Tiempo para vivir
24.12.08 @ 08:08:38. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Copia parcial de “La Virgen con Santa Inés y Santa Tecla” de El Greco, hacia 1597. Acuarela de José Mª Arévalo, para la felicitación de Navidad 2004. 32x24)
¿No es asombroso que el orbe entero, de uno a otro confín, se ilumine al llegar la Navidad? Cualquiera que viese nuestro planeta desde el espacio exterior diría que algo extraordinario está sucediendo. Algo que afecta a toda la Humanidad, sin distinguir el continente, el país o la raza. Y uno se pregunta: ¿Cómo puede haberse alcanzado este acuerdo entre los hombres, tan acostumbrados a discrepar unos de otros?
Claro, diríamos, es que cada año la Humanidad celebra el hecho más importante de la Historia: el nacimiento del Hijo de Dios, y con ello un descubrimiento que para el hombre tiene dimensiones cósmicas, porque nos revelará que Dios es amor.
O sea que ese Dios todopoderoso que está en la verdadera realidad de la que nosotros no vemos sino una perspectiva mínima; ese Dios que creó todo y al hacernos inteligentes nos hizo descubrir el Misterio; ese Dios que concedió al hombre la potestad de dar sentido a un universo desconocedor de su propia existencia… ese Dios, es amor.
Caramba - se dice uno - es que eso es muy importante. Es algo que nos permite vivir porque nos llena de esperanza. Algo que supera nuestra perplejidad, nuestra confusión, nuestro “pienso, pero no entiendo”.Y ya todo se comprende; todo empieza a entrar en perspectiva.
Pero si observamos la aparente unanimidad de los hombres en la alegría de la Navidad desde nuestra realidad actual, el asombro se torna en desconcierto cuando tras la apariencia observamos la sombra omnipresente de un materialismo rampante y de una escandalosa atonía espiritual.
¡Qué fuerza la del mensaje de ese Niño! pensamos. O sea que ni la apostasía, ni el nihilismo, ni siquiera una agresiva ofensiva laicista han podido apagar del todo las luces que Él encendió. ¡Cuánta fe había! Se reemplazarán poco a poco las entrañables imágenes por símbolos invernales o torpemente infantiles, y se sustituirán sus mensajes, tan tiernos y sin embargo tan poderosos, por algunas palabras sin sentido o vagamente sugeridoras de lugares comunes del buenismo. Y los mercaderes intentarán hacer de Él un inmenso negocio: manipularán su espíritu, pero no se atreverán a borrarlo del todo.
He aquí un nuevo reto para quienes hemos recibido el mensaje y lo hemos acogido con alborozo. Nosotros no negaremos a nuestros padres. No renunciaremos a la sabiduría. No haremos de la Navidad un cotillón. No nos dejaremos embaucar. No jugaremos a ser de esos listos que quieren inventar un paraíso sin Dios. Entre otras razones, porque ya hemos visto en qué acaban sus experimentos.
Seremos, por tanto, auténticos, respetaremos los orígenes y daremos testimonio. Porque la Navidad no es un tiempo de niños, sino una buena ocasión para que los hombres demos sentido, por fin, a nuestras vidas.
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