Plaza de Colón
29.12.08 @ 17:25:42. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Acuarela de Txon Pomes.Tarjeta de Navidad 2008)
Mi mujer y yo estuvimos en la Plaza de Colón. Habíamos planeado ir todos; nosotros dos, nuestra hija, nuestro yerno, y su familia: Carmen, de tres años y medio, Miguel, de veintidós meses, y Bárbara, de apenas cuatro, pero, en vísperas, sólo Carmen se salvó del frío, y a Miguel le diagnosticaron una neumonía. Hay que explicar que habitualmente viven en Ghana, donde la temperatura ronda los cuarenta grados a todo lo largo del año como corresponde a su situación ecuatorial en la costa del golfo de Guinea.
Fue una mañana fría y gris. Sólo hacia la consagración se abrió un boquete entre las nubes para dejar que asomase un tibio sol de invierno. No habíamos tenido ocasión de asistir a la misa anterior - creo que entonces estábamos en Luxemburgo - pero sí a varias manifestaciones contra el terrorismo, y quizá por eso nuestra primera impresión fue que había menos gente que otras veces. Pero no veíamos la perspectiva de la calle de Génova enfilada desde el altar, y la plaza de Colón fue llenándose más y más. Luego he oído recalcar en varios medios el carácter multitudinario de la concentración.
Como siempre, un ambiente de paz y de serenidad nos hacía recordar, por contraste, esas manifestaciones de pareados, latiguillos y banderas republicanas que suelen acabar con grupos de jóvenes rompiendo escaparates y volcando coches con un balance final que se mide en toneladas de basura. En ésta predominaban los abuelos, los matrimonios jóvenes y los niños bien abrigados. Para empezar, conexión con el Vaticano para oír al Papa. Un fallo del sistema dejó sin sonido la retransmisión, que se repetiría al final, como brillante colofón del acto.
Buena música y buenas palabras. Se canta el himno de las familias. También, al principio y al final, algunos villancicos. Es 28 de diciembre, pero no es día de bromas, porque la festividad evoca la matanza de los inocentes, y éste es asunto muy serio y de actualidad. Ya vamos acostumbrándonos a ello, pero cuesta creer que no sólo se pretenda implantar como un derecho la eliminación de seres inocentes, sino que esto se inscriba orgullosamente entre los logros del progreso. Sí, señores; aunque parezca mentira, a esos seres no se les deja vivir: se les mata en el seno materno, e incluso hay gentes que lo convierten en negocio. Luego, otros estarán esperando a los sobrevivientes para embaucarlos y matarlos a golpes de jeringuilla en los rincones donde se amontona la podredumbre o introduciéndoles polvos de muerte por la nariz, y no sé qué será peor. Estúpidos motivos para destrozar una vida. Y por si llegaran a superar estos y otros muchos obstáculos, los hay que están tramando cómo despacharlos cuando ya sean considerados unos juguetes rotos.
Decía don Julián Marías que todo esto era la gran vergüenza de nuestra generación, y tan es así que ante ello todas las palabras se quedan cortas. Muchos creemos, sí, que llegará un día no muy lejano en el que veremos estos juegos del egoísmo humano como ahora vemos lo que fue la esclavitud, es decir como una sinrazón cruel e insoportable para cualquier mente normal. Pero ahora te lo explican y todo e incluso te lo argumentan como si fuera fruto de un avance en los derechos humanos. Entretanto, a los cristianos nos reconocen, como mucho, el derecho a salir a la calle, puesto que en democracia no hay que distinguir en este aspecto entre obispos, gays y lesbianas. Y no estoy exagerando, porque hoy he oído utilizar estas razones.
En el fondo, se trata de un triunfo de ese pecado que está en la raíz de todos los demás: el egoísmo. Lo que en verdad sucede es que la generación en el poder, quienes tienen la sartén por el mango, desean disfrutar sin consideraciones éticas o morales que valgan, y para lograrlo tienen que desembarazarse de aquellos que molestan, es decir, de los niños y de los ancianos, que no producen y que además de dar la lata cuestan una fortuna.
Afortunadamente, la plaza de Colón no es más que un símbolo y también una prueba de que no todos nos dejaremos embaucar. En efecto, somos muchos los que daremos testimonio, y no sólo de fe; que ahora los cristianos nos hemos convertido en los nuevos abanderados de la razón y la libertad.
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