Desde la orilla .El Raselmá.
18.02.09 @ 07:31:07. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante.

(Palomar, subiendo al cerro. Peñaflor de Hornija. Acuarela de José Mª Arévalo. 24x35)
Con la llegada de la tropa de A'karrat al acuartelamiento en Chauen, cada año se repite el mismo fenómeno. Los primeros días son de ligera relajación, motivado principalmente por una mayor comodidad (?) en los edificios, tanto más apetecibles cuanto mayores fueron las incomodidades de las tiendas de campaña. Enseguida las aguas vuelven a su cauce y prosiguen todas las actividades. Continúan las academias de formación de cabos; la enseñanza más concreta de especialidades propias del arma; clases teóricas sobre el complicado comportamiento de la tropa en las calles de la ciudad...; sin descuidar en ningún momento la instrucción del infante para el combate, puesto que se barruntan tiempos cuando menos difíciles.
Por su conducta ejemplar y aptitudes especiales demostradas durante varios campamentos, Stito fue seleccionado, con gran contento por su parte, para asistir al curso de cabos. Al poco tiempo, el teniente profesor (no el Quivir) opina que el soldado nativo progresa en las diferentes materias a un ritmo superior al de los demás alumnos. Por propia voluntad, asiste también a las clases doctrinales que da el Pater a cuantos desean recibir alguno de los sacramentos propios del cristiano: Primera Comunión, Confirmación, Bautismo...
Los domingos, el teniente Pedro Aguirre y un grupo de soldados, sean o no de su compañía, oyen Misa temprano en la Misión y, con más ánimo que conocimientos, emprenden la aventura de subir al Titshuka. Llevan provisiones para todo el día y un equipo de montaña de lo más elemental. La subida, si no excesivamente peligrosa, es realmente dura. Baste decir, que es el pico más alto de Marruecos; de mayor altitud, incluso, que nuestro Muley Hacen, gigante Veleta en Sierra Nevada.
Pronto dejan atrás el perfume intenso de los naranjos en la bella Plaza de España, para después de un tramo muy largo de atractivo singular por el Paseo de las Palmeras, adentrarse por las primeras calles de la ciudad, tan silenciosa de madrugada, que parece vacía. Con grandes sillares que son en piedra historia, la Alcazaba impone verdadero respeto. Las callejuelas estrechas, intrigantes, quedan atrás con el embrujo dentro de casas señeras que pregonan antigüedad y nobleza. Tan fuerte es su personalidad, que cuantos viajeros las contemplan, no pueden quedar indiferentes; y no sin cierta inquietud, allí se sienten del todo extranjeros. Las habitan árabes de pura cepa, descendientes directos de los que vivieron durante ¡ocho siglos! en tierras de Al'andalus en España; hijos orgullosos de los antiguos moradores de Granada, de cuyas viviendas -increíble pero cierto- se transmiten las llaves en rito ceremonioso generación tras generación, como un tesoro de inmensa nostalgia.
Tanto se acerca a Chauen la gabba que crece abundante en la falda del Titshuka, que parece como si quisiera "prender" en sus calles. Cuando los montañeros de circunstancias toman un sendero que conduce a la espesura del monte, les llega el rumor inconfundible del agua que se despeña desde lo alto. Detenerse allí es obligado y por demás gratificante. Tan bello paraje levanta exclamaciones justificadas de admiración.
Si cada rincón de la ciudad es hermoso, en la misma medida, y como repetidas veces se ha dicho, rebosante también de misterio; nuevo aliciente, para que la belleza sea aún más atractiva. Tal ocurre con el lugar al que llegaron Drito y sus huestes. Se trata del Raselmá: el "Nacimiento del Agua". Nieves del gigante que desde la cumbre se hace río sin perder limpieza ni blancura. Oculta las más de las veces en oquedades siniestras, surge impetuosa, a borbotones, en los aledaños de la ciudad a la que proporciona bien tan preciado con abundante frescura, incontaminada. Son de rigor las abluciones en aguas tan puras, que reconfortan al iniciar la ascensión y quitan la pereza que emana de la ciudad, mortecina al amanecer. El grupo atraviesa parajes de vegetación muy frondosa, debido sin duda a la proximidad del agua; sendas y vericuetos umbríos que conducen al rodapié de la tremenda ladera en cuyos riscos comienza propiamente la montaña. Pendientes muy duras, en principio muy pocas cortadas a tajo, por las que con buenos pulmones y corazón joven, es posible -aunque no siempre- llegar a la cima.
En cuanto comienza a escasear la vegetación de alta montaña, surgen las rocas, la nieve, y las dificultades para los deportistas que gozan al contemplar alturas tan hermosas. El hoy montañero, piensa que pocas veces (o ninguna) el hombre dejó allí su huella. Impresionante naturaleza, arropada con nieves perpetuas desde la que, en singular contraste, se dominan tierras inmensas iluminadas por el potente sol africano que reverbera en los bajos; sol que desparrama raudales de luz entre casas diminutas de las que sobresalen las agujas enhiestas de los morabos en cuyas torres la realidad pone la voz y la imaginación el recelo en la llamada lánguida del muezín que anima insistente a los fieles (infieles) para las oraciones de la mañana.
-¡Mi teniente, mi teniente! -llama sorprendido uno de los soldados del grupo quien asegura que entre la maleza vio un mono; el mono deja precipitadamente las rocas -ahora lo vieron todos- donde tal vez se solazara con los primeros rayos que dan vida a los animales y plantas del Titshuka e incluso a la propia nieve que corre oculta en agua recién nacida hacia el prodigioso Raselmá. Queda, pues, patente que de verdad existen monos (tantas veces puesta en duda) en las cumbres siempre nevadas. Son pequeños, fugaces, como sombras, pero realmente monos. Verdad constatada en numerosas fotografías, tan sorprendentes por los macacos, como por parajes de belleza inigualable que "descubren" (convencidos) a lo largo -muy largo- de la jornada.
Comentarios:
Y la alegría de la selección de Stito para hacer el curso de Cabo, empleo calificado por las sabias Ordenanzas como "jefe más inmediato del soldado", al que encarga, nada menos, que "hacerse querer y respetar de él" siendo "firme en el mando, graciable en lo que pueda, castigando sin cólera y siendo comedido en sus palabras aún cuando reprenda". Bello artículo que, afortunadamente, no sólo ha superado la poda, sino que permanece en las Reales Ordenanzas, recién aprobadas, en las que, mira si es importante, se extiende ahora a todo mandio militar. Ahí es nada: hacerse querer y respetar es la quintaesencia del mando. La condensación de todo un tratado de la más pura moral militar. Toda una filosofía.
Espero que Stito logre pronto ostentar su divisa de Cabo. Como todas, símbolo de su mayor responsabilidad.
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