Virgen de Guadalupe, Madre de las Américas.
26.12.08 @ 07:21:59. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante
(Acuarela de Enrique Ochotorena para la fecilictación de Navidad 2008)
Aunque fue el pasado doce la festividad de Nuestra Señora la Virgen de Guadalupe, no publiqué entonces este artículo, por falta de previsión, de modo que a ustedes les llegará en fechas muy posteriores, ya en las de Navidad. No importa si el afecto escrito a la Señora es retrospectivo. Y Nuestra Señora sigue de protagonista, por su Hijo.
Hace quince o más años, escribí un artículo: “Rosas castellanas en la colina del Tepeyac”, publicado en la prensa vallisoletana. En él hacía alusión a la aparición de la Virgen, Virgen de Guadalupe, al indio Juan Diego. Tuvo lugar en la cima de este monte (Tepeyac), en el que por indicación de la Señora, se edificó el Templo al que en la actualidad acuden incontable multitud de peregrinos en solicitud de favores a la Virgen Guadalupana. Tras estudiarlo, detallaba la impresionante historia a cuyos protagonistas tanto veneramos en España y en el mundo entero; aunque más, si cabe, en Hispanoamérica, América Centro-Meridional, y Filipinas.
El porqué de “rosas castellanas”, fue debido, y me reafirmo en el título, porque, impulsado el Descubrimiento y Evangelización del Nuevo Mundo por la castellana Reina de las Españas –Isabel la Católica-, a ella se debió la posibilidad del portentoso milagro. Ella fue quien puso todos los medios, para convertir al catolicismo a los indígenas habitantes de los territorios recién descubiertos. Ella (la reina), fue la que abolió (primera en el mundo) la esclavitud de súbdito alguno de la corona. Por tanto también a sus “queridos y fieles vasallos”, como denominaba a los indígenas; a veces y hasta entonces tan maltratados. Con la “Provisión de Obando”, -documento impresionante- ella fue la primera en dictaminar los derechos humanos de todos sus vasallos, especialmente los habitantes allende los océanos.
Con tales antecedentes, ella también hizo posible que “la señal” solicitada por el obispo Juan de Zumárraga para asegurar la certeza de la aparición de la Virgen y su petición de un Templo allí al indio Juan Diego: en la cumbre árida del Tepeyac, en pleno diciembre a más de dos mil metros de altura y después de una preciosa conversación con Ella llena de ternura en su idioma nahuatl (azteca), Juan Diego obedeció para recoger en su “tilma” (especie de bata o mandil tejido con fibras vegetales) rosas castellanas. En lo que era un secarral batido por todos los vientos, imposible semejante vegetación ni ninguna otra; sin embargo, porque así lo quiso la Señora, hizo acopio de abundantes y muy bellas rosas. Castellanas, pues sin la santa tozudez de la reina, el indito campesino Juan Diego no hubiera podido presentar señal alguna, pues tampoco hubiera solicitado fervorosamente a la Virgen la curación de la terrible enfermedad de su tío Bernardino.
Cuando vació la tilma a los pies del obispo Zumárraga, en el lugar donde reposaron las “rosas castellanas”, quedó impresa la imagen de la más hermosa Señora: la morenita y bella imagen de la Virgen de Guadalupe. Revestida de luz intensa, fue, además de las rosas, la mejor y más preciosa “señal”.
A la misma imagen acuden desde hace ya casi quinientos años, miles y miles de peregrinos en procesión ininterrumpida en estas fechas para llegar, en progresión continua y ¡de rodillas por el interior del Templo y aún fuera!, hasta los pies de la Virgen.
Por la machacona insistencia de los escépticos, los científicos analizaron concienzudamente la impresión de la tilma. Nadie sabe hasta la fecha con qué material se grabó la maravilla en la sencilla prenda, tejida con fibra vegetal altamente degradable y que sin embargo ha resistido impecable el paso de los siglos.
Pero hay más: estupefactos por el asombro, miraron con microscopio, dicho en el sentido literal, cada milímetro del prodigio: no me consta quién fue el afortunado de la Nasa en contemplar por oculares de “alta definición”, la siguiente maravilla descubierta hace no muchos años: en el diminuto iris de los ojos de la Virgen, apareció, nítida, la figura ¡del obispo Zumárraga y cortejo! Se dejó constancia de que no existe medio alguno capaz de plasmar con ésa ni ninguna otra precisión la imagen vista con el potente microscopio; y más imposible aún en aquellos tiempos (9-XII-1531).
Para los naturales de Medina del Campo (Valladolid), es un orgullo que la Reina nacida en Madrigal de las Altas Torres, haya vivido en “nuestro” castillo de la Mota y fallecido en “nuestro” Palacio Testamentario. Reina que, con su empeño evangelizador, hizo posible con “rosas castellanas” la sobrenatural maravilla de Guadalupe.
¿Cabe, digo, mayor milagro que, gracias a ella, sean millones los que ya cristianos, mejicanos o no, veneran a la morenita y querida Virgen Guadalupana?
Buen día el de hoy (12-XII- y si pasó la fecha, también vale), para cantarle la canción que, seguro, pueden tararear o entonar conmigo:
“Postrados ante tus plantas/ cual hiciera el indio Juan Diego/venimos ¡oh Virgen Santa!/ a alzar ante ti nuestros ruegos. Traemos dentro del pecho/ bien henchido el corazón/ para darte a ti las gracias/ con esta humilde canción/: Virgen Guadalupana /hoy te traigo otra petición/ haz que mi patria sea sana/ de la maligna ambición/. Virgencita mexicana”…
Tal vez en España hoy lo necesitemos. ¿O no? Que Ella nos ayude.
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