el panorama actual, porque hubiera sonado interesado, pero aquí, con más libertad, aprovecho para decirlo. En el catálogo, reproduzco el texto a continuación, me he limitado a hechos objetivos.
“El arte de nuestra época es el arte de los descubrimientos visuales. Se ha dicho que los impresionistas convencieron al mundo de que los árboles podían ser azules y los prados rojos. Con la búsqueda de la luz por encima de todo, se inició el proceso de desfiguración con el que se ha conseguido que en arte todo sea posible. No todo lo que se produce tiene la misma entidad creativa, hay avances y retrocesos. Cuando se alcanzan resultados como los que vamos a comentar, podemos concluir que la progresión es positiva, que ha valido la pena.
Gracias a aquella aparente destrucción de las formas, la pintura del siglo pasado avanzó por caminos de síntesis, que en la acuarela suscitaron el trabajo sobre húmedo. Se trataba de dejar hacer al agua lo que quisiera con el pigmento. Lo que muy pronto llevó a las siguientes generaciones a buscar el análisis, a controlar el agua sin perder el descubrimiento de la pincelada sobre húmedo. Tarea enormemente difícil, sobre la que aún no está todo dicho. De lo más avanzado en esa técnica, es el trabajo que Luís Labrador presenta en esta exposición, que acertadamente titula “el color del agua”.
La pincelada sobre el papel humedecido hace que sea el agua la que absorba el pigmento, antes de que lo haga el papel. El agua, así, no solo refleja, sino que se apropia, tiene color, o colores, y los modifica, los mezcla, a placer. El acuarelista se ve obligado a establecer un diálogo con el agua, y negociar con ella hasta alcanzar sucesivos acuerdos. Si no lo consigue, solo le resta dejar que el agua haga lo que a ella le parezca. Pero ya dijo Séneca: “No es arte lo que llega a su cumplimiento por azar”.
Luís Labrador ha conseguido un pacto permanente con el agua. Entiendo que solo así ha podido alcanzar ese control de la pincelada que le permite hacer, del tema elegido, síntesis o análisis, a conveniencia. Y, controlada el agua, disfruta de todas las ventajas de la pintura sobre húmedo: suavidad en las transiciones, riqueza de colores, y transparencia. Son las cualidades por las que muchos preferimos la acuarela. Verlas todas conseguidas a la vez es muy inusual.
En el paisaje urbano es muy importante que la forma quede bien definida, para identificar o localizar el tema pintado, que no quede “un” pueblo” o “una” ciudad, sino “esta” calle de “tal” pueblo o ciudad. Como definir en húmedo es sumamente difícil, los expertos en esta técnica no suelen frecuentar el paisaje urbano, al menos el reconocible. Luís Labrador ofrece en esta exposición numerosos temas de su Segovia. Temas conocidos y por muchos pintores frecuentados. Y lo hace con la misma facilidad con que nos presenta a un pinar, a una ladera, o a las cárcavas de un cerro, que solo él podría decirnos dónde ha conocido, o si son fruto de sus recuerdos o su imaginación, una síntesis. ¿Cómo si no, sería capaz de pintar tan maravillosamente bien un cielo sombra tostada o un tejado en verdes?. Así, también sus paisajes urbanos son una particular, personalísima síntesis de lo que es Segovia.
Porque la otra dificultad al pintar la ciudad es identificar esa luz especial que cada una tiene, que hace que nos sea familiar a los que en ella luchamos por la vida. Pocos lo consiguen, normalmente los pintores que la viven, que han sorbido esa luz especial muchos años, todos los días. La Segovia que pinta Labrador tiene ese color, esa luz que nos es tan familiar. A ella añade Luís una atmósfera peculiar, conseguida por el difuminado de las formas, componente común a toda la obra de esta exposición.
Un disfrute, en fin, tanto en la técnica como en la interpretación, en la creatividad, esta muestra de Luís Labrador. Un nuevo descubrimiento visual.”
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