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Imágenes de entonces. El colegio de las Teresianas

Permalink 20.12.08 @ 07:25:04. Archivado en Artículos

Por Javier Pardo de Santayana

(Pídola. Acuarela de Lola Catalá en lolacatala.com. 70x100)

Mi relación epistolar con el foramontano Carlos de Bustamante ha sacado a la luz un hecho aparentemente curioso, y es que él y yo coincidimos como alumnos en el colegio de las Teresianas, aledaño a mi casa de entonces – San Blas, 2 duplicado, principal - allá por los años treinta. Esto me ha hecho pensar que quizá no fuera una mala idea reproducir en este blog algunas de las escenas vallisoletanas que recojo en mis “Imágenes de casi una vida”.

El colegio de las Teresianas era mi segunda casa. Nuestra vecindad había hecho que entre mi familia y las monjas surgiera una relación de amistad, reforzada por la tranquilidad y la confianza que a éstas inspiraba el que mi padre fuese militar.

Allí aprendí muy pronto a leer y escribir. En eso fui muy precoz. Todavía me llega a veces, de tarde en tarde, un agradable olor que asocio al lápiz de punta recién afilada con el que mi maestra se iba deteniendo un instante en cada sílaba. Había en las paredes unos mapas de España hechos de hule, uno con las regiones y las provincias, diferenciadas con distintos colores, y otro, que es el que yo siempre he preferido, en el que se sugerían las cadenas montañosas y se veían fluir los ríos dentro de sus espaciosas cuencas. El pupitre era el feudo propio; la primera cosa que nos confiaban a los niños como una cierta responsabilidad. Poseía varios atractivos. De entrada, tenía una tapa que se abría y se cerraba, y esto era ya de por si toda una fuente de sugerencias. Luego, albergaba un sitio donde se podían guardar cosas, lo que le hacia a uno sentirse algo importante.

Pero es que, además, en el extremo derecho de la estrecha meseta plana que lo culminaba, exhibía un tinterito perfectamente encajado en un orificio circular. El tinterito era una especie de dedal invertido de porcelana que nos llenaban de tinta cuando, después de haber hecho muchas “planas” a lápiz, primero de palotes, luego de letras, más tarde de sílabas y palabras, y finalmente de frases cortas*, le consideraban a uno en condiciones de acceder a tan alto honor. He de reconocer, sin embargo, que lo mejor del procedimiento era la posibilidad que proporcionaba de mancharse los dedos de tinta, pues al término de la jornada esto confería un aspecto parecido al que se recoge en esos cuadros que representan a los combatientes después de una batalla azarosa. Los niños de hoy siguen saliendo por la tarde del colegio con las medias caídas, el delantal sucio y mal abrochado, el pelo desorganizado y un lamentable aspecto general, pero, claro, no exhiben físicamente en sus dedos y en su desaliñado atuendo, como lo hacíamos nosotros, las honrosas huellas del trabajo intelectual.

Otra cosa que se pierden los niños de hoy es la pizarra. Todavía queda el encerado, pero ¡menuda diferencia! Como su propio nombre indica, aquélla era un trozo rectangular de piedra, enmarcado por cuatro bordes de madera como un cuadro. Los cuatro piezas se ensamblaban en las esquinas, pero con el tiempo acababan por descuajeringarse y había que volver a encajarlas cada dos por tres. Para escribir en la pizarra se utilizaba, no una tiza como quizás hayáis imaginado, sino un pizarrín. La tiza es deliciosamente blanda, hasta el punto de que a veces se troncha al apretarla contra el encerado, y sólo a veces se rebela, como si se hubiese transformado súbitamente en piedra, produciendo una de las sensaciones más temidas y desagradables que yo recuerdo, sobre todo para los mayores. No, el pizarrín es diferente. Es más pequeño y fino, su forma es cilíndrica, culminada en una pequeña punta, y su consistencia pétrea. Esto hace que rechine mucho mejor sobre la dura superficie de la pizarra, lo que no deja de tener su atractivo para los niños por las reacciones que desencadena. A veces lo chupábamos para que discurriese mejor, y entonces se nos quedaba una huella grisácea en la boca.

Recordaréis que el encerado se borra con una especie de cepillo o esponja seca, o bien con un trapo que se llena de polvo y que hay que manejar con cuidado y no sacudirlo, pues en caso de hacerlo provoca la tos colectiva. Con la pizarra se utilizaba el primer procedimiento, con una peculiaridad: el trapo se colgaba del marco de madera con un cordelito para evitar su pérdida. En cuanto a la limpieza, no se solía hacer en seco, sino “en húmedo”, escupiendo y pasando luego el trapo. Normalmente se hacía pasear el escupitajo inclinando repetidamente la pizarra para que aquél se deslizase por toda la superficie a favor de la fuerza de la gravedad y de la fluidez del salivazo. De esta forma se ahorraban esfuerzos y se aprovechaba otra ocasión de disfrute. Así que la operación no carecía de atractivo, sobre todo por la agradable sensación que proporcionaba, al final de ella, la contemplación de aquella superficie relucientemente negra que recuperaba la pizarra.

Del jardín del colegio ya he hablado largo y tendido, pero es un recuerdo de solitario. En cambio el patio era un lugar concurrido. Debía ser muy, muy pequeño, pues es sabido que los niños ven las cosas mucho más grandes de lo que son, y sin embargo la imagen que yo tengo de él es la de un espacio muy reducido. Lo que para mí resultaba más atrayente era el hueco que dejaba una escalera exterior, al que los alumnos dábamos múltiples usos según la ocasión. En aquel pequeño patio sitúo yo una escena: la noticia de la toma de Madrid por las fuerzas nacionales acababa de llegar y se había difundido incluso entre los niños, como Javier Mencos, que la comentaba con emoción. Recuerdo perfectamente mi firme convencimiento de que “podía faltar poco, pero era imposible que hubiese ocurrido ya”. Y como fondo, me viene a la memoria aquella música que nosotros tarareábamos con la letra de “La bandera inglesa en el Peñón de Gibraltar, que vergüenza da, que vergüenza da...”

También conservo una impresión concreta de la capilla, donde hice la primera comunión con seis años. La recuerdo no sólo de aquel día, sino de pasar por ella y de ir a rezar. La asocio con una sensación de respeto y de comunicación con las imágenes, especialmente con una que sitúo sobre un pedestal, a la derecha y ligeramente delante del altar. Quizás fuese un Sagrado Corazón, o un Niño Jesús, pero no estoy seguro de ello. Sé que luego había una puerta, que debía ser la que utilizaban las monjas, pues pasaba muchas horas con ellas.

Según parece yo era el niño mimado de la comunidad, hasta el punto de que circulaba por la zona de clausura como Pedro por su casa. Los dormitorios eran naves grandes, donde una especie de cortinas de tela cruda separaban unas camas de otras dando cierta privacidad a cada monja.

La Directora era la madre Inocencia Cucala, catalana, según creo, como la madre Carmen, que me quería mucho y me llamaba su “quitapesares”. Desconozco cuales eran esos pesares que gravaban su ánimo, pero me alegro mucho de haber contribuído a aliviarlos. Unos días antes de casarme, treinta y cuatro años después de haberla visto por última vez en Valladolid, la escribí una carta dándola la noticia. Sé que la proporcionó una gran alegría, pues me lo dijo en su contestación. Ahora siento la satisfacción de haberla devuelto así, aunque fuese de una forma bien limitada, algo del cariño que ella me dio.

* La mayor preocupación al hacer las “planas” era “no torcerse”. A veces, cuando uno se cansaba, en vez de escribir frase por frase, lo hacía palabra por palabra, construyendo una especie de torre que solía adquirir inflexiones parecidas a las de las columnas salomónicas. Una frase que quedó para siempre en mi recuerdo fue aquélla de Bertrand Duguesclin: “Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor”. Supongo que daría, por lo menos, para dos “planas”.


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