Desde la orilla. El club de "La Dolores".
14.02.09 @ 08:00:18. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Palomar en Mucientes. Acuarela de Manuel Prieto Hernández. 31x51)
A los pocos días de pasar el ecuador del campamento, primero tímidos, luego descarados, se abren jirones azules en el cielo. Tal como vino, cesó, de repente, la estación de las lluvias. El fenómeno que sucede ahora en torno a Chauen y concretamente en A'karrat, es en verdad asombroso: la tierra estalla exuberante sin que haya un solo rincón donde no crezcan las más diversas variedades de hierba.
La explanada del campamento, otrora extenso barrizal, es un verdadero mar recorrido por suaves oleadas de plantas muy verdes, onduladas por la brisa que baja a descansar al valle después de andaduras fatigosas por las laderas del Titshuca. Es inclinación reverente, obligada pleitesía, que la vegetación rinde al gigante. Crece la hierba en las calles del campamento entre las tiendas, incluso en el interior de ellas, pues siempre con humedad, son invernaderos perfectos; no es, en fin, extraño que algún par de alpargatas cubiertas de barro y abandonadas en un rincón, salgan ahora "nacidas".
La comida abunda en el monte para toda clase de animales y los centinelas viven soliviantados el cuarto de guardia que les corresponde. Sea de día o de noche, no están muy seguros (más aún por las noticias alarmantes que difunde "radio macuto") de que todo cuanto se mueve más o menos ruidoso en sus proximidades, sean solamente alimañas.
Tan africano ahora el sol como el cielo, comienza a calentar fuerte desde que a duras penas logra remontar la mole imponente de la montaña que todo lo preside; fuego que desde las alturas se extiende sobre la tierra inmensa y toda verde.
Como se suceden los colores en la banda del arco iris, del verde general en Chauen y aledaños, a los pocos días se pasa al rojo de infinitas amapolas, al color añil de ciertas flores silvestres, al amarillo por excelencia que es el de las "amarillas", morado de las malvas..., y cuantos colores y combinaciones de ellos pueden darse en la multitud de variedades, que brotan incontenibles en este verdadero jardín de la Creación.
Si en el campamento de A'karrat reinó siempre la alegría, pues el soldado español -¡ahí es nada!- se crece ante los obstáculos, la gran luminaria contribuye a que ahora sea mayor.
Cantan alegres los asturianos, castellanos, andaluces..., cada cual sus tonadas regionales. Y en las horas postreras del día, se hace una pausa, para el toque solemne de arriar bandera a la luz rojiza del cielo que sangra arreboles. A'karrat es entonces el escenario singular de un espectáculo nunca visto, inimaginable: cada región de la España lejana está presente en la música que lanzan al aire las voces recias de los soldados; alegría en las canciones, mas no sin un casi imperceptible acento de nostalgia, que la recia juventud impide el dominio a la tristeza.
Desde la tienda del "Pater", se oye bien entonada: "Si vas a Calatayud/ pregunta por la Dolores/ que una copla la mató/ de vergüenza y sinsabores”.../ Son las voces, también fuertes, de algunos oficiales del campamento, la mayor parte de ellos tenientes jóvenes, que, junto al teniente capellán -inolvidable don José-, cantan con entusiasmo el himno del club fundado por el "astuto" Pater. Entre músicas, canciones, ¡y vino de Valdepeñas! -que nadie sabe cómo nunca le falta una caja de botellas de su tierra en la bodega de circunstancias que es la tienda-, "metió en el bote" a una treintena de ellos, por demás vehementes, transformados por obra y gracia (dicho con toda propiedad) del Club dicho, en ánimas benditas... ; bueno, o casi, aunque eso sí, siempre recias, a imagen del hombre de una pieza que es el cura de Valdepeñas. Con la alegría sana de cuerpos y almas limpias (a casi todos don José les pasó por el confesionario), los del "53" dieron así un mentís rotundo a cierta fama no muy halagüeña de los militares africanos, si no siempre del todo cierta, aquí desde luego enteramente falsa.
Antes de que la trompeta rasgue con melancolía el cielo de A'karrat con el toque profundo de silencio, en el interior de la tienda del Pater, en cuya puerta parpadea mortecino un carburo, los oficiales cantan a coro una nueva estrofa de la canción, referido himno oficial del también mentado Club de la Dolores:
-"Porque fue amiga de diversiones/ porque fue alegre en su juventud/ en coplas se vio la Dolores/ la flor de Calatayud...”/
Según caminan los oficiales cada cual a su "garigolo", para descansar de la brega de días cada vez más largos, Stito, miembro también del Club, sin que por supuesto cate el vino, ¡aunque sea de Valdepeñas!, recita con voz fuerte y en un aceptable ispaniol los últimos versos del himno:
“Copla que vas dando muerte/ con el alma te maldigo/ fuiste el dolor de mi madre/ pero no podrás conmigo”.
Junto con algunos soldados, la mayor parte de los socios asisten a la Misa diaria. Los que caben dentro de la tienda, rodean el altar sobre el que celebra don José ¡ayudado por Stito!, que también asiste a la catequesis y a las clases de analfabetos impartidas por el Pater; y con gran eficacia a juzgar por los progresos evidentes del arrapiezo, que además ensancha y crece, muy robusto, por días. Los es tanto, que la chilaba, que nada sabe del rápido desarrollo del humano portador, no le llega ni a media pierna.
El pipa del kifi (cachimba) es uno de los distintivos que usan todos los socios, por lo que allá donde van “los de la Dolores” – por supuesto en tiempos de descanso-, dejan una estela olorosa del aroma propio del tabaco (ni grifa, claro, ni kifi) abundante en calidad y cantidad a precio muy económico.
"Aquellos hombres barbados"... Es otro signo externo de los componentes del Club; barba que no todos pueden lucir, pues por más que se empeñen, a alguno apenas si le salen cuatro pelos enredados entre lo que aún es pelusilla. De luengas barbas o cuasi barbilampiños, pusieron de moda este distintivo tan africano. Adelantados a la que aún tardaría varios años para que se implantase en la Península, ellos ponen (a diferencia por lo general con aquéllos), un cuidado extremo en el aseo y en el vestir aun en circunstancias que ayudan tan poco.
Otro distintivo, consentido por lo jocoso aunque al margen de lo reglamentario del uniforme, es una cinta roja atada como un lazo en el bolsillo superior de la sahariana. El toque de humor procede del "vicio" arraigado en el Pater: la detallada documentación de las múltiples actividades que desarrolla el cura –extraordinario don José-, la lleva en otras tantas carpetas todas ellas atadas con metros y más metros de la cinta roja de marras. Como las chilabas no llevan botones, en tanto Stito no vista el uniforme, lleva también atado el lazo en un rebujillo de tela; prenda, que si ya le quedaba corta, por el referido rebujo, le sube ahora por encima de las rodillas. Es que el tiempo pasa, y el morito-recluta crece como la hierba después de las lluvias.
Ya que volvió a salir el tema a colación, es preciso decir que por efecto de un sol implacable, la hierba toda se agosta, vencida por el que es señor del campamento. Como la intensidad del trabajo no ceja por ello, cuando las compañías regresan del campo y practican la instrucción en orden cerrado, una gran nube de polvo se cierne sobre la explanada y usuarios. Tal está la tierra de reseca. Nuevo contraste cuando transcurrió tan poco tiempo desde el diluvio.
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