Desde la orilla. Cortesía moruna y valor de Stito
04.02.09 @ 08:03:54. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Zamadueñas. Acuarela de Manuel Prieto Hernández. 32x52)
Dejamos a Stito con el teniente Quivir en la kavila de Bab-taza para cerrar el trato de una cacería singular de los odiados cerdos salvajes que, además del asco irrefrenable que sienten por ellos, tanto daño les hacían en los muy pobretones huertos. Y el Said les invitó a té y pastas más algún sabroso añadido… A Drito se le escapa un sonoro eructo (“iruto”, para los castellanos viejos del valle del Duero)
-¡Janduliláh! -exclama satisfecho y por demás sonriente el kaid agradecido. Y, para no ser menos, suelta otro fenomenal, que ahora casi levanta en vilo al teniente.
-¡Jánduliláh! –exclama éste, ya muy metido en los usos y costumbres moras.
A continuación Stito, que sabe a la perfección cuál es el objeto de la visita, cierra el trato con palabras imposible de transcribir, dada la rapidez con que se desarrolla la conversación; aunque parece satisfactoria pues el kaid repite con frecuencia:
-¡Egua, egua! ; ¡besaf misián, besaf misián! (eso, eso; muy bien, muy bien). El kaid facilitará, pues, ojeadores, con tal de acabar con el azote para sus huertas; pues los jalufos procedentes del gabba, arrasan los sembrados de maíz. También pide que los soldados ispanioles rematen y se lleven luego cuantos atrapan en los cepos, pues a ellos le da tal repugnancia, que prefieren no acercarse. Traducido por Stito, el asunto queda zanjado con satisfacción por ambas partes.
Por último, indica el teniente al piquinio ricluta que pregunte la hora a la que necesitan el camión en la kavila para trasladar a los ojeadores.
-¡Ualo camoneta, ualo camoneta! -repite Ajmed en cuanto Stito transmite el ofrecimiento del oficial. No tiene nada de particular que Ajmed rechace los camiones para sus hombres, pues si para vender en el Zoco media docena de huevos, por ejemplo, caminan más de cuarenta kilómetros, no más son los que hay desde Bab-taza a Chauen.
-¡Barakalofi Ajmed! -el teniente da así las gracias en términos que comienzan a serle familiares. Satisfechos, regresan al campamento.
Durante toda la semana, los tiradores seleccionados de la compañía preparan la munición; le dan varios cortes al cobre para que al impacto abra el plomo, y se entrenan durante el tiempo libre en el campo de tiro.
Al fin llega el domingo; don José les dijo la Misa temprano y acto seguido marchan, más bien nerviosos, para ocupar cada uno el puesto acondicionado con anterioridad.
Con el pulso acelerado -también el corazón del oficial late fuerte- esperan la entrada de los jalufos. El profundo silencio se rompe allá a lo lejos por el ruido trepidante de los tambores, que junto a las grandes voces de los kavileños, produce escalofríos en cuantos están al acecho.
Drito espera impaciente sentado a horcajadas en la rama más gruesa de un alcornoque. Y Stito, precavido, varias más arriba del mismo árbol. El ruido infernal que producen los ojeadores, se oye cada vez más cercano. De pronto, a pocos metros de ambos, les sobresalta el ruido de algo o alguien que se abre camino de forma violenta a través de la gabba. Drito encara el arma en aquella dirección y espera... Además del rumor, ya muy cercano, oye el suave siseo de las ramas del alcornoque que vibran -temblores de Stito- un poco más arriba.
Enseguida aparece la testa enorme del jalufo, que olfatea desconfiado en todas direcciones. Apunta cuidadoso a la paletilla del tremendo animal, contiene la respiración, sosiega el pulso como puede, y suavemente, despacio, aprieta el gatillo. En el mismo instante en que le sorprende el estampido del disparo, el jabalí se derrumba como un fardo. Mas el cazador espera, prudente, en su atalaya; tiempo durante el que se oyen las detonaciones que proceden de otros puestos, no muy lejos del que él ocupa. Baja luego de un salto a tierra firme, y en cuanto puso los pies en el suelo, un jalufo herido, después de atravesar los matorrales con estrépito, arremete con fuerza contra el cazador que, impresionado por la inesperada irrupción de la fiera, dispara precipitado sin dar, claro, en el blanco, o sea en el animal; con más furia, ahora el animal le embiste con los ojos inyectados en sangre. Gracias a un rápido movimiento lateral instintivo, por el momento se libró de la peligrosa cuchillada –aunque no del golpe- del colmillo del jabalí, cortante como una navaja, con la que trató de alcanzar a su enemigo, que lo es, aun caído del cielo.
Por el testarazo recibido, el cazador rodó por tierra, gracias a Dios sin más consecuencias que el empellón tremendo. Reacciona con rapidez, monta y alimenta de nuevo el arma, y cuando el bicho se revuelve dispuesto a no errar esta vez en la acometida, Stito no lo piensa dos veces y sin ver más peligro que el inminente de su amigo el terente Quivir, salta desde el alcornoque y, gumía en ristre, se interpone entre el teniente y el animal rabioso.
Fueron segundos decisivos en los que el jalufo duda sobre quién lanzarse; segundos aprovechados para apuntar y disparar con relativa calma cuando Stito, aunque preparado para herir con la gumía, está a punto de ser alcanzado. Herida la “fiera corrupta”, ahora sí, de muerte, Stito, pálido pero sereno, le clava con rabia su arma (la gumía) al tiempo que escupe con asco indecible.
-¡Buaaj... , jalufo! Y sonríe acto seguido a su teniente, mudo de pronto y blanco como la cera, impresionado por la acción del pequeño moro; ayuda tan valerosa –fiel- como arriesgada.
-¡Barakalofi, Stito, barakalofi! -reacciona Drito y le da las gracias, ¡muchas gracias! El piquinio ricluta ora mira al teniente, ora al jalufo, no muy seguro de ser él quien hizo frente al más asqueroso de los animales del gabba.
Después de un tiempo prudencial de espera vigilante, calladas las armas y hecho también el silencio en los tambores y vocerío de los kavileños, el oficial se dispone a llamar a la tropa con las señales reglamentarias del silbato para reunirse.
-Stito llama con safara a riclutas del terente Quivir -dijo enseguida el piquinio ricluta; y, acto seguido, ejecuta con el silbato (el safara) una serie de pitadas cortas y largas que indican reunión. Cuando acuden todos, tiradores y kavileños, todos traen también la sonrisa en el rostro. El kaid se dirige muy complacido al teniente y le envuelve con un aluvión de sonidos guturales de los que no entiende absolutamente nada.
-Suai, suai, Ajmed; bélleri, teniente ualo arbía (poco a poco Ajmed; tan deprisa, el teniente no entiende nada de árabe) -le dijo Busnadiego en cuanto pudo tomar la palabra. Stito vuelve a trabajar de intérprete y el kaid le dice que sean los propios riclutas ispanioles los que recojan los jalufos muertos (una media docena), porque con sólo tocarlos, ellos quedarían impuros.
-Tú no precupes mi terente; Stito marcha a campamento y venir con camoneta para llevar jalufo del gabba. –dijo Stito, como siempre servicial. Dicho y hecho, sale corriendo hacia A'karrat. El kaid con los ojeadores, parsimoniosos y satisfechos, de regreso a su kavila.
-¡Alá genik, terente Quivir; Alá genik, mocho barakalofi, mocho barakalofi! -repite Ajmed insistente su adiós, de veras agradecido (“mocho”). Stito, ligero como el viento, no tarda en regresar con el camoneta.
Comentarios:
Aún no hay Comentarios para este post...
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
Los comentarios para este post están cerrados.
autor
Contacto


