Delimitar el arte “conceptual”: Bacon en El Prado.
13.02.09 @ 08:00:51. Archivado en Artículos
Por José María Arévalo

(Uno de los Tres estudios para un autorretrato. Óleo de Francis Bacon, en museodelprado.es.)
El “manifiesto hartista”, del que hemos hablado en artículos anteriores, al que me he gustosamente adherido, se pronuncia ya en sus primeros párrafos, “contra el anti arte, el conceptualismo, (…)”; y el primer número de la revista “Hartismo” incluye dos buenos artículos sobre arte conceptual, que recomendaba yo estos días a un compañero acuarelista. - Pero ¿qué entiendes tú por arte conceptual?- me planteaba el compañero. Acertada pregunta, porque este término puede resultar muy ambiguo. Me he alegrado de que no incluya Wikipedia el arte conceptual en el esquema de sus artículos sobre arte contemporáneo, a pesar de contar con uno específico en el que lo describe. Es el movimiento que comenzó en los años sesenta, en base a la feliz idea de Marcel Duchamp, en 1917, de convertir un urinario en fuente decorativa tan solo por titularlo “La Fontain” y estampar en él su firma, abriendo así la puerta a todo un tropel de despropósitos (como subraya en ese número de “Hartismo”, Juan Mª García Otero, director de la revista Restauro) varios de los cuales hemos denunciado en estás páginas, y entre los que no sé si incluir ya la cúpula de Barceló, desde que ha llegado la noticia de que se cae.
Es difícil establecer la frontera del arte, que linda con la mamarrachada. El colmo de ésta es que se denomine “arte conceptual”, porque, como denuncia Gombrich, todo arte es necesariamente conceptual. O sea que, dime de qué presumes y te diré de qué careces. Explica Gombrich, muy lúcidamente, cómo, “desde finales del siglo XIX se había ido viendo con claridad cada vez mayor que el arte primitivo y el arte de los niños usan un lenguaje de símbolos más que de `signos naturales´. Para explicar este hecho se daba por sentado que tenía que haber una peculiar especie de arte basado no en la visión, sino en el conocimiento, un arte que opera con `imágenes conceptuales´.”
“El niño, se argumentaba, no mira los árboles, se contenta con el esquema `conceptual´ de un arbol, que no corresponde a ninguna realidad, ya que no incorpora las características de, pongamos, los álamos o las hayas, ni mucho menos de ningún árbol considerado individualmente. (…) Pero al fin nos hemos apercibido de que la distinción es irreal. Gustav Britsch y Rudolf Arnheim han recalcado que no hay oposición entre el tosco mapa del mundo hecho por un niño y el más rico mapa ofrecido por las imágenes naturalistas. Todo arte se origina en la mente humana, en nuestras reacciones ante el mundo, más que en el mundo visible en sí (…)”. Ciertamente, el arte del siglo pasado, como también el del presente, es muy simbólico, así que, a menudo nos resulta primitivo e infantil. Es el caso de Francis Bacon (1909 1992), para el mencionado diccionario libre, una de las voces más potentes y singulares del arte de la segunda mitad de siglo, del que el Museo del Prado, nada menos, ofrece ahora una importante antológica.
No vamos a entrar ahora en lo llamativo que resulta que haya de ser El Prado y no el Reina Sofía donde se de a conocer a Bacon al gran público. Lo haremos otro día aprovechando la glosa de otro punto del “Manifiesto Hartista”, el que rechaza “las galerías y museos elitistas del arte oficial, a los que nadie entra; salas vacías e impolutas…”. Basta reseñar que un figurativo fue reconocido, como subraya el mismo texto, “en una escena artística (la de los años cuarenta y cincuenta) dominada por la abstracción”.
Con los retratos de Bacon ocurre como con Edvard Munch en El grito (1893, originalmente titulado Desesperación), que en pocas pinceladas describe perfectamente, y para el gran público, la angustia que la sociedad desarrollada nos provoca cada vez más frecuentemente. Munch decía que, así como Leonardo da Vinci había estudiado la anatomía humana y diseccionado cuerpos, él intentaba diseccionar almas. Eso es pintura realmente conceptual, y, por lo mismo, abstracta, producto de la abstracción, aunque sea figurativa y la entendamos todos, tras un primer momento de rechazo ante la fealdad, o natural repulsión ante el horror descrito. Como nos ocurre con los cuadros de Goya en la Quinta del Sordo.
Por si les sirve de algo, (de lo que tengo muchas dudas), reproduzco varias de las frases con que, en la web oficial de la expo, trata de explicarse la obra de Bacon. Yo hubiera
preferido que nos lo situaran históricamente, producto de la evolución del arte de su tiempo, como sí se hizo en la anterior exposición de Rembrandt. Pero ello supondría “mojarse” sobre el arte contemporáneo (incluso sobre si Bacon es propiamente “contemporáneo”, que a lo mejor asegurarlo de un figurativo ya es problema), mucho pedir.
Así: “Representación bestial de la figura humana”; “el desnudo masculino, revelador de la fragilidad de la figura humana, y el grito que expresa angustias reprimidas y violentas”. “En el lanzamiento violento de pintura que domina algunas de estas obras finales también se puede sentir cierta energía desesperada: el azar controlado como gesto de desafío”. “Bacon nunca se cansó de repetir que su pintura no era narrativa. Quizá por ello habría que ver en estas pinturas no ilustraciones sino evocaciones de la experiencia de leer la poesía de Eliot o las tragedias de Esquilo: su violencia, su amenaza o su carga erótica. Así, del tríptico pintado tras la lectura de Esquilo diría: “He tratado de crear imágenes de las sensaciones que algunos de los episodios creaban en mi interior”.
Bueno, habrá que ir a verlo a los madriles, sin prejuicios, y sin temor a ir contra corriente de unos y otros. Ya les contaré. De momento, y nada más que ante la foto con que ilustro este artículo, ya me descubro. Impresionante.
Comentarios:
Comprendo que es una pintura de mensaje, pero es terrorífica , y a mí personalmente no me gusta; pienso que hay otro modo de ser original, creativo y también hay otra forma de expresar sentimientos.
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