Moderna falsa paz del desorden: “chateo”
30.12.08 @ 07:23:59. Archivado en Artículos
Carlos de Bustamante Alonso.

(Acuarela de Txon Pomes.Tarjeta de Navidad 2008)
Vayan estas consideraciones en torno a la fiesta de la Sagrada Familia, que, como pasa con el día del padre y de la madre - en San José y, antes, en la Inmaculada- es la de todas las familias. Dicen mis hijos e hijas que a los suyos (mis nietos) les enseñan en el colegio con gran interés, los peligros encerrados en los endiablados -para la mayoría de nosotros- ordenadores e Internet en ellos; más concretamente en alusión a correos y a “¿bajar?” guarrerías (sin perdón). También enseñan y, sobre todo a partir de la “edad del pavo”, a lo que, al parecer, llaman chateos; de significado tan diferente para nosotros los castellanos talluditos, que llamábamos chateo a ir de vinos (“chatos”).
Pero ¡ay!, que por no haber recibido esas lecciones, son muchos los casos que conozco en personas mayores de haber caído en estas redes, de resultados, tantas veces catastróficos: bien por ignorar el peligro, bien por vanidad o por ambas cosas. Como el asunto me parece (por lo menos eso creo yo y perdonen los que no) del máximo interés, paso a desarrollar el “tema”, que tal vez requiera 2ª parte. Felizmente casado desde hace 52 años, no me avergüenza reconocer, que antes de ser novio formal de la única novia que tuve y que hoy es mi mujer, me “gustaron” otras; tal vez muchas. Igualmente les habrá sucedido, supongo, a nuestras inefables “miembras” (que dijo la otra, pobre) o sea, las hoy señoras o mujeres mayores que se “pirraron” por algunos de nosotros. Fueron amores –si, que de verdad lo fueron- de niñez o adolescencia, si no firmes, desde luego y por la novedad de sacar la cabeza a “la vida”, muy fuertes.
Amores, que nada tiene de particular, permanezcan latentes y con alguna bella nostalgia en el recuerdo. Cuando ante Dios y ante los hombres se ha contraído matrimonio canónico, éste es ¡¡in-di-so-lu-ble!! Digan lo que digan los recalcitrantes “progresistas”, que de ello (“p”), ¡nada de nada!
Lo cierto es que cuando se recorre la recta final de la vida, ese amor latente –bueno, santo y bello-, puede seguir siendo bello, pero muchas de las veces, ¡no santo ni bueno! Es así cuando se ha entregado el amor de por vida hasta que la muerte nos separe -y digo yo que también después-, a una mujer u hombre ¡¡¡del sexo contrario!!! Del mismo, ni se trata…
Y he aquí donde comenzamos el “tema”. O sea, lo del no tan inocente chateo, del que nunca fuimos advertidos de peligro. Puede que a la mayoría de hombres maduros, no les haga falta. Pero en la especie humana, no todos somos iguales: hay corazones sosegados; caracteres serenos, tranquilos; y otros, sin embargo, inquietos, impetuosos, fogosos; incluso ardientes que, debidamente dominados, siendo tan buenos o mejores que los anteriores, están expuestos a graves peligros. Creo, por múltiples casos conocidos –algunos cercanos-, que uno de estos peligros, y nada despreciable, puede ser el mencionado “chateo”. El contacto, aunque sólo sea como internauta a edad madura, puede reverdecer estos amores, ciertos, pero inoportunos (¡¡ por grave infidelidad!!) cuando se ha contraído nupcias de por vida; que así es el verdadero matrimonio. Entonces puede surgir, digo yo, el cataclismo. Tanto más horrible y peligroso cuanto más acusada sea la decadencia de facultades otrora muy vigorosas, fogosas…afectivas (según sea cada cual como queda dicho).
Apoyado en la doctrina católica y “de la mano” de Luis Lorda y Fernández Carvajal, copio diferentes aspectos de lo dicho:
“El matrimonio queda constituido, desde su origen, como una peculiar unión entre el hombre y la mujer que se abre, por su propia naturaleza, a la fecundidad. La diferencia sexual entre el hombre y la mujer tiene ese fin y las diferencias sexuales se ordenan a lograrlo. Esto va inserto en la naturaleza humana y pertenece al modo de ser del hombre, independientemente de que quiera o no aceptarlo. El hombre y la mujer sienten una inclinación mutua que tiende a se afectiva y a establecer el trato conyugal, que dará origen (o no, si se nos pasó el arroz…) a nuevas vidas. Se trata de un mecanismo natural que se desencadena en parte fuera de nuestro control, y en parte, también, bajo nuestro control”.
“El instinto sexual –esa inclinación al trato sexual (o afectivo, que le antecede) con personas del sexo contrario para generar nuevas vidas- es el más fuerte, después del de supervivencia. Sin embargo, a diferencia de lo que sucede en los animales, está sometido al imperio del espíritu, que puede gobernarlo hasta cierto punto. Los animales tienen épocas de celo en los cuales sienten el instinto y le dan satisfacción, pero el hombre no: está llamado a ordenar su actividad sexual con la inteligencia.
Esto no resulta tan fácil. Como consecuencia del pecado original, las apetencias del hombre están desordenadas. Los bienes materiales se nos presentan con una capacidad de atracción engañosa y prometen más de lo que luego pueden dar; por eso tienden a violentar el espíritu y a engañarlo. Esto también sucede con el instinto sexual (o sólo amoroso), quizás más que con otros (el deseo de comer o de huir del esfuerzo) porque es más fuerte. Por eso, puede presentarse en la vida con una singular violencia. La inteligencia (que no siempre es brillante) gobierna este instinto –y en general todas las pasiones- de una manera indirecta”.
“Vale la pena que nos demos cuenta del engaño que está detrás de esa oferta permanente (chatear por ej.) de nuestra sociedad de consumo. Pero tampoco debemos considerarnos por encima, porque no estamos fuera del alcance de sus estímulos mientras seamos humanos. Por eso, hemos de proteger los resortes de la propia intimidad y, sobre todo, debemos tener presente lo que nos jugamos”.
“Por ejemplo, un hombre puede decidir tratar a una mujer (¡ojo, el “chateo” es trato!). Como consecuencia de este trato, puede uno llegar a enamorarse (o reverdecer amores pasados). Enamorarse tiene mucho de resorte natural, porque el hombre no puede enamorarse simplemente con un acto de voluntad, pero en cambio puede poner la ocasión de enamorarse con el trato (insisto: chateo). Si después llegara a pensar que aquella mujer no le conviene o no es bueno por los daños colaterales que ocasiona, podría decidir alejarse de ella (a pesar de sentirse enamorado) y de ese modo olvidarla poco a poco o enamorarse de otra (no digamos si el hombre o la mujer son casados). En este ejemplo, puede verse como se combinan las reacciones naturales (que no es posible controlar directamente) con el gobierno de la inteligencia. Ante determinados estímulos, no está en la mano del hombre controlar su respuesta instintiva, que surge casi mecánicamente. En cambio, puede controlar sus respuestas si controla los estímulos (chateos por ej.). Esta es la clave que sirve para que la inteligencia establezca orden en esta materia y que llevaría, en su caso, a la virtud de la castidad; que es la capacidad para ordenar el deseo de placer sexual”, (o el que hubiere).
“Trivializar la sexualidad, lleva consigo trivializar inmediatamente a trivializar el amor (una de las palabras más maltratadas del vocabulario actual); y trivializar el amor (lo más noble de las relaciones personales humanas) lleva a que sea imposible gustar la felicidad que produce (el amor entre esposos, la vida familiar, la amistad”).
“La felicidad humana –en esta tierra- y la del reino de los cielos, son cosas tan serias, que vale la pena hacer los esfuerzos necesarios para vivir bien esto. Ante los asaltos a nuestra intimidad, hay que reaccionar. Mucho más cuando sabemos que hay dentro de nosotros algo que está dispuesto a pactar inmediatamente… Un poco de experiencia (ahora informática) nos servirá para aprender cómo mejorar en este punto”.
“Este cuidado no sólo hay que tenerlo con las manifestaciones más aparatosas del instinto; a veces hay que vivirlo con las más sutiles (aviso a “navegantes”). Ya hemos visto que un hombre y una mujer sienten una mutua atracción natural, que se inclina a convertirse en un trato afectivo y, a través de él, finalmente en una relación sexual. No nos puede pillar de sorpresa que, al “tratar habitualmente” a una persona de otro sexo, empecemos a sentir hacia ella sentimientos que no son los de la simple amistad, que es una realidad llena de belleza y querida por Dios para la mayoría de los hombres. Sin embargo, cuando ya entregamos nuestro afecto a Dios o a otra persona, hemos de saber controlar estos afectos”.
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