Siguiendo a Ortega
12.02.09 @ 07:54:10. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Zenona.Óleo de Mª Angeles Sáez.Zenona. 971x130)
Aquí un servidor debe ser bastante listo, porque antes de leer a Ortega ya sabía que yo era “yo y mi circunstancia”. Es más, me daba cuenta de que esa circunstancia me superaba en tamaño y en edad, y esto hacía que me sintiese como un trasto dominado por cuanto tenía alrededor. Lo que pasa es que, entonces, aunque reflexionara no me daba cuenta de que lo hacía
Al principio yo no sabía bien a qué venía toda esta cosa tan compleja de nacer y tal, pero no crea el lector que mi perplejidad era consecuencia de mi corta edad, porque ahora me sigue ocurriendo lo mismo, y eso que ya vivo en tiempo de descuento.
Para mí, los mayores eran, sobre todo, las visitas. Cuando éstas venían le peinaban a uno muy deprisa, y con el agua todavía escurriendo por las orejas, le ponían en el lugar que le correspondiera por estatura para salir a que le viesen. La mayoría de los visitantes eran señoras, casi siempre vestidas de negro. Yo tomaba a todas por parientes más o menos lejanas y me comportaba adecuadamente, porque en aquellos tiempos era tan importante estar bien educado que hasta había tratados de urbanidad. No sé qué dirán de eso los niños de hoy día, tan conscientes de que tienen muchos derechos que hasta pegan patadas en la espinilla a sus maestros, que ni siquiera se llaman ya así.
Decía yo que me sentía apabullado por mi circunstancia, o sea igual que ahora. Pero en aquel tiempo la cosa no era de extrañar, porque hasta hubo una guerra y luego una posguerra, que, para que veáis lo que han cambiado las cosas se escribía entonces con una te entre la ese y la ge.
De entrada estuve a punto de pasar al otro lado cuando tenía un año. Me salvé gracias al suero de cabra y a que mi padre me subió a la Virgen del Rasedo. Luego, salvado el bache, ya lo pasé siempre bastante bien, y eso que entonces no había televisión ni superconsolas e incluso había que limpiarse el trasero con papel de periódico. Por no haber no había ni siquiera la cosa lúdica, entonces prácticamente desconocida hasta para los miembros de la Real Academia Española, que sólo empleaban la palabra cuando traducían a Virgilio. Pero yo no me quejaba.
Luego viví bastantes años como descentrado, haciendo muchas cosas pero sin saber bien para qué, porque la circunstancia va organizándole la vida a uno de tal forma que no tenga que dar vueltas a la cabeza. Así transcurre el tiempo que Dios nos da, a la espera de que ocurra algo digno de mención. Viajar es muy bueno para eso, y tuve la suerte de poderlo hacer.
Así fui posponiendo lo del amor y ese tipo de cosas con la clásica idea de responsabilizar al cielo, y efectivamente, de allí llegó, aunque con excesivo retraso. Pero nunca es tarde si la dicha es buena, y en este caso tampoco falló el refrán. Todos mis sentidos se centraron entonces en construir una familia cristiana y feliz; objetivo sólo empañado por las salidas nocturnas que sobrellevé con poco sueño y bastantes sobresaltos. Entretanto, los españoles empezábamos a demostrar que somos europeos, o sea, capaces de hacer las cosas por lo menos tan bien como los alemanes, y la suerte me permitió contribuir personalmente a tan noble afán.
Con unas cosas y con otras cambió mi circunstancia y abandoné lo que administrativamente se ha venido en llamar la vida activa, supongo que por culpa de aquella imagen clásica de los jubilados jugando al mus. Falsa apariencia. Un día mi futura viuda me preguntó que de dónde sacaba el tiempo para trabajar cuando estaba en activo. Indudablemente, tan inquietante pregunta tuvo su origen en los avances tecnológicos, que nos concedieron la posibilidad de utilizar el PC. Precisamente entonces, estas siglas dejaron de evocar al Partido Comunista, cada vez menos conocido, y la mitad de España, si no fue su totalidad, se puso a escribir, aunque hay que decir que la mayor parte lo hizo con faltas de ortografía gracias a las prisas y a la “ESO” – que, por cierto, ya es forma despectiva, aunque merecida, de referirse a un sistema educativo…
Pero como a burradas no nos gana nadie, ahora, coincidiendo con esta recta final de mi vida, los españoles nos hemos puesto a demostrar que igual que sabemos hacer bien las cosas también las sabemos hacer mal, y en esas estamos.
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El caso es que esta última fase me tiene ahora bastante ocupado, pues al fin y al cabo, como buen castellano, uno es bastante Quijote. Despreciaré, por tanto, a esos follones y malandrines que constituyen ahora mi indeseable circunstancia, me libraré de sus entuertos y fechorías, y empuñaré mi ordenador a guisa de adarga. Así que, con el mayor respeto por el filósofo, cambiaré aquella su frase de “yo soy yo y mi circunstancia” por otra igualmente enjundiosa: “Yo soy yo y mi ordenador”. .
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